cyr_cv_001Yo nací un día que Dios estuvo enfermo, resiente el poeta peruano años después en su poema “Espergesia”, publicado en su primer poemario Los Heraldos Negros en 1918. En efecto, a finales de 1800, Nietzsche había infartado al mundo con su frase lapidaria (“Dios ha muerto”); sin embargo, aquel verso de Vallejo no sólo sintetizaba las vanguardias de una época, sino que, a su vez, respondía al signo luctuoso y fatalista que se repetiría a lo largo de su vida como un “as fúnebre” o como un “dado roído y redondo”. ¡Yo que tan sólo he nacido! ¡Yo que tan sólo he nacido!, le repetiría al destino tiempo después en su poema “Alturas y pelos”.
Por Lorena Briedis

Sorprendido por la pérdida prematura de su hermano Miguel y de su madre —posiblemente anterior a la de aquel Dios y, quizá, inclusive, como consecuencia de ello (Dios mío, si tú hubieras sido hombre, / hoy supieras ser Dios; / pero tú, que estuviste siempre bien / no sientes nada de tu creación. / Y el hombre sí te sufre: ¡el Dios es él!)—, pronto conocería la filosa intemperie de la muerte. Tal es la muerte / que crióse a estrujones, a balazos y en cuya celda de acurrucados rincones el poeta extiende, como una sombra densa contra la desdicha, su poesía. Así, en su condición de carcelera y concubina, la reconoce: ¡Haber nacido para vivir de nuestra muerte!. Y como su inquilino la interpela con su sermón: ¿Es para eso, que morimos tanto? / ¿Para sólo morir, / tenemos que morir a cada instante?

Esa misma filiación con la muerte, aunque angustiosa y sofocante, es la que le permitió presenciar la suya propia en una revelación súbita una madrugada, poco antes de partir definitivamente para Europa. Según cuenta su amigo, el filósofo y periodista Antenor Orrego, Vallejo lo llamó enseguida para decirle que se había visto muerto en París, vestido con un abrigo negro y sentado sobre una piedra blanca que le recordó un sepulcro, imagen con la que evocó el título de su poema, “Piedra negra sobre una piedra blanca”, y en el que describe, con lucidez fatídica, su encuentro final con la muerte: Me moriré en París con aguacero, / un día del cual tengo ya el recuerdo. / Me moriré en París —y no me corro— / talvez un jueves, como es hoy, de otoño. Así sucedió.

La anacreóntica experiencia necrofílica aunada a las dificultades económicas que lo obligaron desde temprana edad a interrumpir sus estudios para incorporarse al trabajo hostil de las minerías en Perú, en conjunto con los meses de prisión durante el gobierno de Leguía, así como el exilio y la guerra fueron dilatando en Vallejo, a la par, una violenta sensibilidad y un progresivo retraimiento. ¡Todo está alegre , menos mi alegría / (…) y olvido por mis lágrimas, mis ojos. Seguramente, ése fue el Vallejo que la filósofa española María Zambrano admiró por “la belleza de su cabeza silenciosa” cuando tuvo oportunidad de conocerlo durante su estadía en Europa, a propósito de la celebración de una comida entre varios intelectuales latinoamericanos residenciados en el exilio y, en la cual, el poeta peruano distinguía por su insondable hermetismo.

Sin embargo, testimonios anteriores parecen indicar que ése fue el Vallejo de siempre. Ciro Alegría, también poeta y compatriota, quien además fue epígono y discípulo de Vallejo en el Colegio Nacional de San Juan, lo recordaba así: “Mas la personalidad de Vallejo inquietaba tan sólo de ser vista. Yo estaba definitivamente conturbado y sospeché que de tanto sufrir, y por irradiar así tristeza, Vallejo tenía que ver tal vez con el misterio de la poesía”.

Y, en definitiva, el misterio de la poesía no era otro para Vallejo que el “trilce” milagro del amor, el cual constituyó para él una fórmula poderosísima contra el dolor y la muerte, en la búsqueda inagotable de un nuevo hombre digno de su especie, precisamente por su capacidad de amar. Trilce, palabra que epigrafía su segundo poemario y que constituye un híbrido entre los adjetivos triste y dulce, no sólo representa un gratuito sexual propio del amor erótico, sino que también densifica el amor ágape en su sentido más universal, el cual como una aorta invisible recorre la obra vallejiana hasta desbordarse en su expresión más ecuménica con “Masa” en su último poemario, España, aparta de mí este cáliz: Al final de la batalla, / y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre / y le dijo: “No mueras; te amo tanto!” / Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. (…) Le rodearon millones de individuos, / con un ruego común: “¡Quédate hermano!” / Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. / Entonces todos los hombres de la tierra / le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; / incorporóse lentamente, / abrazó al primer hombre; echóse a andar… Así, el poeta logra burlar la ergástula del sufrimiento y el dolor, cantando la derrota definitiva de la muerte y celebrando la supervivencia de la propia vida: ¿Batallas? ¡No! Pasiones. Y pasiones precedidas de dolores con rejas de esperanzas, de dolores de pueblos con esperanzas de hombres! (…) ¡Voluntarios por la vida (…), matad la muerte!

