lunes , mayo 3 2021
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Bate, guante y pelota: la identidad nacional

Hace algunos días, después de haber visto en un cine del este de Caracas una película de alto vuelto en la cartelera actual (Quémese después de leerse, de los hermanos Joel y Ethan Coen, los mismos de No country for old man), quisimos prolongar la velada compartiendo con gente conocida y con un trago por delante. Fue así como, sentados a la vera de una mesa de un bar cercano, volvimos a reír con la gesticulación de gran actor de George Clooney, la caracterización hilarante de Brad Pitt, la magnífica actuación de Tilda Swinton y, sobre todo, con la presencia en el film de John Malkovich, un agente de la CIA al que le caen encima todas las desgracias juntas.

Una algarabía de voces altisonantes y el brillo azul de la pantalla televisora eran líneas transversales en todas las conversaciones. Era inevitable, de cuando en cuando, voltear hacia el aparato de imágenes que en aquel momento transmitía un juego de la final del béisbol venezolano. Con cada batazo, con cada jugada defensiva importante y con cada carrera, locutor y comentarista se deshacían en elogios desmesurados (¿qué hubiera pasado si aquella noche de sábado, por ahí hubiese estado Jorge Luis Borges con su libro El tamaño de mi esperanza, aquel texto en el que dedica un capítulo al uso correcto del adjetivo, bajo el brazo?): “¡Fantástico!”; “¡Maravilloso!”; “¡Histórico!”; “¡Genial!”, era parte de aquel arsenal, de cierta manera insensato y cursi, pero que suele calar hondo en el sentir de las pasiones populares.

A primer golpe de vista, la estampa descrita podría parecer rutinaria, típica de una noche sabatina, cuando la ciudad se impregna de otros olores y toma renovados colores. Pero no es ahí donde queríamos llegar. Pretendemos poner el acento en el béisbol, porque después de haber visto y vivido la pelota durante muchos años, esta vez, en 2009, nos ha parecido que nunca como ahora la atención nacional ha tenido sus focos puestos sobre el acontecer de los estadios del país. En la temporada pasada (2006-2007), la Liga Profesional se propuso como meta de asistencia a los juegos dos millones de aficionados, y el cálculo le falló por sólo 34 personas. Esta vez, aunque no tenemos aún las cifras oficiales, la cantidad parece haberse acercado a los dos millones y medio. Además, la sintonía televisiva ha reventado las agujas de las mediciones y ha hecho a uno de los canales cometer el pecado mortal de mover los horarios de las intocables telenovelas.

No es apenas una afición, ni una película de moda como la de los hermanos Coen. Estamos convencidos de que el béisbol es parte importante de la identidad nacional, de que a la gente le importa más el resultado de un juego, los equipos clasificados para el Round Robin y los resultados de la final, que los zafarranchos de la política y los vaivenes de la economía.

Andar por ahí, por calles, cafetines y esquinas, es oír hablar de las carreras empujadas de Jesús Guzmán, de las victorias del Caracas, de los juegos salvados de Francisco “el Kid” Rodríguez y de la eliminación del Magallanes. Un día de estos, en un viaje mañanero en el metro, presenciamos una escena inolvidable: cuatro hombres, sentados frente a nosotros, hablaban de beisbol y se regodeaban con el recuerdo de cada jugada de la noche anterior. Tres de ellos se confesaban caraquistas y hacían bromas al otro compañero, de afición magallanera. Lo conmovedor de la situación es que los cuatro hombres ¡eran ciegos!

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