Laura Restrepo

Letras y tiempos Febrero 11th, 2008

lyt_lr_03 “La palabra alumbra y revela”
La celebrada autora colombiana brindó una entrevista exclusiva para comentar su último libro en Venezuela, Olor a rosas invisibles, la tercera entrega de la colección Llámalo amor, si quieres; en el que aborda, entre otras cosas, la pasión otoñal y la infidelidad
Por Daniel Centeno

Tener un título de Laura Restrepo en una colección editorial es un lujo que no hay que desaprovechar. Por eso no es ninguna exageración decir que Llámalo amor, si quieres se puso las botas con la novela corta Olor a rosas invisibles, de la escritora colombiana ganadora del Premio Alfaguara de 2004.

El libro, que desde el 14 de diciembre no ha dejado de captar lectores en Venezuela, cuenta la historia de un viejo amor en busca de revancha: el de Eloísa y Luicé. Sin florituras, ni enojosos atajos, Restrepo traza una línea firme en donde dos personajes crepusculares vencen todos los obstáculos posibles para buscar una segunda oportunidad de final imprevisible.

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–Ante su relato resulta casi imposible no acordarse de la famosa pareja de El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez. ¿Cuánto hay de influencia u homenaje a este libro de su paisano?
–Cuando un escritor de la talla de Gabo toca un cierto tema, pues le queda escriturado, como si tuviera la exclusividad, y más cuando se trata de una novela tan bella como El amor en los tiempos del cólera. Pero lo cierto es que hay mil maneras y enfoques para cualquier tema, y más si se trata de uno tan humano y cotidiano como es el amor entre gente mayor.

Además, este pequeño relato mío habla también de otras cosas. Habla por ejemplo de una pieza musical, el famoso Adagio de Albinoni; del momento en que Luicé Campocé descubre que su amado Adagio de Albinoni, que oye religiosamente todas las noches, en realidad no es de Albinoni. El relato habla, además, del adulterio. Quise explorar una interpretación menos penalizada del tema. ¿Es realmente el adulterio una puñalada en el corazón del cónyuge, o de la pareja? O habrá maneras menos melodramáticas de mirarlo… Nuestra cultura cristiana nos lleva a entronizar a la monogamia como supremo bien y a creer que la infidelidad es abominable e imperdonable…. Somos moralmente retorcidos, nos azotamos, nos llenamos de culpas. El sexo sigue pareciéndonos básicamente pecaminoso. Pero qué pasaría si nos preguntamos, por ejemplo, ¿a qué otra cosa estamos siendo fieles cuando somos infieles? No busco hacer una defensa del adulterio; más bien intentar el sano ejercicio de mirar las cosas con una óptica distinta a la propia. También podrías ver Olor a rosas invisibles como un cuento sobre el paso del tiempo…

–¿Entonces el amor y la infidelidad no son conceptos excluyentes?
–A lo mejor no necesariamente. Mira, a la hora de escribir, es fascinante tratar de vislumbrar los motivos de los demás. ¿Por qué la gente hace lo que hace? ¿Cuáles son sus motivos ocultos? Eso implica descifrar los esquemas lógicos y éticos de las otras personas. Nos resulta muy difícil, porque la tendencia natural es juzgar a todo el mundo según nuestros propios parámetros.

–Hace unos días usted dijo que parte de la historia de Olor a rosas invisibles se la contó un desconocido en un aeropuerto y que le llamó la atención esa visión masculina del adulterio. ¿Es diferente a la visión femenina?
–No hay una manera masculina y otra femenina de ver las cosas, eso son simplificaciones. Pero en este caso tengo la sensación de que las mujeres tienden a tomarse el adulterio como una afrenta devastadora, mientras que los hombres suelen verlo como algo más episódico, que no necesariamente echa por tierra su amor permanente. Digamos que los siento menos apocalípticos al respecto. Al menos cuando se trata del adulterio que ellos mismos cometen; seguramente no son tan serenos cuando es su mujer quien lo comete. En todo caso, me llamó la atención el tono en que este señor me contó su historia; fue como si me abrieran una ventanita hacia el alma masculina, no siempre fácil de interpretar para nosotras, las mujeres.

–Para entrar en el tema de la colección, ¿cuán importante es el amor en su obra? Parece que muchos de sus títulos planean sobre ese territorio minado.
–Dime qué novela, en la historia de la literatura, no habla de alguna manera de amor, o de desamor… es inevitable, porque finalmente la capacidad de amar y la necesidad de ser amados es lo que más nos define como seres humanos. Alguien decía que toda novela es una novela de amor.

–¿Qué opina de Llámalo amor, si quieres?
–Es una colección alegre y primorosa, una invitación a entrar en el tema y a disfrutarlo desde distintas ópticas. Me gusta que hayan incluido un texto humorístico, está bien romper un poco con esa imposición de tomarse el tema tan en serio. Me gusta además la idea de publicar masivamente buena literatura, porque implica confiar en la gente, en su capacidad de lectura. No es que la gente no lea, es más bien que editores y escritores somos torpes para llegarle a la gente. Esta colección intenta hacer las cosas de otra manera. Me parece un experimento delicioso.

–¿Puede decirse que usted fue la madre de la colección?
–En una de mis visitas a Venezuela nos pusimos a botar corriente con Pablo Doberti (Director General del Grupo Santillana en Venezuela), y después con Leonardo Padrón. Luego la idea fue tomando forma.

–Al hablar de su participación en las negociaciones con el M19 es imposible no acordarse de su libro Historia de un entusiasmo. Hace poco afirmó que en la literatura el riesgo es esencial. ¿Existen en la literatura riesgos innecesarios? ¿Escribir sobre la Operación Emmanuel en estos momentos sería un riesgo innecesario o no?
–Silenciar esos procesos es una manera de ahogarlos. Necesitamos que se hable de esto, que la opinión pública se entere. La paz no se logra con maniobras palaciegas, sino con el compromiso de los pueblos, que deben movilizarse, poner a los secuestradores contra la pared y recordarle a los presidentes que aquí no se trata de sus respectivos egos o prestigios, sino de la vida de las víctimas. Que la gente les exija conductas menos erráticas, egocéntricas y políticamente calamitosas. También en el resto del mundo tiene que conocerse la tragedia de los secuestrados en Colombia, para que se solidarice. Aquello de que “los trapos sucios se lavan en casa”, en nuestra situación resulta criminal. Ojalá Clara y Consuelo, que tan emocionante demostración han dado de fortaleza y de dignidad, escriban sus historias. El silencio sólo sirve para encubrir; la palabra alumbra y revela.

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