cyr_josé pulido (foto) José Pulido es uno de los escritores venezolanos más importantes que emergieron de la generación de los 70, aunque nadie lo haya leído en su pueblo natal, Villa de Cura; ni siquiera su madre. “-¿Qué es lo que haces tú, hijo? –Soy escritor, mamá. –Búscate un trabajo. Por eso es que no tienes carro”, le dice a menudo su madre. Aún así, él sonríe, calla y escribe
Por Lorena Briedis — lbriedis_n@yahoo.com


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“¡Solamente tu nombre es mi enemigo! –se yergue y rompe con voz rocosa, espeleológica, arrastrando el musgo de las laderas de su infancia. –Seas Montesco o no, tú eres el mismo. ¿Qué es Montesco? No es un pie, ni una mano, no es un rostro ni un brazo, no es ninguna parte del hombre(…) –Se interrumpe. ‘Escucha esto. Qué bello, coño’, dice. – Si otro título damos a la rosa, con otro nombre nos dará su aroma. Romeo, – ahora con el paladar, salivando almíbar – aunque Romeo no se llame, su perfección amada mantendría sin ese nombre. – Ahora extático, suplicante con todo el cuerpo – Quítate ese nombre y por tu nombre que no es parte tuya, tómame a mí, Romeo, toda entera”, culmina de pie José Pulido y se escucha la ovación silenciosa de los ojos de Julieta al otro lado de sus ojos.

Julieta es una gitana balcánica nacida en Valencia, hija de un serbio que sirvió de guardia durante la monarquía eslava a Pedro II, último rey de Yugoslavia. Se llama Petruvska Simne y tiene el linaje involuntario de las tierras que no han conocido el sol. Pelirroja y de ojos verdes como la de Shakespeare, fue puñal y veneno en una historia de amor de Montescos y Capuletos. “El papá nunca quiso que se casara conmigo porque yo era negro. Y eso que no conoció a mi familia, porque de todos yo soy el más blanco. Por eso nos casamos escondidos. Cuando se enteró, el papá dejó de hablarnos para siempre”. Desde entonces quiso visitar el balcón de la amada en Verona y lleva un ejemplar de Romeo y Julieta bajo el brazo. “Lo cargo siempre. Shakespeare se convirtió para mí en algo tan contundente como un Himalaya o como un Everest”.

La referencia montañosa no es accidental. José Pulido bajó de la serranía a un pueblo, donde creció entre “las costumbres del monte y la brujería”, como un Juan Preciado que hubiese equivocado felizmente Comala con la vida. “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo – nuevamente truena la voz cavernosa que se pone de pie como un rayo sobre el altiplano-. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo cuando ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría -“fíjate qué maravilla”; se emociona–, pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo. (…) Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo, (como diciéndoselo al espejismo de su propia madre agonizante) se lo seguí diciendo aun después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas”.

Shakespeare y Rulfo, bíblicos, lo habían escrito. También le gustan mucho Borges, Dostoievski y Kafka, entre otros grandes. Aquel niño campesino de Villa de Cura tenía surcadas en las manos el trabajo de la tierra y el campo. Sin embargo, a los 12 años, una tuberculosis repentina comenzó a inscribirle el destino de las letras. “Yo era un niño muy intranquilo. Me gustaba correr, pero me tenía que quedar así –dramatiza con mucho histrionismo a un muerto, tieso-. Tomaba 36 pastillas diarias, pero la tuberculosis me llevó a conocer el placer de la lectura. Entonces, supe que quería ser escritor”.

En 41 años noctámbulos de encierro casi monacal ha escrito poemarios como Esto (1972), Paralelo lelo (1972), Los poseídos (1999), Peregrino de vidrieras (2001) y Duermevelas (2004). En el 2000 fue merecedor del Premio Municipal de Poesía. “Yo me encierro mucho; tengo un laberinto. No me gusta salir. Veo desde la ventana de mi casa lo que pasa y me pongo a imaginar historias”. Así surgieron los relatos compilados en Vuelve al lugar que se te ha señalado (1998). De su trabajo en El Nacional salieron las entrevistas de Muro de confesiones (1985) y las treinta y dos antologías en La sal de la tierra (2004). Ha escrito artículos, crónicas, reportajes, ensayos y novelas como Pelo blanco (1987), Una mazurkita en La Mayor (1989), Los mágicos (1999), La canción del ciempiés (2004) y la más reciente: El bululú de las ninfas (2007). “Me despierto todos los días a las dos de la mañana y escribo hasta las seis”, testifica con ojeras jubilosas que recuerdan a un alcaraván, crepuscular y melancólico, cuya tristeza nadie nunca sospecharía.

