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Cine 2010: el año en que hicimos contacto

¿Recuerdan aquella secuela del clásico de Kubrick protagonizada por Roy Sheider? Si no lo hacen, no se preocupen, no fue tan buena como la original. Pero si hablamos de señales, augurios o premoniciones, el título de aquella cinta de 1984 le queda perfecto a este año saliente en que, por fin, sucedió el esperado reencuentro entre el cine venezolano y su público

Por Carlos “Caque” Armas / @caquetorta

Sí, es esa época del año en que solemos mirar atrás y asombrarnos de lo rápido que se fueron los meses, de la suerte que tenemos de haber sobrevivido y de la cantidad de películas (buenas y malas) que hemos visto. 2010 estuvo rudo. Pero a pesar de algunos tragos amargos, se va dejándole al cinéfilo venezolano un buen sabor de boca.

Parece mentira que hace 11 meses, en enero, los fanáticos del cine (y todo el mundo, joder) estaban al borde gracias a las medidas implementadas para medio parapetear la crisis energética que aún persiste en el interior del país. Gracias a una medida publicada en la Gaceta del 21 de diciembre de 2009, y que entró en vigor el 1 de enero del 2010, el cine moría después de la función de las 6:00 pm, pues los centros comerciales, donde está ubicado prácticamente 90% de las salas del país, debían cerrar sus puertas a las 9:00 pm.

Qué arrechera. Qué incertidumbre. Los actores de teatro temían quedarse sin trabajo, los distribuidores hablaban de montar plantas eléctricas y los cinéfilos sufrían, pues era la época de los Oscar y las películas más esperadas del año hacían cola para ser exhibidas. Hubo salas que se aventuraron a abrir sus puertas después de las 6:00 pm, pero el usuario tuvo que pagar las consecuencias de su impaciencia. Este servidor se caló las tres horas de Avatar sin aire acondicionado en una sala repleta de lentes 3D.

Fue un infierno. ¿Pero qué opción tenía? Todo el mundo hablaba de la película, los Oscar (placer culposo de la mayoría de los cinéfilos) estaban a pocas semanas y la cinta ya había destronado a Titanic como la más taquillera de la historia. Aquello no era una película, sino un fenómeno global. ¿Por qué quedarse atrás? Así sería la rentabilidad de la cinta, que meses después y en tiempo récord volvió a los cines en una edición especial extendida para terminar de exprimirle los dólares a los “fiebruos” del mundo.

Afortunadamente, la medida de ahorro energético pronto fue levantada y las cosas volvieron a la “normalidad”. Poco después, The Hurt Locker se llevó los premios de la temporada y Catherine Bigelow se coronó como la primera mujer en ganar el premio de la Academia como Mejor Director. El recibimiento de la cinta por parte de la taquilla venezolana fue comedido. El público prefería la novedad 3D de la cinta de James Cameron, y creo que aquí rompió récords en “cartelitos de función agotada”. No dudo que esto haya influido para que, en los meses siguientes, las dos grandes cadenas de cines de Venezuela siguieran dotando sus salas con tecnología 3D tanto en la capital como en el interior del país. El año arrancó con sólo tres salas con esta tecnología y cierra con más del triple.

Renacimiento criollo

Compartiendo cartelera y beneficiándose de la cantidad de gente que se quedaba fuera de Avatar, una cinta venezolana guapeaba contra los Navis: Son de la Calle de Julio César Bolívar. Con otro tipo de extraterrestres que tenían poderes musicales y una inmensa fanaticada a cuestas, Chino, Nacho, Franco y Requesón consiguieron una respetable recaudación en taquilla que comenzaba a perfilar lo que vendría los meses siguientes.

Hasta no hace mucho, ir al cine a ver una película venezolana era considerado como un mal plan. La comunidad cinematográfica local se rompía la cabeza tratando de entender qué pasó con esa época dorada de las décadas de los 70 y 80 en la que las cintas criollas eran las más taquilleras. “Que si el público ve al cine venezolano como un género aparte, que si no hay conexión, que si la gente está cansada de las groserías y los malandros”. Muchos creían conocer la respuesta, pero los cambios no llegaban. Para el director Luis Alberto Lamata, la cosa era más sencilla de descifrar: “Había que hacer más y mejores películas”.

