miércoles , octubre 5 2022

El arte contemporáneo debe ir hacia la rebeldía rdquo;

Eduardo Blanco Estrada es un personaje peculiar de la pintura. Aunque habla sin respiro y se cuenta sin reservas, hay algo en la mirada que se empoza y se precipita hacia un fondo turbio, dudoso, donde realmente nada sabemos sobre él. Quizá sea la nocturnidad o el saxo de John Coltrane, que escucha mientras pinta, lo que hace aquella mirada inescrutable. Actualmente, el artista enrumba su trabajo pictórico hacia el retorno de aspectos venezolanos, mientras acelera la búsqueda vital del orden natural por medio de la respiración y la meditación

Por Lorena Briedis — Fotografia: Krizia Puig

Con su hijo Daniel, de siete años, rastrea el recorrido transilvánico de bachacos y hormigas en el parque Morichal de Prados del Este. Sube muros y árboles, si es necesario, con tal de no perder de vista la minuciosa ruta de esos trenes laboriosos. Ambos observan la distribución del oficio: quiénes cargan hojas, quiénes arrastran tallos, quiénes algún insecto. Luego de cumplir con el trabajo de campo, cuenta, van a los libros. Entonces estudian las logias secretas que tiene la naturaleza: que si el bachaco enfermero, que si el bachaco guerrero, que si el bachaco reina. “Para mí esa relación teoría-práctica es fundamental en el arte. El artista no puede quedarse solamente con el pincel, sino que necesita de la teoría para ir haciendo su propio camino y llevar al límite su esencia individual”. Ésas son las silenciosas lecciones que les dan las hormigas y los niños a Eduardo Blanco Estrada, quien vive entre las meditaciones de descuadros y antigalerías.

?Coménteme acerca de esos conceptos que ha incorporado en su trabajo.

?Desde hace algún tiempo hay en mi arte ausencia conceptual de la línea recta. La ausencia de la línea recta permite la relajación. De hecho, si vas a la playa logras relajarte precisamente porque no hay en el entorno líneas rectas. A diferencia de los espacios urbanos, los ambientes naturales prácticamente carecen de estas líneas. La línea recta es tensión. Y yo eliminé la última línea recta que es la del marco y de ahí se produjeron directamente los descuadros, muchos de los cuales son obras con contornos abiertos que el mismo espectador tiene que completar: ésas son las que más me gustan. Por evolución, son posibles descuadros sinuosos y esculturas que logran liberarse de la pared.

?¿Y la antigalería?

?En primer lugar, yo mismo soy quien atiende la antigalería y, en principio, ser atendido por un artista plástico y no por un galerista es muy distinto. En segundo lugar, cuando uno entra a una galería, uno se siente inculto y yo quiero ayudar a disminuir esa sensación en el público. A mí me gusta que la gente entre aquí como si fuera una venta de bluyines. Que la gente toque. En tercer lugar, buscamos que todo lo que se exponga sean piezas únicas. Tenemos prohibido litografías y serigrafías porque son antiobras. Finalmente, en la antigalería también se aprende a lidiar con la crítica de la gente común y, aunque sea una crítica hecha muchas veces desde la ignorancia, uno aprende a aceptarla y eso lo va fortaleciendo a uno. El arte no es un veredicto.

?Tanto los descuadros como la antigalería recuerdan la rebeldía de las vanguardias. ¿No cree que las vanguardias ya pasaron de moda?

?Es cierto, pero de parte del artista no puede haber una aceptación del pasado. El arte contemporáneo debe ir hacia la rebeldía. El artista del siglo XXI debe ir contra la corriente, contra la comodidad, contra lo aceptado.

?Sin embargo, la búsqueda de una armonía parece más necesaria para nuestro tiempo que la destrucción o la deconstrucción.

?Yo creo que la novedad, el invento, la maroma siempre deben existir. Siempre debe haber un nuevo impulso de creación, si no, estamos muertos.

?¿Cómo fue su primer contacto con la pintura?

?De pequeño, una tía me regaló un libro de pintores. Yo en esa época llegué a fichar a más de mil trescientos artistas con explicaciones de lo que cada uno había hecho.

?Entonces, su primera aproximación fue teórica, conceptual.

