lunes , junio 7 2021
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Advertencia pública a mis amigos

Saludos, amigo lector.

Le cuento que, una vez más, caigo en cuenta de que la vida va siempre enseñándolo a uno con el paso del tiempo, en un proceso de aprendizaje que no termina mientras le quede a uno aliento, en función de lo cual lo que ayer fue una verdad indiscutible, hoy puede terminar siendo un equívoco.

Resulta que en el ya largo ejercicio de mi profesión formal, que es la de abogado, he pasado una buena parte de mi tiempo dedicado a la Propiedad Horizontal, es decir, esa figura inventada con mucha creatividad y no sin cierta mala intención, por una Comisión integrada por abogados, arquitectos, ingenieros, maestros constructores, banqueros y unas cuantas señoras sin oficio, en virtud de la cual se puede vender una edificación por pedazos para formar lo que llaman un Condominio, en el que usted tiene el techo a medias con el apartamento de arriba, el piso a medias con el apartamento de abajo, las paredes a medias con los apartamentos vecinos y la fachada, el terreno y otro montón de cosas en comunidad con un gentío.

Pues bien, lo cierto es que durante todos esos años he estado creyendo que la Propiedad Horizontal ha sido en realidad mi amiga, pues gracias a ella y a los problemas y conflictos que de su sistema se derivan, así como gracias a la deficiencia con que se han hecho las Leyes que la regulan, he tenido trabajo profesional con el cual he podido ganarme dignamente la vida, y el trabajo siempre se agradece; pero resulta, que cuando miro las cosas desde la experiencia de los 57 que ya llevo a cuestas, descubro, para mi sorpresa, que he estado más bien durmiendo con el enemigo, pues la Propiedad Horizontal me ha quitado algunas cosas verdaderamente importantes en mi vida.

En primer lugar, me quitó el derecho a un patio, cosa fundamental para cualquier niño, pues siempre es importante para un niño tener un patio donde dejar tirada la bicicleta, y donde tener matas y grama verde entre las cuales descubrir la vida infinitamente activa de los bichitos que en ese ambiente caminan, reptan, saltan o vuelan.

Más importante aún, la Propiedad Horizontal me quitó las serenatas, actividad que cumplió un hermoso y gratificante papel allá en mis años de mozo (y perdonen la distancia, como dice el poema gaucho), gracias a las cuales uno vivió tantos buenos y malos ratos, disfrutó la recompensa de una sonrisa insinuante y un beso robado, o sufrió el desengaño de la ventana que no se abrió, mientras que en uno y otro caso se iban sellando para siempre los lazos de amistad con los músicos compinches que hacían posible el momento.

Ahora, ¿qué beso robado puede haber, ni qué sonrisa insinuante puede ser apreciada, si la candidata se encuentra en un lejano octavo piso?

¿Cómo puede haber la necesaria cercanía e intimidad indispensables para que la serenata cumpla su cometido, si primero tienes que sobornar al vigilante y al conserje del edificio para que te dejen entrar, y luego tienes que soportar la impertinente indiscreción de otros cincuenta balcones y ventanas, distintas de aquella que guarda el sueño de la destinataria del homenaje?

Sencilla y tristemente, murió la serenata.

Pero no bastándole eso, en los próximos días la Propiedad Horizontal está a punto de consumar la más artera y dura afrenta en mi contra: ¡¡¡Me va a quitar mis Parrillas!!!

Sí, amigo lector. Tal como se lo estoy diciendo: la Propiedad Horizontal está a punto de quitarme mis Parrillas y todo el sabroso goce que ellas proporcionan, porque resulta que como ya los muchachos crecieron y cogieron camino (me queda uno solo y ya hay una “cliente” que está evaluando si se lo lleva o no), la casa nos quedó grande, así que mi Bruja y yo resolvimos reducirnos. Como no conseguimos una casa pequeña para hacer el cambalache que queríamos (ya se sabe que este país no se tiene lo que uno quiere, sino lo que hay), la Propiedad Horizontal tendió su telaraña maligna y nos atrapó en un apartamento al cual próximamente quedaremos confinados, sin posibilidad ninguna de hacer en él una parrillita, como no sea en una de esas abominables dizque parrilleras eléctricas.

Por consiguiente, lanzo esta pública y firme advertencia a mis amigos con casa: me declaro Parrillero Itinerante, lo que significa que en adelante, me dedicaré a hacer parrillas en las casas de mis amigos, de modo que vayan preparándose.

No obstante, pierdan cuidado porque no tengo intención de aprovecharme de nadie, así que mutatis mutandi, como dicen los abogados, haré como el lema del conjunto musical de mis amigos Los Concu(ñados): ¡Tocamos gratis y llevamos nuestra propia caña!

Hasta la próxima.

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