cyr_cv_002 En contraste con la naciente vanguardia, excesivamente artificiosa y, quizá, demasiado ocupada en artilugios literarios, se intuye a un Vallejo impenetrable, agónico, profundamente doliente, movilizado por “el destino sentimental del arte” y distanciado de las preocupaciones encastilladas y bombásticas del estilo y el idioma, a diferencia de algunos de sus coetáneos como Neruda, desde siempre acostumbrado a las dádivas del oficio y al reconocimiento público. “En México no se podía salir a comer sin coincidir con un homenaje a Neruda”, comentó en una oportunidad el poeta y crítico español Juan Larrea. Asimismo, el crítico peruano Ricardo González Vigil habría de confesar en un conversatorio sobre Vallejo que se celebró hace un par de años en la UCV, lo siguiente: “No me convence el altruismo de Neruda. Neruda lo que quiere es comer rico”.

Diametralmente opuestas, se nos muestra la genuina dulcedumbre y la profunda solidaridad humana de un Vallejo frente a sus semejantes: Un hombre pasa con un pan al hombro / ¿Voy a escribir, después, sobre mi doble? / (…) Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre / ¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo? / (…) Otro busca en el fango huesos, cáscaras / ¿Cómo escribir, después, del infinito?. Asimismo, el desprendimiento que siempre mostró con su obra pública y su auténtico pesar frente a la rueda hambrienta del modernismo, del positivismo, de la industria tortuosa y apabullante, del amargo cáliz de la guerra y de otros tantos monstruos subrayan en él una cósmica humanidad humanizada en sus Poemas Humanos, poemario en el que se presienten los pálpitos de una nueva antropología en la búsqueda de un “hombre humano”, afligido por el “miedo terrible de ser un animal”, ante el cual siempre resurge un Vallejo límpido e idealista: I, desgraciadamente/ el dolor crece en el mundo a cada rato. / (…) Jamás señor ministro de salud; fue la salud / más mortal. / (…) Crece la desdicha, hermanos hombres. / (…) El dolor nos agarra / nos desclava en los lechos, cae perpendicularmente. / (…) Señor ministro de Salud: ¿qué hacer? / ¡Ah! desgraciadamente, hombres humanos / hay, hermanos, muchísimo que hacer. Y es justamente ese amor humano el que se traduce con Vallejo en evangelio del hombre.

A diferencia de muchos poetas de la misma generación del 28 a la que el poeta perteneció, Vallejo fue apenas conocido por unos y profundamente incomprendido por otros. Me han confundido con mi llanto, confiesa. Luego de su muerte en abril de 1938, su cadáver fue utilizado políticamente. Y aunque muchos críticos consideran que, de haberse difundido su obra y de no haber fallecido prematuramente, posiblemente hubiese sido merecedor del Premio Nobel, seguramente para Vallejo aquel reconocimiento hubiese quedado erigido y abandonado como un cenotafio más en el cementerio de la fama. Sin embargo, su esencia galáctica y universal aún palpita corazónmente en su obra y se desborda como “una gota de sangre de la especie”, tal y como lo inmortalizaría el poeta peruano José Eduardo Eielson. Ése era Vallejo.

Me gusta la vida enormemente / pero, desde luego, / con mi muerte querida y mi café / y viendo los castaños frondosos de París / y diciendo: / (…) ¡tánta vida y jamás! ¡Y tantos años, / y siempre, mucho siempre, siempre siempre.

Perdonen la tristeza.

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Comentarios

  1. 1
    Francisco Javier Irazoki
    Enero 27th, 2008 a las 9:53

    Creo que debe reeditarse el prólogo que Juan Larrea redactó para la «Poesía completa» de César Vallejo (Barral Editores, Barcelona, 1978). Muy interesante.

  2. 2
    Francisco Javier Irazoki
    Enero 27th, 2008 a las 10:02

    Basta una página de César Vallejo para identificar la verdadera poesía. Pienso en el poema «Me viene, hay días, una gana ubérrima», por ejemplo.

  3. 3
    cesar mantilla
    Septiembre 23rd, 2008 a las 19:30

    verdaderamente impresionado por la sensibilidad del bardo. Me felicito de haber ingresado a esta pagina.

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