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De Londres a la fiesta de Escocia

Desde hace más de 50 años, Edimburgo convierte sus calles y avenidas en escenario de arte, música y cultura durante cada verano. El Festival que organiza esta ciudad, uno de los más famosos del mundo, es una celebración inolvidable donde coinciden artistas y turistas del planeta entero

Por Johan Ramírez

Cruzar el Reino Unido de Londres a Edimburgo es una experiencia necesaria para todo aquel que desee disfrutar de ciudades vibrantes y paisajes asombrosos. A lo largo de casi todas las carreteras se extienden, a lado y lado del camino, praderas fantásticas de un verde brillante y limpio, matizadas por el blanco impecable de centenares de ovejas que pastan en libertad, sin frontera alguna, desde el centro de Inglaterra hasta el norte de Escocia.

Si algo provoca envidia en esta parte del mundo es que los caminos ofrecen, con bastante frecuencia, dos opciones para que el conductor escoja la de su preferencia. La primera es la convencional, una autopista o carretera muy veloz, que cumple con la básica función de llevar al viajero de un punto A a un punto B. La segunda — la más atractiva — es una ruta de paisajes, construida exclusivamente para que puedan apreciarse en todo su esplendor las vistas naturales más hermosas de la zona. Por lo general es más larga, pero tremendamente reconciliadora.

El famoso Festival

La principal ciudad de Escocia, de visita obligada, es Edimburgo. Es una urbe antigua, llena de historia como la mayoría de las metrópolis europeas. Pero aquí, a diferencia de las demás, tiene lugar cada año uno de los festivales más famosos del planeta. Arte, teatro, música y cultura se adueñan de las calles por tres semanas, durante el mes de agosto, y convierten a la capital escocesa en una suerte de Babilonia contemporánea, con lenguas y nacionalidades que se confunden en un festín de camaradería universal.

El Festival de Edimburgo, que se realiza en esta ciudad desde 1947, resulta sorprendente. Pareciera que las calles y avenidas fuesen insuficientes para albergar a tantos artistas, tantos espectáculos y tantos visitantes al mismo tiempo. Uno debe detenerse cada 20 metros para observar a un hombre haciendo malabares con afilados cuchillos mientras pedalea en un monociclo de tres metros, o para divertirse con un grupo que canta y baila al estilo circense, o para mirar los trucos de magia de un ilusionista japonés, o a un contorsionista chino, o a un traga espadas ruso, o a una bella escandinava vestida de Campanita.

¡Jajaja!

Algo muy común en este Festival es el stand up comedy. Por lo general, se realiza en locales cerrados y durante las noches. La oferta es impresionante. Literalmente, son cientos de comediantes que se presentan cada día a lo largo de los clubes y discotecas de la ciudad.

También hay mucho teatro, y espectáculos musicales no faltan. En algunas iglesias, especialmente en la sede de la Universidad de Teología, se suelen organizar conciertos de Worship, de alabanza religiosa al más puro estilo de las congregaciones protestantes de color de los Estados Unidos, popularizadas en gran forma por Whoopi Goldberg en los años noventa con su película Cambio de Hábito.

Cada viajero, dependiendo de su propio presupuesto, podrá escoger la opción que más le convenga. Hay desde shows privados con boletos de 10, 20 ó 30 libras, hasta otros de entrada gratuita que no por eso disminuyen su calidad. De hecho, este Festival se enorgullece por haber sido cuna para casi todos los comediantes importantes que hoy hacen vida en el Reino Unido y Europa. Entre ellos, una de las mayores celebridades es el hilarante Mr. Bean, Rowan Atkinson, quien hace décadas hizo aquí sus primeras pantomimas.

Gaitas y estallidos

Otro atractivo de Edimburgo es la fiesta que montan todas las noches en la gran plaza, frente al hermoso castillo de la ciudad. Allí hay un espacio amplio desde donde es posible divisar buena parte de la urbe. Entonces, al caer el sol, este fantástico mirador se convierte en escenario perfecto para un desfile absolutamente escocés. Decenas de músicos y bandas enteras hacen entrada y recorren la plaza tocando sus gaitas, lo cual transporta al visitante a los paisajes ideales de la Escocia del imaginario, la de los bosques densos por donde cabalgaba William Wallace.

Tanto en el desfile como en la calle, no deja de ser curioso y novedoso para los turistas occidentales toparse con hombres en falda, ataviados con los típicos trajes del país. Las usan a la altura de la rodilla, con suéteres de varios colores, gorros oscuros y medias blancas o negras. Los zapatos son negros, del tipo escolar.

El sonido de las gaitas, en vivo, no deja de ser hipnótico. Son tan melodiosas y de notas tan únicas, que uno casi se levanta de la silla al ritmo de la música cual serpientes encantadas del desierto.

Al final del desfile, cada noche, el cielo de Edimburgo resplandece con el estallido multicolor de un show de fuegos artificiales muy vistoso. Las expresiones de júbilo y asombro no tardan entre los espectadores, y apenas se extinguen las últimas explosiones, ya llegada la madrugada, todos se dispersan en pequeños grupos para terminar de festejar la jornada en los innumerables pubs que, a esa hora, están más vivos que nunca en esta dinámica metrópolis.

Cómo llegar

Hay varias formas para transportarse desde Londres hasta Edimburgo. Una de ellas, la más veloz y también la más económica —dependiendo de la temporada—, es el avión. Hay varias aerolíneas de bajo costo que podrían resultarle muy prácticas para hacer el recorrido. En ese caso, lo aconsejable es hacer su compra con suficiente anticipación y siempre fuera de la época de vacaciones, para garantizar un buen precio.

También puede irse por tren. Algunos van directos y cumplen la ruta en unas siete horas. Puede viajar en Primera Clase — mediante la reserva de una cabina — y podrá descansar en una cama, como en su propia casa.

Otra opción, menos costosa que el tren, es el sistema de autobuses del Reino Unido. Hay varias empresas que prestan este servicio. No obstante, una recomendación válida sería aprovechar el trayecto por tierra para ir parando en algunas ciudades que hay en la vía y así, además de conocer nuevos lugares, se le hará menos pesado el viaje que, semejante al tren, toma entre siete y ocho horas de trayecto.

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