miércoles , julio 28 2021
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Capitán sin barco

Nuestra vida es un vaivén de aconteceres y circunstancias. Se asemeja a un barco que navega constantemente a diferentes destinos. Cada puerto nos depara nuevas experiencias, posesiones y personas. A veces viajamos con nuestros padres y hermanos; otras, con nuestro esposo e hijos. Invitamos a los amigos a un crucero de cenas, diversiones y brindis, compartiendo nuestros triunfos. Despedidas y bienvenidas se suceden interminablemente para volver siempre al mismo lugar de encuentro.

Nuestro barco también es azotado por tormentas, desviándonos por momentos, o definitivamente, de nuestro destino. Es el tiempo que nos damos para reflexionar y mirar hacia atrás. Los que se han ido nos traen recuerdos y enseñanzas. Ellos nos hacen evocar errores y aciertos, lágrimas y sonrisas. Cuando el mar se calma, sale el sol y se perfilan en el horizonte nuevas esperanzas. Es el hijo o el nieto, es la novia o el amigo. Así es la vida: transcurre entre penas y alegrías.

La vida cotidiana es el mar donde navegamos. A veces nos lanza hacia costas cada vez más pedregosas: el tráfico pesado, la inflación galopante, la incertidumbre que gobierna nuestra seguridad personal o la incomprensión que nos rodea en el seno familiar. Vivimos en una marea constante, unas veces estamos bien y otras veces pareciera que perdiéramos el control. Nuestra vida se convierte entonces en un barco a la deriva. ¿Cómo retomar el timón? ¿Cómo calmar las aguas? Las palabras de Bolívar podrían darnos la solución: “Si la naturaleza se opone… haremos que nos obedezca”. Es la voz de la voluntad, pero también de la soberbia.

¡Cuántas palabras vanas y fatuas pronunciamos cada día! Confundimos la verdad con la imprudencia y la voluntad con la censura. No todas las verdades deben decirse ni lo que queremos cambiar se hará posible censurando a los demás. En ese empeño descuidamos nuestro barco, nuestro único barco por el intento de calmar el inmenso mar. En vez de hablar y hablar deberíamos hacer y hacer, nadar y nadar para salir del remolino. ¡Qué torpes hemos sido a veces cuando queremos que otros resuelvan nuestros problemas! ¿Será verdad que no podremos sacar nuestro encallado barco de la costa? ¿O será que no hay un hábil capitán que lo haga? Es muy fácil atribuir a otros la culpa de nuestro fracaso o de nuestros males. Debemos asumir nuestra responsabilidad. Somos capitanes del barco y no corresponde a otros guiar nuestra vida. Conducirla hacia el éxito o el fracaso es nuestra obligación.

Peor aún es criticar para destruir. Hay gente chismosa que se dedica a meterse en la vida de los demás en un esfuerzo por tapar las propias incapacidades, errores o pecados. Son los profesionales de la calumnia. Pasan por la vida pendientes de derrumbar a todo aquél que les cae mal, vengándose por alguna afrenta recibida en lugar de analizar su vida y cambiarla. Al final, por estar pendientes de otras vidas, no se dan cuenta de que su barco se hunde. Sucumben inexorablemente porque al abandonar su propio barco para entrar en el ajeno cual pirata al acecho, dejan su barco sin capitán. ¡Cuántos barcos sin capitán navegan en el inmenso mar! ¡Cuántos barcos hundidos duermen el sueño eterno en las profundidades del océano sin poderlos recobrar! Sea un buque o un velero, no dejemos nunca nuestra nave sin control. Capitán sin barco no navega y barco sin capitán naufraga.

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