Serrat y Sabina. Dos pájaros de un tiro
Portada Noviembre 7th, 2007
Es la primera vez que estos dos hombres vienen juntos a Caracas.
Es la primera vez que nos cantaran juntos.Y con toda la experiencia de ellos, con toda su veteranía, sentimos que los vamos a escuchar de otra forma. Más cercanos, más humildes que nunca, más entrañables.Porque son ellos quienes de alguna manera nos justifican, nos hacen sentir mas humanos, más creíbles. Por ellos es que cuando lleguen, iremos a verlos con el corazón en la mano.Dos fanáticos, escribieron lo que viene
Por Cristóbal Guerra y Lorena Briedis
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Bendito, maldito Sabina
Por Lorena BriedisJoaquín Sabina, un bendito-maldito por excelencia; lumbre de sentimientos encontrados: poeta, cantante, putón, amante; rockero y masón, torero y alquimista, arcángel descendido, lucifer de almas; psíquico, psicólogo, sexólogo, antropólogo; Mickey Mouse de la ratonera del deseo.
A propósito de su visita a Venezuela junto a Serrat en la gira que titularon “Dos pájaros de un tiro”, quisimos darle al Joaco veneno de su propia medicina. Estos son los mismos “Benditos, malditos” lapidarios que ha publicado en antologías como Ciento volando y Esta boca es mía, en los que Sabina afirma el esplendor de sus genes dorados por el siglo español de Góngora y Quevedo, despuntantes de la mejor tradición satírica y lúdica. Esta vez, nuestros “Benditos, malditos” se inspiraron en algunas de sus canciones y de sus imágenes —aunque reconocidamente ínfimos al lado de la monumentalidad de su obra poética y musical—, y finalmente se vuelven hacia él, orgullosos, para recibirlo. Así, satíricos y lúdicos, estos versos de bienvenida, para ti, Joaquinito.
Benditas las cartas de amor del preso
que llegan sin nombre y sin estampillas;
bendita la ausencia que vuelve con besos
que trae el cartero, un fulano Sabina.
Malditos los ramos de rosas con espinas
que el amante infiel coloca en el florero;
maldito el truhán del bar de la esquina
que le enseñó el “y sin embargo, te quiero”.
Bendito el verbo amar que se conjuga,
los juegos del vago azar sin ropa,
la guitarra trasnochada de la luna
del rock’n’roll de los idiotas.
Maldito el arrabal del corazón infeliz,
los manjares que prohibió la ley del ayuno;
quien me había robado el mes de abril,
quiso devolverme el siglo veintiuno.
Bendito el amor incivilizado
que arde rebelde en las hogueras del papel;
bendita la muerte de los enamorados
que por tigo murieron amándose en un hotel.
Maldito ese silbato de tren que oíste,
viejo olifante de desdichas y promesas;
maldita esa voz ronca que en las canciones tristes
se despide diciendo: “perdonen la tristeza”.
Benditos los clavos, ardientes esclavos
en el INRI de la cruz de las rameras;
benditos los dedos que se extraviaron
y encontraron a María Magdalena.
Malditas las cenizas que no juegan con fuego,
este yo, mi, me, conmigo y sintigo;
aquel letrero que dice “cerrado por derribo, vuelva luego”,
el doctor que nos dijo “os sobran los motivos”.
Benditos los labios que sacan de quicio
en las fatuas metrópolis del deseo,
benditos los peces de la ciudad del vicio
y el pescador que les puso el anzuelo.
Malditos los “ahora qué” interrogativos
malditos los sentidos que sienten con miedo
ahora que matamos dos pájaros de un tiro,
pero quedó vivo el mal agüero.
Bendita la estación de Atocha con salida a Caracas,
benditas las cien mentiras que quisieron que volvieras:
las misses, el ron, la rumba, el Caribe y los panas;
bendita Máter España toda y el Joaco en Venezuela.
El Nano que no deja de ser El Nano
Por Cristóbal GuerraHace algunos días, la figura porfiada y digna del Tío Alberto debió aparecer otra vez en los recuerdos más entrañables de Joan Manuel Serrat.
