cyr_salinger_centeno Cuando Mark David Chapman descargó su revólver sobre la humanidad de John Lennon, pensó que con su acción homenajearía al espíritu de Holden Caulfied. A varios años y kilómetros de distancia, un italiano tuvo una mejor idea para honrar a su admirado ser, sin necesidad de estamparle cuatro tiros en la espalda a un ídolo pop: la Scuola Holden de Turín para jóvenes escritores.
Por Daniel Centeno M.

Mark David Chapman y Alessandro Baricco, el incomprendido trastornado y el comprendido escritor, sólo son dos polos irreconciliables de las consecuencias hacia una misma pasión: la literatura de J.D. Salinger, o Jerome David Salinger, para sus amigos (si es que los tiene).

 

Decir que sobre este autor descansan múltiples extremos: destrucción y creación; furia y ternura, equivaldría a lo mismo que asegurar que en los anillos de saturno no hay atmósfera. No en balde Vladimir Nabokov elogió sus relatos casi al instante de ser publicados. Jon Updike y Norman Mailer no escatimaron comentarios sarcásticos hacia su obra, quienes viéndolo de la única manera posible, también constituyen uno de los múltiples disfraces para camuflar la envidia y la celebración de lo ajeno.

Chismes aparte, la carrera del autor del celebérrimo El guardián entre el centeno ha trazado una parábola cerrada, donde las estrategias se contradicen casi aposta. Si existiera alguna lista de escritores tercos en busca de publicación, él estaría entre los diez primeros. Los hechos dicen que en sus inicios estuvo más de diez años mandando un cuento a The New Yorker, como si se tratase de un mendigo en busca de una limosna. Su perseverancia ganó, y así fue como apareció a los ojos de todo el mundo el relato “Un día perfecto para el pez plátano”. Desde ese preciso momento, el terreno para el mito ya estaba inaugurado.

El resto de la carrera de J.D. da para un guión de cine de intriga. El hombre se niega a que su foto aparezca en las solapas de los libros, pide expresamente que no se coloque ninguna leyenda explicativa en las contraportadas de sus textos y se niega a ofrecer entrevistas. A partir de esas extravagancias el mundo intelectual comienza a sospechar de un engaño editorial de grandes proporciones: ¡Salinger no era otra cosa que un antifaz del mismo Mailer! La idea no era descabellada del todo, puesto que también se puso en duda que la autoría de la polémica Historia de O perteneciera a la enigmática Pauline Réage, atribuyendo la obra a Jean Paulhan, conocido poeta surrealista y prologuista de la obra.

Pero el asunto estaba en que ese autor norteamericano, de frases cortas y lenguaje acendrado, sí existía. Cuando el éxito fue casi instantáneo eligió vivir en una rústica casa de Comish, New Hampshire, y desconectarse del mundo. Quienes han ido por curiosidad a su fortaleza hablan del letrero que reza No pase en su jardín. Algún fotógrafo intrépido intentó tomarle una instantánea, donde sólo se aprecia la imagen de un anciano iracundo, fuera de foco, y con el bastón en ristre. Otros fanáticos, como el autor catalán Vila-Matas, juran entre tragos haberlo visto en un autobús de Nueva York.

Dentro del rosario de excentricidades se asegura que Salinger, aunque sólo tenga publicados cuatro libros de su puño y letra, no deja de escribir en su encierro monacal. Sus más pertinaces biógrafos ponen al descubierto detalles de su modo de vida; aseguran que a cincuenta metros de su habitación tiene un galpón en donde redacta páginas y páginas de las narraciones que no piensa editar jamás en su vida, que en sus ratos libres llama a jóvenes estrellas de cine en su faceta de seductor crepuscular, y que todos sus seres allegados terminan seriamente afectados por su trato.

Aún hay más rarezas para sus entusiastas seguidores: dicen que el Holden Caulfied que nunca creció sólo ha dado dos entrevistas en su vida. Una de ellas fue en 1953 a la adolescente Shirlie Blaney del periódico estudiantil Daily Eagle de Claremont. El escritor pensó que el encuentro no iba ser trascendente, por lo desconocido del medio, y accedió a los encantos de la joven. Sin embargo, apenas Blaney terminó el diálogo, los derechos de la conversación fueron vendidos a diferentes periódicos y suplementos de todos los colores posibles, y, con la gran tirada internacional de la que gozó el escrito, ardió Troya en la vida de Salinger.

