domingo , agosto 14 2022

Ciudad calina

La silla del Ávila semeja uno de esos muebles forrados de plástico que deslucen ciertos hogares de gente tal vez un poco aprensiva; costumbre poco hospitalaria que el novelista dominicano-estadounidense Junot Díaz atribuye a los emigrados de su patria de origen cuando empiezan a amoldarse al sueño americano en un modesto piso de Queens, pero que en nuestra Caracas no era de extrañar hasta unos años atrás, cuando se hizo el consenso que le atribuía muy mal gusto a eso de plastificar el sofá como si fuera un cuaderno escolar.

Digo, el cerro tutelar luce más que empañado, ahumado, con una pátina que lo borronea ante sus súbditos caraqueños. Y es que aparte de los incendios y humaredas que lo cunden en la ya larga sequía, un capricho atmosférico escamotea la paleta que el maestro paisajista Cabré aplicara devoto a muchos de sus lienzos.

Tan afanado anda uno con sus rutinas que tarda en reparar en ciertas mudanzas de la luz de la ciudad. Es frecuente, por ejemplo, que el atardecer se anticipe y nos sorprenda la noche sin haber concluido la jornada.

Ahora, al asomar al balcón o fatigar el vecindario, a uno se le antoja ser parte de una película prescrita y de grano grueso. El efecto óptico que confrontan los habitantes de Caracas en las últimas semanas tiene que ver con un imponderable que han dado en llamar calina o calima, como prefieran.

De no ser tan heteróclita la arquitectura del valle de Santiago de León, y más bien morisca o mediterránea, luciría como una de esas terrosas ciudades del Norte de África, visitadas por tormentas de arena.

La fulana calina consiste en la acumulación de partículas de polvo en el aire por diversas causas y con consecuencias varias. No sólo aplaca el paisaje tras una luminosidad dudosa, sino que se alía con un calor seco y difícil.

Los especialistas de oído, nariz y garganta deben estar, últimamente, más atareados que de costumbre: la calina no sólo sofoca la vista, sino que irrita las vías respiratorias y fatiga más a los asmáticos.

La urbe calinosa se espesa, se sume en un largo ralentando, las tardes transcurren como un adagio en decrescendo.

Ante el agobio atmosférico, no queda sino buscar sosiego en una umbrosa capilla (y rogar por la pronta llegada de las lluvias) o el refugio portátil de un extemporáneo paraguas, con el que los caminantes parecen invocar el ansiado chaparrón que deslastre el aire y haga diáfana la lontananza.

Súbito, el cielo gotea y se piensa: ¡al fin llegan las lluvias! Un aguacero inesperado reanima el follaje de los árboles y el aroma a tierra mojada es un bálsamo para el acalorado caraqueño. Comienzan a cantar las ranas, suerte de aviso primaveral. Cesará la calina, bajará un poco la temperatura, las tardes serán menos arduas, los paraguas recobrarán su utilidad, habrá excusa para postergar compromisos latosos en vista de que llueve y, cuando llueve, mejor es no salir, si la urgencia no es mucha.

Sin embargo, la ilusión dura un instante apenas; no son sino unas pocas gotas sobre la cabeza y a cualquiera le da por recordar la secuencia de Gene Kelly, enamorado, dejándose mojar por el aguacero mientras canta y baila de felicidad.

Cuando finalmente caiga el primer aguacero del invierno tropical, no faltará quien, de tanto esperar, salga a zapatear las aceras de alegría y se encarame en un farol a cantar “I?m singing in the rain”.

 

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