safo_002 Nació en la isla de Lesbos cerca del año 600 A.C. Su poesía se ha valorado entre una de las máximas expresiones líricas de la literatura universal y ha merecido, a lo largo de los siglos, el júbilo de pensadores y artistas como Platón, Petrarca, Leopardi, Byron y Rilke. Se dedicó al culto de Afrodita y presidió la Casa de las servidoras de las Musas
Por Lorena Briedis – lbriedis_n@yahoo.com

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Distraídas en los juegos y las contemplaciones terrenales, alejadas de sus moradas, las nueve Musas recorrían junto a Safo campos y bosques, donde de vez en cuando se inclinaban ociosamente sobre la tierra para tejer con flores alguna guirnalda o para tocar la lira, el laúd o la flauta, de cuya bella melodía se elevaban himnos tan gozosos que hacían llorar a las bestias con el mismo desconsuelo con el que lloró la naturaleza la muerte del joven Linos, y de cuyo llanto nació la música. Distinguía, entre ellas, las cabellera oscura y abundante de Safo, constelada de florecillas diminutas que ruborizaban por su timidez frente a los rizos bermejos de las Nueve Hermanas, voluptuosamente enredados en las espinas de las coronas de rosas o en las ramas de mirto tejidas al sol para las diosas, con la virtuosa paciencia del arpista.

Allí estaba Calíope con las sienes coronadas de laureles, puliendo su trompeta con el borde de su túnica; Clío, con la mirada baja, el semblante caviloso, leyendo sobre sus rodillas el libro abierto de la Historia; Terpsícore, tocando la lira y danzando libremente entre sus hermanas, mientras caen de su pelo las flores de una corona que el baile va deshojando. Cerca está también Polimnia, arrodillada y pensativa con los brazos abiertos por el poderoso peso de sus cadenas junto a Urania, recostada sobre su espalda abstraída, mirando atentamente las primeras estrellas de la tarde. Junto a ellas, se distingue a Erato, concentrada en la labor de afilar su flecha y sobre cuyo rostro, levemente inclinado, caen algunas flores de mirto. Debajo de la sombra de un laurel, se escucha a Euterpe tocar la flauta para alegrar a Melpómene, quien ha enterrado frente a sí, en la hierba, el terrible puñal de los trágicos mientras, a su lado, Talía sonríe detrás de su máscara.

Rodeada de los bellos ademanes y el ritual involuntario de las diosas, está Safo en el centro del corro, conmovida por el rapto de las Musas, cantando silenciosamente el misterio insondable de su corazón tal y como la recordaría luego Horacio “con la lira de los eolios, llorando de amor por las muchachas de su pueblo”:

En verdad yo deseo morir
Por aquella que de mí se fue llorando.
Y que al partir decía: Ay, Safo,
qué terrible nuestro dolor,
sin desearlo parto de ti.

De pronto, un vendaval intempestivo interrumpió los acordes del desamor y agitó de tal modo el espíritu antes rendido de la naturaleza, que rápidamente tanto Safo como las Musas sintieron la ferocidad del peligro, y pronto corrieron en busca de refugio, procurando siempre no enredarse entre las vaporosas y abundantes túnicas. Inesperadamente, les salió al encuentro Pirineo, rey de la Fócida, quien enseguida les ofreció asilo en su palacio. Agradecidas por el pronto auxilio, entraron aliviadas, pero apenas hubieron pasado el umbral de la fausta mansión, se cerraron todas las puertas y quedaron inmediatamente esclavas del tirano.

Creíase Pirineo amo y señor de tal presa que ya había elegido entre todas quién sería su primera víctima, cuando revistiéndose súbitamente de alas, las Nueve Hermanas se alzaron sobre las cimas del palacio y huyeron con la ligereza del Pegaso que servíales de cabalgadura. Safo, privada del privilegio divino de la metamorfosis, comenzó a correr con atlética destreza escaleras arriba hasta la última estancia del palacio, donde procuró treparse con la habilidad congénita de una funámbula circense para camuflarse en las alturas. Así, lograría burlar la mirada de Pirineo, quien pretendiendo alcanzar a las diosas se arrojó a su persecución, cayendo, sin más, y encontrando, finalmente, la muerte. Así, Safo fue una Musa sin pegaso: “musa mortal entre inmortales musas”. “La décima musa”, como luego Platón la epitetaría.

Su poesía es una lírica del ascenso alado del poeta y del descenso metálico del humano. Como todo poeta, Safo es la estrella que, luego de su caída, continúa brillando ardientemente entre las manos de los hombres, y cuya música imperceptible, en el solitario destierro de la tierra, es un canto taciturno por el recuerdo del cielo:

se han puesto la luna y las Pléyades; ya es medianoche; las
horas avanzan, pero yo duermo sola.