?Sí. Uno puede ser un artista del siglo XXI desde la ignorancia, pero para mí lo más importante es tener algo que comunicar. Hay tres herramientas fundamentales en el arte: el material, la técnica y la intención. Y esto último es lo que le he criticado más al arte nacional: la falta de esa tercera pata de la mesa que es la intención. Nos quedamos en el araguaney, en el Ávila. Yo creo que muchos artistas son artistas para comunicarse con ellos mismos y no con otros y eso tiene que ver con que el artista actual, desde el punto de vista conceptual, está muy limitado. Después de aprender la técnica, el artista tiene que entender que tiene el compromiso de contribuir con el arte a partir de su propia reflexión.

De pronto, en la antigalería, en el nivel Alameda del Centro Comercial Santa Fe, entra una niña de la mano de su madre: se llama Isabela. Eduardo Blanco Estrada se levanta de su asiento:

?Hola, Isabela, ¿cómo estás? Ya está listo tu cuadro ?le dice a la niña con notable efusividad?. Isabela sonríe y se esconde entre las piernas de su madre. Tiene siete años y está en clases de pintura desde hace dos. Eduardo cuenta que la madre de Isabela fue a la antigalería con el propósito de que allí le enmarcaran un cuadro de su hija. “Eres muy talentosa, Isabela. Tu trabajo es muy bueno”, le dice, extendiéndole una pequeña hoja de felicitación que él mismo ha escrito en computadora.

“De niño yo también pinté. De hecho, tengo enmarcadas obras de pequeño. Por eso me tomo un tiempo para darle una felicitación a una niña porque a esa edad un refuerzo positivo puede motivar a cerrar un ciclo de búsqueda personal. Ése es el concepto de la antigalería. Aquí estamos en otra nota”.

Eduardo Blanco Estrada se ríe como un niño y juega constantemente con su reloj mientras responde. Reconoce que el arte infantil tiene un potencial grandísimo. Recuerda una ocasión, un día del padre, en la que estaba en el colegio Ceamm, donde antiguamente estudiaba su hijo. En una actividad, compartía con los niños una caja de más de 72 creyones de los que él se limitaba simplemente a usar sólo tres o cuatro. A medida que avanzaba en su trabajo, los niños le insistían: “Si quieres, puedes usar los otros colores también. No te dé pena.”

“En mis experiencias con niños he notado que en su mayoría comienzan a rayar y van observando cómo queda. Tienen más soltura. Algunos incorporan sus fantasías en voz alta y ante un trazo azul o gris comentan: ‘Éste es un delfín dando una vuelta en el aire?, por ejemplo”.

En algunos de los cuadros de Blanco Estrada, se manifiesta cierta puerilidad en las formas, en los trazos, aunque él considera que su arte se aleja de toda ingenuidad gracias al concepto. Aunque quizá esa percepción, dice, pueda relacionarse, de algún modo, con su nueva religión, el budismo. “La inocencia es fundamental en la vía verdadera. Desaprender es necesario, soltar cosas, barreras, contradicciones. Ahora mismo estoy trabajando en un concepto de integración del budismo y el cristianismo”, confía.

?¿Frecuenta algún tipo de ritual para su trabajo?

?Tengo muchísimos rituales de alimentos. Yo mismo hago un pan de avena y ajonjolí. También hago mi propio yogur con la receta que me dio un amigo libanés. Hacerse dueño de la propia salud es importante, pero lleva tiempo. Y eso es algo que enseña el budismo, la comunión con la divinidad desde los alimentos. En eso, yo creo que el cristianismo es una religión muy cómoda, muy pasiva, con poca profundidad mental y con muchas limitaciones.

Además, Eduardo cuenta que todas las mañanas hace meditaciones de no menos de una hora y que, al despertarse, se limpia con agua y sal la nariz como solían hacerlo los lamas tibetanos con el agua del mar. “La gente cree que estoy loco, pero es la limpieza máxima de los senos paranasales”.

?¿En qué otros aspectos de su obra se manifiesta su vivencia budista?

?Yo siento que uno se atreve a ensayar ideas, proyectos, alimentos; a escribirle una crítica a una niña. Yo no sé si eso lo hace alguien, pero no importa. En la búsqueda de deshacerme de ciertos límites impuestos, por ejemplo, fui abandonando la línea recta. También mis prácticas de yoga y de Zen me han hecho creer en el artista como una persona consciente, serena, equilibrada a diferencia de lo que generalmente se piensa.

?¿Cómo sería su autorretrato?

?No sería continuo. Sería bastante desintegrado. Le doy mucha importancia a muchas cosas. No soy como el torero que cree que lo más importante es la tauromaquia y más nada. Pero no podría ser un autorretrato estático, de ahora, aunque cree que el tiempo más importante es el presente.

 

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