La otra historia, un tanto apócrifa, habla del día en que una maestra de Comish les mandó a sus alumnos una sencilla entrevista con alguien del pueblo como tarea para la casa. Si bien muchos eligieron a su abuelo, al cartero o al bombero de turno, dos de los niños se dirigieron a la casa del amargado escritor y consiguieron sin mucho esfuerzo la tarea solicitada por la docente y por una legión de jefes de redacción del globo terráqueo.

Enumerar las singularidades de esta vida paradigmática sería tan rico y extenso como resaltar cada una de las genialidades encerradas en su obra. Aunque Salinger no publique nada desde 1965, títulos como Nueve cuentos o El guardián entre el centeno cuelgan como un prendedor cuando se habla de la mejor literatura del siglo pasado. Del primero se vertebró casi la totalidad de su obra, pues fue el ya nombrado relato del pez plátano el que trazó el mapa de ruta de una familia de genios, los Glass, la misma que posteriormente fue inmortalizada en dos libros cortos: Franny and Zooey y Levantad, carpinteros, la viga del tejado/Seymour: una introducción. De El guardián entre el centeno público y crítica han dicho de todo. Novela de iniciación, narra un viaje hacia la inconformidad e ironía inmersa en la adolescencia de Holden Caulfied. Escrito hace 55 años, la voz de la pubertad sigue erigiéndose incólume e imperturbable por generaciones de lectores. Si Peter Pan representa al arquetipo del cándido niño negado a crecer; Holden lo tiene mucho más difícil, porque encarna al atormentado púber, temeroso de subir el último peldaño que lo separa de la adultez.

Todo lo anterior lo sabe Salinger mejor que nadie, y lo que es peor aún, no le interesará estar al tanto de que en Venezuela está a punto de concluirse la enésima nota sobre su persona. Si aún maneja ese jeep con celosas cortinas en las ventanas, a ese anciano de 89 años poco le importará que en Turín un escritor inspirado en su obra haya bautizado a su gran proyecto con el nombre del protagonista de El guardián entre el centeno. En el fondo, las cosas que le rodean le saben al más puro comino.

Joyce Maynard, una de sus desafortunadas amantes, lo sabe de sobra. Toda su vida ha visto cómo se han frustrado sus intentos de venganza, aunque estos irónicamente terminen haciéndola millonaria en contra de su voluntad (Mi verdad, el libro de memorias indigestas sobre su relación con Salinger fue un best seller instantáneo). El último round conocido de la doncella da material para una obra del teatro del absurdo: en junio de 1999 subastó todas las cartas que poseía de la época en la que todo era amor y sonrisas. La puja en Sothebys fue exitosa, al cerrar el precio final en 156.500 dólares cuando se estimaban unos 80 mil, como mucho. El comprador fue Peter Norton, un nombre quizás no conocido para la gente de a pie pero sí para todas las computadoras que utilicen el Norton Antivirus. La decisión del magnate de la informática fue alucinante: respetó la intimidad del autor, no las publicó y se las devolvió.

Dicen que Maynard chilló y dijo estar harta de que todo el mundo aún se empeñe en seguir las reglas e instrucciones de J.D. per secula seculorum. El alboroto fue mayúsculo, tanto como para que a los medios de comunicación se les pasara por alto un pequeño detalle: ese día también se vendió otra carta. Costó 635.000 dólares y era de John Adams. En la misma, firmada el 1 de julio de 1776, quien fuera el segundo Presidente de Estados Unidos de América presentía un baño de sangre con Gran Bretaña. Llama la atención que sólo tres días después de esa epístola se firmó la Declaración de Independencia de Norteamérica.

Daniel Centeno M.
Periodista, nacido en 1974 en Barcelona -Venezuela, no Cataluña- Daniel Centeno dice haber escrito de todo: desde notas de prensa hasta novelas inconclusas y guiones de cómics sin dibujos. Ha leído demasiados libros y trabaja con ellos como jefe de comunicaciones de la editorial Santillana. Pero antes de eso, pasó por las redacciones del desaparecido dominical Feriado (El Nacional) y del diario ABC, de Madrid. Colabora con la revista española Letra Internacional y es profesor de periodismo en la Ucab. Y tiene esta extraña afición: coleccionar y escribir historias de gente extraordinaria y rara -muy rara- que ahora finalmente se publican bajo el nombre de Ogros ejemplares.

 

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