Marguerite Yourcenar en su libro, Fuegos, recrea la vida de Safo en su último capítulo, “Safo o el suicidio”, en el que ofrece al lector una versión modernizada y universal de la poetisa, refiriéndola con la hermosura de estas palabras:

“Criatura imantada con demasiadas alas para estar en la tierra y demasiado carnal para estar en el cielo. (…) Desde lejos, desnuda, cubierta de lentejuelas de astros, parece un atleta que se negara a ser ángel para no restarle mérito a sus saltos prodigiosos; de cerca, envuelta en largos albornoces que le restituyen sus alas, parece haberse disfrazado de mujer.”

En efecto, Safo consagró a la poesía su cuerpo de mujer. Las Gracias, Apolo y las Musas cantaban danzando. De ahí que, además de la lira, la poetisa de Lesbos hiciera de su cuerpo un instrumento de canto sensual, de sentidas vibraciones que palpitarían lo mismo en la carne que en el espíritu: un arpa de quejidos jubilosos o de lascivos adagios:

…te pido…
que aparezcas, oh Gónguila, vestida con la túnica
blanca como leche. El amor mismo
se agita alrededor
de tu belleza, pues el deseo arrebata
a quien apenas la mira…

Hasta Homero, la poesía había sido escrita por dioses o por algunos hombres legendarios y siempre en alabanza a un dios o a un héroe. A partir de Safo, la vida íntima, colmada de violenta ternura y de contradictorias pasiones emerge hacia la poesía, en la celebración última de la belleza y el amor como símbolo del elevado principio griego de la kalokagathia:

Algunos dicen que un ejército de caballería,
o de infantería, o una escuadra de navíos,
es lo más bello sobre la oscura tierra.
Yo digo que lo que uno ama.

Safo permite celebrar a través de la más alta dignidad sensual, espiritual y lírica, la gozosa aproximación al placer, a la belleza, al pudor, al amor hacia alguna muchacha que Afrodita hubiese señalado con arrebato entre las doncellas; no en vano, el sofista Himerio advierte que Safo es la primera en comprar a una doncella con una manzana. En ese sentido, su caída quizá no sea más el despeñado precipicio humano de la tentación. Sin embargo, festeja con la misma animosidad la virginidad misma. Como una Artemisa erotizada, Safo aparecería siempre rodeada de vírgenes lesbias en la casa de las Musas, escuela que fundó para el entrenamiento de coros de música, canto y danza y en la que –como la diosa virgen– estaría siempre custodiada por sus ninfas, junto a quienes dulcificaría su arte:

…A nosotras
en cambio, nos rodea un dulce canto
y siempre una muchacha de voz como la miel
nos alegra cuando canta: melodiosas cantoras
danzan sobre la hierba mojada del rocío.

En este sentido, se refiere Carlos Montemayor, escritor mexicano y gran estudioso de la obra sáfica, al poderoso valor social y cultural de toda la lírica de la poetisa eólica:

“Safo entroniza los valores individuales con que las mujeres refinadas de Lesbos se miden, aman, piensan. Elogia (…) a las vírgenes que tejen guirnaldas o que danzan bajo el altar de la Diosa o que cantan con voz más dulce. A la mujer que reclama la presencia de las Gracias, de las Musas, de Afrodita. A la que llora por Adonis y pide que todas desgarren sus vestiduras por él, puesto que es el Amante. A las más sabias, más tiernas, más ágiles. A aquellas cuya mayor dignidad es asemejarse no a un dios ni a un héroe, sino a una diosa.”

“La bella Safo” –tal y como la llamó Sócrates– logró una anticipada comprensión, con respecto a sus contemporáneos, de la sensible complejidad del alma femenina y de la maravillosa densidad de la experiencia amorosa, siempre desde las desgenitalizadas vivencias del cuerpo; es decir, desinhibiéndolas del goce de un único fruto sino, por el contrario, ornándolas con los caprichosos manjares de lo erótico:

Se parece a los dioses
Ese hombre
Sentado junto a ti
Escuchando tu dulce voz
(…)
Me recorre un frío sudor
un temblor se apodera de mí
y palidezco
sintiendo que estoy cerca de la muerte
Pero incluso habrá que padecerlo todo…

Safo fue la única Musa en descender a los infiernos para cantarle a la belleza. Finalmente, demostró ser demasiado humana como para morir balanceándose, felizmente, en el limbo de la tierra. Como un Orfeo, visitó el Hades, ya no con la voluntad de salvar de la muerte a una mujer –como quiso hacer el amante con Eurídice–, sino de arriesgar su propia vida – como si se tratara de una Afrodita– al acto de cortar flores para Perséfone, la reina de la ultratumba, a quien, finalmente, dedicará su último canto como un homenaje definitivo a la belleza de una más de sus vírgenes desde el umbral de la muerte:

Me domina el deseo de morir
y conocer las riberas del Aqueronte
floreciendo de lotos húmedos de rocío
.



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