sábado , febrero 23 2019
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Aphrodisiakos

Todo olía a mar, a especias, a canela, a sándalo.
Todo había pasado por manos morenas o amarillas
y yo fui empapado por trópicos y selvas.
Ahora ya regreso en busca de mí mismo,
guiado por el más antiguo aroma afrodisíaco.
Anónimo

Por José Antonio Sáenz

Entonces, ¿existen los afrodisíacos? Sí, pero -como los dioses- están en nosotros. Al amor, al sexo, a la pasión y al erotismo (cuatro tempos tan diferentes como las estaciones), a veces les ocurre lo mismo que a los astros: entran en conjunción y arden cual supernovas. En éxtasis.

Neuroquímica del romance

Hay una calle indiscreta, transitada por sustancias descubiertas en laboratorios herederos de las probetas alquímicas, que se tiende desde el cerebro hasta las glándulas sexuales. Sus esquinas lucen nombres poco poéticos: endorfina, dopamina, serotonina, ocitocina, estrógeno, testosterona y no las alumbra el farolito arrabalero, sino la chispa del deseo.

La incandescencia se propaga diferente, según se trate de la linealidad del varón -cultor de la aceleración fálica- o de la circularidad femenina abierta a múltiples orgasmos cerebrales, que tapizan los antes, los durante y los después. ¿Será por esto que el varón se limita a empujar la historia, en tanto que la mujer es la historia?

¿Cuánto persiste el deseo?

Las abuelas cuchicheaban que la luna de miel dura un año y después llega la picazón del segundo, debido a un hastío que hace ver más verde la grama del vecino. Hoy sabemos que los antipoéticos mediadores químicos se agostan, como consecuencia de la ausencia de imaginación erótica para crear nuevos climas y climax. La pasión se convierte en rutina y el tedio desplaza al pícaro Eros, experto en avivar rescoldos con el encanto de la palabra, del humor irreverente y de la propuesta imprevisible.

Así, las feromonas que atraen al sexo opuesto, con el paso del tiempo menguan su embrujo. Los griegos las llamaban pherós (lo animal), aludiendo al instinto que incendia. Extinguido éste, los dioses recurrían a la ambrosía, el filtro amoroso del Olimpo.

Chocolate para una fémina

La humanidad ha recurrido a insólitas sustancias para inducir embriaguez amatoria: desde cuerno de unicornio hasta raíz de mandrágora. El arte lírico recoge mágicas pociones. En la ópera de Donizetti L?elisir d?amore, el doctor Dulciamargo vende a Nemorino un elixir para tornarlo irresistible a los ojos de Adina, el cual resultó ser un simple vino de Burdeos, que añadió el toque adecuado en el momento preciso. Ella ya admiraba a Nemorino, quien desconocía que para la mujer inteligente, el amor no nace de la apariencia sino de la atracción intelectual.

Otra cara de los filtros se revela en Tristán e Isolda, de Wagner. Tristán la escolta en una barca desde Irlanda a Cornualles donde, contra su voluntad, contraerá nupcias. Isolda decide suicidarse junto a Tristán y envía a su doncella por veneno, pero ésta trae un brebaje afrodisíaco. Ambos se aman, pero una vez apagados los volcanes deciden apurar la otra pócima y dormir para siempre. ¿Hubiera sido diferente su suerte, de haber compartido un estimulante chocolate para derrotar la apatía del después?

Pequeña muerte

Afrodisíacos y elixires hacen honor a su nombre. El uno viene de la piedra -aphrodisiakos- que Zeus obsequió a Afrodita. El otro del árabe: liksír, el lapis filosofal buscado por los alquimistas para transmutar plomo en oro e integrar lo humano en lo cósmico. Alegoría del orgasmo, que los franceses llaman petit morte, a diferencia de su hermana mayor, la muerte, que nos aguarda para fundirnos con ella en el encuentro clandestino al que acudiremos sin ropa ni afrodisíacos (de la noche venimos y hacia la noche vamos) para acostarnos -sobre una cama hecha madre tierra- con esa última y nada celosa mujer.

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