En efecto, cuesta hacer coincidir la idea del escritor -estereotípicamente solemne, lacónico, encastillado— con la imagen pedestre de aquel hombre jocundo, astroso y deslenguado con boina a cuadros, camisa negra y saco oscuro. “Yo siempre tengo la misma ropa. Mi esposa es la que tiene real. Ella es la que siempre me da mesada”, bromea. “¿Que qué hago con la mesada? Me compro un libro. Ella se pone brava porque en la casa tenemos más de tres mil, pero yo no le paro aunque ande uniformado siempre”.

Se pone nuevamente de pie y despliega un texto mecanografiado, enrollado en el bolsillo de la camisa. “Parecía – ahora leyéndose – que estaba esperando a que el cielo cayera sobre las palmas de sus manos resecas y agrietadas. Pero, en realidad, miraba un papel amarillo que sostenía como si se tratara de una bandeja. Sin mucho esfuerzo, el viento le arrancó el papelito de las manos. Ella se agachó para recogerlo. La cabellera sin una cana se le desparramó encima. Era lo único que le quedaba de la juventud. (…) O sea: hasta el más insensible de los ciudadanos podía llegar a la conclusión de que aquella mujer había sufrido lo propio y lo ajeno. Lo difícil era adivinar cuántos minutos de felicidad había acumulado hasta ese instante.

“El papel se le volvió a caer y esta vez la brisa se lo llevó más lejos. Un muchacho lo recogió y se lo trajo a la señora. Ella le hizo un gesto que significaba ‘muchas gracias’ y cuando el muchacho iba a seguir de largo la ciudadana habló. Su voz era de esas que casi nunca brotan, que están todo el tiempo dentro de las personas. Era para imaginársela muy sola ejecutando un baile triste con una mopa…”

José Pulido nunca hubiese podido sintetizar con tal investidura muchas de las imágenes de sus textos si no hubiese leído lo que ha leído —al precio de una radiante mendicidad—, y si no hubiese vivido lo que ha vivido. “Mientras más lees, más vives”, dice. Sin embargo, la literatura y la vida han deflagrado en él un combustible maravilloso. La literatura la encontró en la lectura honda de sus libros y la vida en la calle, haciendo periodismo, mirando a la gente, penetrando en las verdades del mundo sin parpadear, con los ojos abiertos.

Empezó como colaborador de periódicos humorísticos de Villa de Cura, trabajando con letras de plomo. En 1970 se estrenó como redactor de los diarios carabobeños El Regional y Diario El Sol. Nueve años después se familiarizaría con los horrores de la guerra en Nicaragua tras el derrocamiento de Anastasio Somoza. “Me quedé frappé. Durante el tiempo que estuve allí traté de no volverme loco. A veces creo que sin la ficción la realidad sólo sería un montón de carne pudriéndose, y que el corazón sólo sería una víscera”.

Su vocación literaria y su devoción por la cultura lo forjaron como redactor y luego como jefe de las páginas de Arte del diario El Nacional, donde recuerda con mucho afecto a su fundador, Miguel Otero Silva. “Con un jefe así, no había problema en hacer periodismo y literatura a la vez. Él me entendía y sabía que son inseparables”.

Durante esos años entrevistó a titanes de las letras y el pensamiento contemporáneo como Julio Cortázar, Arthur Miller, Augusto Monterroso, Jorge Luis Borges, José Ignacio Cabrujas, Mario Vargas Llosa, Adriano González León, Fernando Savater y Gabriel García Márquez, entre otros. “De esos años me quedó una fascinación por estar siempre enterado de las grandes cosas que estaba ocurriendo a mi alrededor. Yo siempre he querido saber quién pinta, quién piensa, quién sueña”.

De pronto calla; desanda caminos sentimentales en los que reconoce sus huellas borrosas. Intuyo entonces que debe ser un gran interlocutor del silencio y de la memoria. Ahora vuelve a su infancia, recuerda a su madre en el cine, viendo las películas de Pedro Infante. “Yo ya me siento muy viejo”, dice como mirándose a un espejo. “Lo que allá era magia desapareció porque se hizo realidad. Hay que buscar siempre la magia” (ahora con la sabana en las pupilas). Enseguida saca del bolsillo del pantalón un pañuelo con el que se seca el sudor de la frente. No quiere despedirse, pero se lo llevan; nuestro encuentro ha llegado a su final. “¿Que qué detesto de la vida? (repite antes de marcharse). Que sea tan corta. Ojalá haya más. A mí me gustaría vivir lo más posible, aunque me orine en los pantalones”, concluye sonriente y desaparece.

 



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