En una jornada que ya es recurrente en la vida de El Nano, el gobierno francés le colocó en el lado izquierdo del pecho la insignia de Caballero de la Orden de la Legión de Honor, la máxima distinción de Francia, “en reconocimiento por sus aportaciones a la cultura universal, y su acción a favor de la libertad de expresión y de pensamiento”, tal como reza el pergamino.
“Pero no os cambia el cielo/por la Orden de la Legión de Honor/que le dio la República Francesa”.
El verso corresponde a la vieja canción, grabada en 1971, en la que Joan Manuel habla de un tal Tío Alberto, viejo sabio y soñador, de quien nunca más tuvimos referencias. Nunca supimos si existió, pero como quiera que sea, aquel canto fue como un celaje premonitorio del reciente reconocimiento al poeta catalán.
Esta distinción parisién y universal se ha enganchado en el largo tren de la admiración, en el que varios honoris causa y otros homenajes, como la orden Gabriela Mistral de Chile y la Andrés Bello venezolana, se deslizan por los rieles asidos al canto poético del juglar del Poble Sec.
Al Nano no lo hace cambiar nada en este mundo. Ni siquiera la Orden de la Legión de Honor, porque desde “Mediterráneo” y “Si la muerte pisa mi huerto” hasta “Sombras de la China” y “Versos en la Boca”; desde “Paraules D’amor” hasta “Mo”, se ha mantenido firme en sus principios de vida, aquel respeto por los valores esenciales de la existencia, aunque sin quedarse atrás. A la vez ha marchado con los tiempos, y no ha traicionado ni se ha traicionado. Sigue siendo la metáfora de la solidaridad con las causas del hombre, sigue siendo el único cantor del arte popular en mantener obras paralelas en dos idiomas, español, catalán, y se mantiene firme como valor fundamental de la cultura hispana.
Llega Joan Manuel con el equipaje repleto, con las ganas renovadas después de 43 años de poesía, guitarra y escenarios, y la gente lo espera porque en Serrat siempre ha conseguido al cómplice, aquel que le canta a su intimidad y a su vivencia cotidiana. Y Serrat siempre ha tenido esa capacidad única para sorprender, para decirnos cosas nuevas, para reforestar en nosotros la utopía y el sueño esperanzador.
“Hay utopía, incorregible/que no tienes bastante con lo posible”.
En los tempranos años 70 se inició el romance. Por aquellos días, Serrat y América se descubrieron, uno a la otra; aquella mirada estremecedora, como la de Florentino Ariza y Fermina Daza en El amor en los tiempos del cólera, fue el germen de un sentimiento que no cesa. México, Argentina, Perú, Venezuela, Chile, Uruguay, Centroamérica, Colombia, todos los países del Nuevo Mundo han sido los afluentes del río caudaloso de ese amor muy correspondido.
Y por este continente ha regado no sólo su obra, sino las de aquellos españoles que la guerra del 36 se encargó de silenciar: Antonio Machado y Miguel Hernández, además de otros que, como el uruguayo Mario Benedetti, confiaron a Serrat sus palabras para que el cantor de “visión agridulce de la vida”, tal como lo define el Larousse, las montara en el carruaje musical.
Y cada marzo, cada julio, y cada noviembre principalmente, El Nano ha vuelto para el encuentro feliz con la gente, para decirnos, en canto y en susurros, con la picardía que emana de la ironía y el sarcasmo bien llevados, “quién es quien le pone puertas al monte”.
El recital del Poliedro es una promesa que se escribe con S de Serrat y Sabina. Es un halo de luz en el que nos veremos con los dos trovadores en público y a solas, y será un momento detenido en el que podremos decirle a Joan Manuel, que esos “Dos pájaros de un tiro” nos han traído a la memoria aquel poema de 1975: “A ese amor/a ese pájaro dorado que alza vuelo/ y parte el cielo en dos/ rondando el sol y el pecado”, y que su presencia en Caracas equivale a una comunión y a volver a creer.
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