A pesar de que entre febrero y marzo se estrenaron cintas que no fueron precisamente bien recibidas por público y crítica (Amorcito Corazón de Carmen Roa y Des-Autorizados de Elia Schneider), 2010 será recordado como el año en que el cine venezolano logró -no sabemos si de forma fugaz- recuperar la empatía con el público.

En mayo se estrenó SubHysteria, un experimento de película guerrilla filmada con muy bajo presupuesto, sin guión y con actuaciones totalmente improvisadas, que a pesar de haber generado viscerales reacciones de odio y admiración entre los espectadores supo sacar provecho de tal polarización. A través de una feroz campaña en las redes sociales, logró meter más de 53.000 espectadores en las salas. Si a esto sumamos la iniciativa de Cines Unidos y la casa productora Los Otros Group de colocar antes de la película el cortometraje venezolano Jesús TV de Gastón Goldman y Héctor Orbegoso, que duplicó los esfuerzos de promoción de la cinta, no es de extrañar que el cine venezolano pronto comenzara a ser tema de debate y a estar en boca de todos.

La segunda película guerrilla en pasar por los cines fue Las Caras del Diablo de Carlos Malavé, que repitiendo los mismos esquemas de producción para contar una historia policial superó en septiembre los 63.000 espectadores. Aunque las premisas de ambas películas capturaban la atención del público y generaban expectativas, la pobreza técnica siguió dando argumentos a los detractores del cine nacional.

Y entonces metieron gol. Ocurrió justo durante el Mundial, cuando Marcel Rasquín estrenó su esperada ópera prima Hermano. El drama de dos hermanos que tratan de escapar de la violencia que los rodea persiguiendo el sueño de jugar en la selección nacional de fútbol, consiguió -con actores desconocidos, pero fabulosos- arrancar risas, lágrimas y suspiros de asombro en el público asistente, que respondió convirtiéndola en la segunda cinta venezolana más taquillera del año.

Los casi 400.000 espectadores alcanzados y los buenos comentarios casi hacen palidecer los galardones internacionales y el acuerdo de distribución internacional obtenido por la cinta. Con Hermano, el cine venezolano se volvió inesperadamente motivo de orgullo e ir al cine a ver una cinta nacional se convirtió en algo cool.

De pronto, todo el mundo veía y comentaba las andanzas de Endry Cerdeño en Cheila, una casa pa? Maita; las chicas simpatizaron con Prakriti Maduro en Habana Eva, convirtiendo a la cinta de Fina Torres en la tercera producción nacional más vista del año; los amantes del género documental pudieron ver las vivencias del Proyecto Cumbre en Extremos de Juan Carlos López-Duran, y la furia de Taita Boves de Luis Alberto Lamata se llevó la mayoría de los premios en los Festivales de Cine Nacional de Mérida y Margarita.

Del ombligo para afuera

Luego de ver los trailers de varias películas nacionales estrenadas este año, siento que por fin se ha aprendido a vender películas en Venezuela usando los artilugios efectistas y manipuladores de un buen teaser de la misma forma en que producciones internacionales lo hacen. En el ambiente cinematográfico local, se respira un hambre no sólo por conquistar a nuestro público, sino por trascender las fronteras.

En ese sentido, no podemos dejar por fuera la buena acogida que tuvo en el Festival de Cannes y ahora en los Estados Unidos el filme Carlos de Olivier Assayas, que cuenta la historia del terrorista venezolano Ilich Ramírez. De la película se dice que es un producto bastante sólido y las reseñas alaban el protagonismo del actor venezolano Edgar Ramírez como lo más sólido que tiene.

Pero el talento venezolano no sólo está brillando en el extranjero delante de las cámaras, sino también detrás. La cinta española 9 Meses fue coproducida por un equipo venezolano encabezado por el realizador Héctor Palma y hasta obtuvo varios reconocimientos en el Festival de Cine de Valencia.

Por si fuera poco, la ópera prima del venezolano Diego Velasco La Hora Cero, que cuenta la historia de un sicario que se ve obligado a secuestrar una clínica privada para salvar al amor de su vida, contó con financiamiento y talento extranjero detrás de cámara, por lo que aspira a convertirse en una pieza de acción venezolana capaz de conquistar al público del mundo. La cinta apunta alto: no sólo rompió récords de taquilla en su fin de semana de estreno, sino que ya se convirtió en la cinta venezolana más taquillera del año con más de 500.000 espectadores.

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