miércoles , agosto 10 2022

Antes de morir: Madonna

santaladiabla@gmail.com

Ir a un concierto de Madonna es como una de esas cosas que hay que hacer por lo menos una vez en la vida. Y cuando se pasan los 30, y la rubia en cuestión ya alcanza los 50, cada oportunidad, cada gira, pesa como única. Tras la anunciada visita de la Reina al tercer mundo, las cartas estaban echadas: Argentina, Chile o Brasil. Sin embargo, la B1-B2 justo a tiempo cambió los planes y el destino.

San Diego, Houston, New York y Miami eran los probables. Pero ir a Manhattan, patear sus streets y sus avenues era otro ítem de la larga lista de pendientes.

Comprar tarde en julio las entradas para un concierto que sería en octubre, que si no alcanza el cupo cadivi de internet, que ya no hay disponibilidad de baratas, que si “préstame tu tarjeta Americana”, fueron sólo parte de esas complicaciones criollas de cara al resto del mundo. Esperaba yo que el legendario Madison Square Garden valiera todas las molestias.

Decidimos morder la Gran Manzana una semana antes del Columbus Day (12 de octubre), día del esperado concierto, por cualquier eventualidad. Estando allá, en una de esas maratónicas caminatas niuyorquinas, nos tropezamos con el añorado edificio. Avisos por doquier de Madonna y otros artistas indicaban que estábamos en el sitio correcto. La verdad, y debo confesarlo, ese día parada afuera del anfiteatro de la Penn Station nada me sorprendió. No lo pensamos dos veces cuando un amable mister que hablaba perfecto español nos ofreció entradas para un día antes de lo planeado. Darle dos miradas a la chica material bien valía los 60 dólares, a pesar del “Obstructed View” gigantesco que adornaba nuestra entrada de “práctica”.

Fue así como el sábado, bajo el influjo de las compras compulsivas y casi una hora antes de la pauta (7:00 pm), estábamos disfrutando de unas cervezas de 8 dólares en la arena más famosa del mundo. Dos horas después y dos cervezas más seguíamos esperando. Mientras tanto nos dedicamos a seguir con un insuficiente zoom de 10X a las estrellas del VIP, que enloquecían a los paparazzi. Flashes iban y venían. Casi a las 10:00 pm las luces se apagaron para dejar ver una gigantesca M. De allí en adelante todo fue de ella.

Al día siguiente comenzamos a entender de diferencias. Preferimos comer pizza antes de entrar y no pagar 20 de los verdes por la peor rosca salada que he probado en mi vida. Llegamos a las 9:00 pm, no sin antes pasar por una tienda para comprar una cámara de 15X, con la que pudiéramos satisfacer nuestra curiosidad por las celebrities presentes. De las caras conocidas pudimos ver a Lindsay Lohan y su novia Samantha Ronson; Kelly Ripa y Reese Witherspoon, aunque a decir verdad cualquier rubia de la primera fila parecía una estrella.

Nuevamente a las 10 y con las respectivas buds encima se abrió el cubo. Al unísono podían escucharse los gritos en cualquier idioma y los contagiantes y multilingües insultos tras cada movimiento de la rubia. Para los “primerizos” e ignorantes, esta cosa se trata de un contrapunteo histórico, porque la Cicconne no se guardó ningún motherfucker, asshole o bitch de regalo para su público. Pero ya era nuestra segunda vez… Estábamos acostumbrados.

Durante el concierto del sábado, Madge dedicó amorosamente el tema “You Must Love Me” a Lola, su hija mayor que alcanzaba ese día los 12 años. La pequeña aplaudía desde la primera fila. También ese día, la gran sorpresa fue que el rapero Pharell salió para cantar a dúo “Give It 2 Me” y cerrar el espectáculo. Nada de eso ocurrió el domingo, pero durante ambos días pudimos escuchar los más creativos insultos contra Sarah Palin y, por supuesto, los comentarios políticos a favor de Obama.

Esa segunda vez, sintiéndonos como “peces en el agua” dentro del MSG, intentamos movernos un poco, no como algunos amigos que ocuparon agudamente puestos vacíos en las primeras filas a tempranas horas de la noche. La verdad estábamos cómodas en nuestros asientos (con nuestras entradas que compramos por Internet), sólo queríamos bajar algunas escaleras para tomar fotos buenas. La dicha duró poco, porque a los minutos un jovencito de seguridad nos dijo cortésmente que debía volver a mi silla. Contesté en español, es más, en caraqueño y puse cara de no entenderle nada: “Chamo, si yo lo que estoy tomando son unas foticos, dame chance y ahora me voy”. Bajamos algunas escaleras más y seguíamos disfrutando al ritmo de “Vogue” hasta que un gigantón calvo y con cara de gorila nos pidió los tickets y escupió un “Move now”. Volvimos y terminamos de disfrutar, eso sí, de pie, un show que durante dos horas emocionó a miles y dejó con ganas a otros tantos.

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