Las calles son como las palabras: basta que alguien las use de una manera diferente, o que se les adorne un poco, para que cambien de significado y se carguen de poesía. Así sucede cada sábado en la Tercera avenida de Los Palos Grandes, en el municipio Chacao. Justo en el comienzo de esa avenida que sube desde la Francisco de Miranda, todos los sábados se instala un mercado popular que hace olvidar a los transeúntes el flagelo del tráfico, del humo y los cornetazos que caracterizan el día a día en Caracas.
Por Rodrigo Blanco
La actividad comienza temprano. A las siete de la mañana ya se pueden ver los primeros puestos de mercancía, abriéndose paso en esa calle que luce asfixiada entre las dos construcciones que la rodean: por un lado, una inmensa oficina de seguros, y por el otro, la gran estructura vidriosa que conocemos como Parque Cristal. A golpe de 10, y adelantándose al curso del sol, el mercado se encuentra en su propio cenit, ese punto en que todo lo que allí se vende brilla con particular color. Debe ser por esto que el comprador no sabe bien qué es lo que quiere comprar, pues se va entusiasmando con la variada oferta de sus tenderos: pescados y mariscos frescos, carnes y pollos rozagantes, frutas, cereales, encurtidos, postres, jugos y pastelitos. Puedo dar fe de la calidad de estos últimos. El recorrido me abrió el apetito y desayuné dos pasteles, uno de carne molida y otro de pollo, acompañados de su respectiva guasacaca casera.
El vendedor parecía un ingeniero de sistemas y no un hacedor de pasteles. Luego me pude dar cuenta de que en este mercado los mismos vendedores llaman la atención tanto como sus productos. A veces, como en este caso, parecen la negación total de lo que venden. En otros, como lo percibí en el puesto de electrodomésticos atendido por un par de mujeres de gestos maquinales, parecen una prolongación. Y en el caso especial de la florista, una enorme mujer negra a la que le falta una pierna, existe una relación metafórica: la señora cuida sus flores como si fueran una extensión vegetal de su cuerpo.
No obstante, de todos los personajes que habitan este pueblo mercante que aparece y desaparece cada sábado, ninguno está tan cargado de magia y encanto como la señora María de Cariani. Ella es la creadora de los productos “La dacha”, expresión rusa que significa “casa de veraneo”. Hace ya tres años que entró al negocio de la comida casera y desde entonces no ha hecho sino crecer la fama de su sazón, que logra mezclar lo exótico y lo cotidiano. Pimentones rellenos de carne y chuleta ahumada, tomates secos, panes integrales, pepinillos agrios al estilo ruso, salsa al pesto y mermeladas de frutas sin azúcar son parte de la gama de delicias que ofrece. Todo con el toque lejano y único de su Yugoslavia natal.
La señora María nació en Montenegro, Yugoslavia, en mayo de 1932. Pocos meses después la familia se mudaría a Kosovo, donde permanecerían hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Esos serían los años de las primeras incursiones culinarias. La señora María recuerda que la de su infancia era una cocina hecha del aporte vecinal: yugoslavos, rumanos, polacos y muchas otras nacionalidades que convivían aportando espontáneamente su saber al sabor de los platos. En 1951, con su padre y su hermano, se desplaza a Trieste, Italia, donde permanecerá dos años en un campo para refugiados. En 1953 llega a Chile, donde olvidará buena parte de su italiano al aprender el idioma español. En este país sureño, su padre, Alexander Klejman, podrá finalmente ejercer la pintura, su verdadera pasión. La señora María lo recuerda como un hombre que fue todo para ella, pues su madre murió cuando sólo tenía cuatro años de edad. “Era fotógrafo, pintor, poeta, contador de cuentos”, enumera con una sonrisa.
En 1956, siguiendo los consejos de amigos italianos sobre las buenas oportunidades que ofrecía nuestro país, se viene con su familia a Venezuela, donde se casa con Umberto Cariani y donde nacen sus dos hijas, Lorena y Alexandra. Lo curioso es que la señora María terminaría desempeñando por más de 30 años un oficio que sería la contraparte de lo que había sido su propia historia: ella, que tanto había viajado, llegó a ser la dueña de una agencia de viajes. Trabajo que le permitió seguir dando vueltas por el mundo, movida por los impulsos de su propio corazón y no por los latidos imprevistos de las guerras y las emigraciones.
Ahora que se desempeña como una vendedora más de este mercado, la señora María no puede evitar que se refleje toda la intensidad de lo vivido en lo que hace. Sus productos más celebrados son los tomates secos y la salsa al pesto, y al probarlos y conversar con ella se comprende que cocinar y comer no son meros actos de supervivencia, sino la forma más tradicional y más digna de seguir siendo humanos. No exagero al decir que lo que transmite la señora María es algo muy cercano a la poesía. Bien lo debe de saber el poeta Eugenio Montejo, uno de sus principales clientes. Ellos conversan de muchas cosas: de la situación del país, de los encurtidos en venta, de la maravilla rítmica del idioma ruso, de la poesía de Anna Ajmátova, de la infancia y sus más gratos recuerdos.
La señora María señala que a Montejo le gustan los cuentos que ella rescata del olvido, especialmente los que solía relatar su padre. Como aquella anécdota que éste siempre contaba sobre Siberia, ese lugar donde la temperatura puede descender a -70 º bajo cero. En esas épocas de frío mortal, la gente que se atreve a salir lo hace envuelta en una gran cantidad de ropas y trapos. Se dan unos a otros los buenos días, las buenas tardes y las buenas noches, pero hace tanto frío que las palabras se congelan en el aire y nadie escucha nada. Por eso, cada vez que llega la primavera, esas mismas palabras se derriten y entonces es muy común escuchar los buenos días, las buenas tardes y las buenas noches por todos lados, como palabras pronunciadas por el viento.
El mismo sabor de vida y el mismo aroma entrañable de los tiempos que se desprenden de los productos de la señora María.
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