Pintura y humor de René Magritte
Letras y tiempos Junio 4th, 2007
El pintor belga, René Magritte, es, sin duda, uno de los más grandes humoristas del siglo XX. En finura, ingenio y perspicacia quizá le sean equiparables dentro del mundo del cine, Mack Sennett —por quien el pintor mostró siempre particular fascinación— y Charles Chaplin. Al igual que éste último, Magritte quiso ironizar con su arte el escarnio de una modernidad apabullante y hostil y, asimismo, enfatizar el absurdo de la guerra que rugía como una máquina de destrucción sobre toda Europa; todo esto, quizá, en el fondo, como una forma de ofrecer perspectivas más alegres que trágicas.
| Lorena Briedis
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Magritte es un pintor atrevido, sensual y anárquico. Con la pericia de un mago, desviste las formas ocultas y despierta el misterio viviente tras las aburridas convenciones de la imagen, anquilosadas por la lectura literal e inerte de un mundo visual que nos habla entre líneas sinuosas. En este sentido, la pintura de Magritte, en su búsqueda caprichosa de hacer visible el pensamiento y desnudarlo, penetra antes en las cámaras ocultas de la mente humana y descubre las más escandalosas sintaxis de la conciencia y la inconciencia. Son estos hallazgos insospechados los que añejan el delicioso licor de su lúcido histrionismo y hacen de su arte — tal y como él mismo lo confesó— un “sentimiento de ligereza, de ebriedad, de dicha”.

Es así cómo en su cuadro, La violación (1934), el pintor revela las construcciones libidinosas de la mente, a partir de las pulsiones del deseo. En esta pintura, Magritte presenta el rostro femenino como parte indisoluble del cuerpo. Así, los senos ocupan el lugar de los ojos, el ombligo el lugar de la nariz y el pubis el de la boca. Por consiguiente, el rostro, que, visto desde una perspectiva más universal, pudiese sugerir, por otra parte, cierta espiritualidad o inocencia, en este caso despierta claramente el apetito sexual y por tanto, devela los mecanismos visuales de la mente masculina, en cuyo epicentro, espíritu y carne son, simplemente, inseparables.

“Debemos imaginar objetos cautivadores que nos revelen lo que nos queda aún de instinto de placer”, decía Magritte con esperanzador erotismo. La violación es, en cierto sentido, ese objeto lúdico y cautivador que nos divierte por su sincero atrevimiento, su desvergüenza y su frivolidad frente a los prejuicios sexuales de la sociedad y por su ligereza al delatar las obscenidades más íntimas de la mente humana.
Con un tono similar, más de treinta años después, Magritte pinta La filosofía en la alcoba (1966), cuadro en el que el humor sucumbe a la indecencia del erotismo. Una vez más, el pintor se empeña en descubrir lo que los objetos de la cotidianidad insisten celestinamente en ocultar con pudor enfermizo. Así, lo que cada noche la mujer le esconde a su amante bajo la bata de dormir es lo que Magritte persiste en mostrar porque, además, seguramente, existe tal cual en la mirada imaginativa y libidinosa del propio amante. En este sentido, el artista plantea una pintura provocadora que busca corromper y pervertir las convenciones de la realidad percibida, despojándola de todos sus engañosos y puritanos eufemismos.

Justamente, en El universo prohibido (1943), el humor del pintor se traduce en cruel y exquisita burla. Magritte sirve el deseo como un caramelo en la boca del lujurioso para luego arrebatárselo como a un niño ingenuo. La sirena recostada de forma provocativa sobre el diván invita al placer, experiencia que —si se mira mejor el cuadro— se transforma amargamente en ese universo prohibido porque, en definitiva, la bella sirena no puede ser poseída: la cola de pez hace su sexo sencillamente inaccesible. En este sentido, el pintor se vale de un humorismo astuto y divinamente irónico que sólo puede provocar el verdadero goce que estimula el humor inteligente.

De la fina ironía, Magritte ronda y coquetea igualmente con los confines del sarcasmo; así, la risa emerge de la necesaria comprensión y el disfrute vital de las regiones más oscuras y escabrosas del humor. Exige, por tanto, el paladar del catador que se deleita ante un plato frío. Es el caso de El balcón de Manet (1950). Este cuadro es una reinterpretación —tal y como lo señala su nombre— del cuadro del impresionista, Edouard Manet, titulado El balcón (1868-69). Años después, Magritte reproduce la misma escena pero sustituye a sus personajes por ataúdes. Sin duda, es lógico pensar que, probablemente, para la fecha en la que pintó el cuadro, los modelos de Manet ya no existieran y, justamente, a partir de esa lógica irreverente se confunden en Magritte el capricho del humorista por divertir, a partir de una ocurrencia que reconoce genial, y la reflexión detenida del filósofo que, en este caso, plantea un tema más profundo: el de la pintura como representación inerte de objetos y de seres vivos por igual.

En efecto, por su alta intelectualidad, el humor de Magritte refleja las acrobacias mentales de un filósofo. Sus lecturas de Hegel, por ejemplo, estimularon gran parte de esta gimnástica que dio origen a creaciones tan insólitas e ingeniosas como la que presenta el cuadro que, a propósito del filósofo, llamó Las vacaciones de Hegel (1958). En este trabajo, Magritte, a partir de la representación de un objeto en apariencia absurdo como lo es un paraguas-vaso, crea una suerte de juguete jocoso que cumple la doble función de repeler y recibir agua.
La comicidad de la creación, en este caso, emerge del absurdo de imaginar, por ejemplo, a alguien por la calle utilizando un objeto así aunque, a efectos del individuo, el resultado sea el mismo: evitar mojarse. El título del cuadro justamente surge del ejercicio de Magritte de imaginar cuánto aquella invención hubiese divertido a Hegel por su carácter dialéctico, es decir, por la maravillosa e insospechada relación entre dos elementos opuestos.
De esta forma, el humor en Magritte trasluce una clarividencia y una profundidad que pocos artistas han mostrado a lo largo de siglos enteros de creación. La risa fue para él un modo de mostrar su “aversión a ser serio” y, al mismo tiempo, constituyó una forma de combate en sentido opuesto a la gravedad de su espíritu naturalmente melancólico. Y, quizá, justamente, a juzgar por la complejidad psíquica del pintor, ningún gesto de humorismo en él puede considerarse hueco: todo lo contrario. Cada gesto invita a la reflexión porque penetra en la condición humana y en nuestras relaciones con lo visible y, sobre todo, porque nos convoca a aprender a pensar lo que vemos como una forma de dialogar con la realidad del mundo que nos rodea y, al mismo tiempo, como única acción que nos permite comprenderla verdaderamente y transformarla. Así, en su afán por desentrañar lo invisible que se oculta detrás de lo visible, Magritte comprendió que parte de su interés por burlar las apariencias debía consistir en saber cómo burlarse de ellas.

Noviembre 2nd, 2008 a las 21:09
muy bueno
Noviembre 21st, 2008 a las 14:13
me gustó mucho tu artículo. es rico en describir la intención y entramado de la obra de René Magritte, de una forma amena y encantadora; pienso que al artista le hubiese gustado leerlo.
Me encanta Magritte, es insustituible.
Noviembre 24th, 2008 a las 12:12
quien es magritte?