miércoles , enero 19 2022

Cecilia Martínez

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“Mi destino ha sido escandalizar siempre”

Pionera en la radio y la televisión, estrella de radionovelas, cantó el primer jingle en la historia de la publicidad de nuestro país y tuvo un exitoso programa en la pantalla chica por 30 años. Por si esto fuera poco, Cecilia Martínez tiene más que contar: fue inyectada por José Gregorio Hernández, retratada por Reverón y bailó con Gardel

A sus 95 años mantiene el dinamismo, sentido del humor y espontaneidad que la han caracterizado desde siempre. Con una trayectoria llena de éxitos y reconocimientos, hoy asegura que su mayor satisfacción es sentir que los venezolanos la recuerdan con cariño.

Por Karina Brocks

 

-¿Cuál fue el impacto en Caracas cuando sale al aire la primera emisora de radio?

-Por aquella época, en 1926, todo el mundo iba a pasear a la Plaza Bolívar. Allí era donde llegaba el cúmulo de chismes y fue donde se supo que Gómez había dado permiso para AYRE; nadie lo creía. Los venezolanos veíamos un par de torres muy altas por el Nuevo Circo y las personas decían: “ah, eso lo puso allí Gómez para oír lo que la gente habla”, porque las cárceles vivían llenas. Otros decían que estaban allí “porque las corridas de toros hay que suspenderlas a las 4:00 pm, que es cuando comienza a ocultarse el Sol”. En 1928 la retiran y quedamos en una tristeza absoluta, porque aunque los programas eran muy malos, era la primera y única emisora de radio.

-¿Cómo llegó usted a la radio?

-Cuando se funda la Broadcasting Caracas (1930), Eduardo Martínez Plaza compra un espacio de media hora pero no consigue anunciantes. Entonces le pide a mi papá que permita que mi hermana Finita cante en el programa. Mi papá aceptó, era un poco farandulero, primo hermano del pintor Reverón y del caricaturista Leoncio Martínez. Yo le dije a Eduardo que también quería cantar, pero me dijo “¿con esa voz de caña rajada? Me quitan el programa”. Acompañé entonces a mi hermana con mi sombrerito, mis guantecitos (mi papá no permitía que saliéramos sin guantes, eso de darle la mano a los hombres sin guantes no estaba bien) y mis mediecitas tobilleras. Eduardo comenzó a tocar la guitarra y Fina quedó muda. Entonces irrumpí en la cabina, la aparté y comencé a cantar. Yo sí veía a través del vidrio cuatro ojos desorbitados, eran Edgar Anzola, y Ricardo Espina. Tenía 14 años. Más adelante, mi padre autorizó que trabajara en la radio.

-Al poco tiempo en el medio, usted incursiona en las radionovelas. ¿Cómo era el comportamiento de la audiencia ante la dramatización de estas historias?

-La primera radionovela que se hizo fue Santa Teresa. Yo trabajé allí como un extra, pero esa novela tuvo dos cosas muy graciosas que demostraban lo que era la radio en ese momento. Resulta que en la historia, la niña de la casa se iba a casar, por lo que se publicó un anuncio en el periódico invitando a escuchar esa noche el programa porque se transmitiría el matrimonio. Cuál es la sorpresa y la cara que pusimos todos cuando llenan la emisora de regalos para los novios. Posteriormente, Anzola se va de viaje a Estados Unidos y trae, como novedad, un disco que tenía grabado el llanto de un niño. Por supuesto, inmediatamente ponen a parir a la chica en la novela. Al nacer el niño, se engolosinan con el disco y el bebé lloraba y lloraba. Al ratico aparece la policía con rolo y cascos preguntando: “¿De quién es el niño que están torturando?”. Cosas como esas pasaron muchas veces.

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-¿Cuál de las radionovelas que hizo quisiera destacar?

-Recuerdo mucho El Misterio de los Ojos Escarlata. En esa época no había caminos: el maracucho no sabía cómo hablaba el caraqueño, ni el de los andes como hablaba el de oriente, y así. Entonces se hace una novela de suspenso, que contribuya a que el venezolano conozca su país. Se empleaba música venezolana y se mandaba a traer gente de diferentes regiones para diferenciar acentos. También comprendí que este es el medio de las ilusiones, pues a mí me presentaban como una mujer alta, morena, de cabello largo, una india fuerte, y yo era chiquita y catirita. Eso sí, tenía muy buena voz y sí creo que lo hacía muy bien.

-¿Es cierto que usted cantó el primer jingle en el país?

-Sí, y no sólo eso, debía hacerlo a capella, por lo que tenía que ir seis veces diarias a la emisora a cantarlo. Era para un jabón que llegó a llamarse Cremolive, pero que fue demandado por Palmolive y terminó identificándose con el nombre del dueño, Laud. El jingle decía: “Suspirando está en el baño, Ana María de La Luz, porque ella quiere bañarse con John Laud y su madre no concibe que Ana María de La Luz quiera meterse en el baño con John Laud. Mamita, mamita, encárgame el ataúd, si no me dejas bañarme con John Laud”. Se decía que la letra era de Andrés Eloy Blanco, aunque no tengo la certeza de eso. La canción fue muy controversial; Gómez mandó a decir que era inconveniente, entonces tuvo que dejarse de transmitir.

-Tuvo la oportunidad de conocer a Gardel. ¿Cómo fue ese encuentro?

-Me invitaron a una comida que se iba a hacer en honor a Gardel. Sorpresivamente, mi primer esposo quiso ir. Aún recuerdo el vestido que llevaba. Me senté en la mesa y allí estaba él. Entonces nos quedamos viendo el uno al otro, creo que coqueteamos. Suena un tango y Gardel comenta que quería bailar conmigo. Luego se acerca y le dice a mi esposo: “Señor, con su permiso, buenas noches, ¿usted me concedería el honor de que yo bailara con su señora?” Entonces Germán se voltea y dice, “sí hombre”. Yo pensé, “Dios Santo, se me paró el mundo”, me temblaban las rodillas. Le dije, “mire, es que yo no sé bailar tango”, y él me decía: “conmigo usted puede bailar cualquier cosa”. Bueno, el hombre no era pretencioso para nada (risas). Entonces sí, bailamos el tango como se baila en Europa. Me llevó a la mesa al terminar y cuando estamos llegando me frena por un codo y me dice: “¿Sabe una cosa? Si yo hubiera sido su marido, no la hubiera dejado bailar conmigo”.

-De su encuentro con Gardel nos trasladamos ahora unos años antes, cuando era una niña. ¿Es cierto que fue paciente de José Gregorio Hernández?

-Él era amigo de mi papá. A veces tocaba la puerta y entraba a tomarse un brandy con él, conversaban y luego se iba caminando a su casa. Un día me enfermé y él me inyectó, al día siguiente estaba perfecta. Yo digo que tengo tan buena salud porque José Gregorio me la inyectó.

er_cecilia_martinez_003 -¿Cómo fue su experiencia en la televisión?

-Cuándo me casé, dejé la radio. Al tiempo me separé de mi esposo y regresé al medio. Tuve entonces la oportunidad de trabajar también en la televisión, el mismo día que se estrenó en nuestro país. Hice varios programas, como Monte sus cauchos Good Year, con el profesor Néstor Luis Negrón y, por 30 años, me asignaron un espacio dirigido a las mujeres (primero lo tuve en Radio Caracas, luego Venevisión y, posteriormente, en el canal 8). Como yo me divorcié y pasé muchas angustias y dolor, decidí enseñarle a las mujeres a hacerse respetar y a seguir viviendo, a no tener necesidad de un hombre al lado y a amar mucho al que tengan con ellas si él las ama. A pesar de ese divorcio, años después me casé con un hombre maravilloso, veinte años menor que yo, y fui muy feliz.

-Nadie puede negar que usted es una pionera, una leyenda en la radio y la televisión venezolana. ¿Cuál es, hasta la fecha, su mayor satisfacción profesional?

-Ser recordada con cariño. Yo he escuchado muchos chismes de gente que no lo merece, y sé que de mí nadie habla mal. Me recuerdan con cierto cariño y pienso que algo debo haber aportado yo con mi trabajo. Como tu comprenderás no soy ningún talento, no tengo un currículo que me avale ni nada de eso, soy una persona que ha sido muy sincera en su trabajo.

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