Cuatro historias de belleza
Especial Mujer Mayo 9th, 2008
Pocos se preguntan de dónde salieron, pero vale la pena conocer sus raíces: cosméticos de uso cotidiano como las cremas, el perfume, el lápiz labial y el polvo facial, tienen orígenes curiosos e insospechados
Por Magaly Rodríguez
Rojo carmín
Darle color a los labios no es nuevo: las reinas sumerias se pintaban los labios, y se cree que Cleopatra fue otra de las pioneras en maquillarlos con una sustancia a base de escarabajos triturados. Muchas mujeres siguieron este ejemplo con el paso de los siglos, con el uso de insólitas fórmulas que con frecuencia resultaban tóxicas.
En el siglo XVI, la reina Elizabeth I de Inglaterra puso de moda los labios rojos, coloreados con pigmentos vegetales y cera de abejas. La tendencia se revirtió en 1770, cuando el Parlamento británico prohibió, por medio de una ley, el uso del color en los labios, aduciendo que era un método indigno para atraer a los hombres al matrimonio y que por ende implicaba un juicio por cargos de hechicería. Treinta años después, la reina Victoria recalcó que su uso se consideraba una incivilidad; de allí que se le tomara por un elemento vulgar, más propio de prostitutas y actores que de gente decente.
Fue alrededor de 1920 cuando el maquillaje labial comenzó a ganar terreno. Terminó de calar luego de la Segunda Guerra Mundial con un creciente furor: su resonante uso por parte de estrellas del cine y del teatro –primero como un elocuente símbolo de poder y feminismo, luego como triunfal gesto de coquetería y seducción– multiplicó la atracción por el lápiz labial, y consolidó su presencia en los tocadores y carteras de mujeres de todo el mundo.
Eterna suavidad
Untar el cuerpo con aceites es un ritual que nunca desapareció con el paso de los siglos. Así como los egipcios los usaban en su arreglo personal y en sus ceremonias funerarias, los griegos empleaban ungüentos como parte de sus recursos medicinales. Los gladiadores romanos se frotaban aceite sobre la piel para protegerla. En algunas civilizaciones, las unciones tenían un significado religioso o místico, mientras que en otras ostentaban un valor terapéutico y sanador. De allí que las cremas fueran un paso natural en la historia del cuidado de la piel.
Algunos aseguran que la primera crema de uso cosmético se preparó en Roma en el siglo II después de Cristo, por el célebre médico griego Galeno: con el fin de tratar la piel de las elegantes mujeres patricias, preparó una mezcla de cera de abejas, aceite de oliva, agua y capullos de rosa.
Frotar la piel con cremas a base de aceites minerales y vegetales fue una costumbre que siguió vigente en las culturas occidentales. Pero estas preparaciones –siempre artesanales– cobraron un inusitado auge en el siglo XX, cuando se convirtieron en toda una industria con vida propia. Con fórmulas exclusivas y patentadas, grandes marcas estadounidenses y europeas como Nivea, Pond’s y Oil of Olay se popularizaron rápidamente como símbolos de belleza y juventud, y globalizaron la importancia de hidratar la piel a diario.
Aroma indeleble
“A través del humo”. Ese es el significado en latín de la expresión per fumum. Los inicios del perfume se remontan a los sahumerios a base de incienso, mirra y sándalo, que se empleaban en los rituales religiosos de las civilizaciones más antiguas. Los egipcios incluyeron las fragancias como parte del proceso de momificación, aunque también las empleaban con usos paganos, como parte de su higiene personal. Siglos más tarde, la cultura islámica tuvo un importante rol en la historia de la perfumería, pues enriqueció su elaboración con toda clase de hierbas y especias, junto con un perfeccionado sistema de destilación.
En el desarrollo de las grandes campañas exploradoras y comerciales de todos los tiempos, las materias primas de los perfumes siempre fueron reconocidas como mercancías de gran valor. Las cortes francesas deliraban por un buen perfume: sus aristócratas aromatizaban los ambientes no sólo como símbolo de nobleza y poder, sino también como un recurso para disimular los malos olores que emanaban de tantos ropajes. De allí que, a partir del siglo XVIII, Francia asumiera el reinado de la perfumería, con su creciente demanda de nuevos aromas. En ese país también se originó la nomenclatura que define la concentración de componentes aromáticos en las fragancias en categorías: parfum (20%), eau de parfum (de 12% a 15%), eau de toilette (8% a 12%) y eau de cologne (7%). En el siglo XX, algunas fragancias convirtieron en íconos de una generación, como el Chanel n° 5 en los años 20, o el CK One, que causó furor a mediados de los 90.
Palidez de alto riesgo
La historia del polvo facial es quizás la más impactante. Se cree que fueron los romanos quienes iniciaron la tradición de blanquearse la cara con polvo de tiza y harina de cebada, aunque muchas de sus fórmulas incluían polvos con plomo. Estos últimos, al ser usados a diario y en grandes cantidades, terminaban produciendo peligrosas intoxicaciones. Sin embargo, en Japón era polvo de arroz lo que se usaba sobre el rostro.
En Europa, el Renacimiento acentuó la tendencia femenina a procurar la palidez, ya que los rostros bronceados se consideraban propios del campesinado y no de los nobles. Con el paso de los años, la época isabelina fue la que marcó el poderío del polvo facial, pues estaban en boga los cutis muy pálidos y los labios muy rojos. Pero al primitivo plomo que continuaba empleándose en su elaboración, se sumó otra amenaza: el arsénico. Su absorción progresiva envenenaba la sangre, por lo cual comenzó a asociarse el uso de maquillaje con la mala salud. Las grandes pelucas de la época, sin embargo, seguían empolvándose, esta vez con almidón.
En Versalles, el polvo fue uno de los cosméticos preferidos. Poco a poco fue inclinándose hacia ingredientes más seguros e incluso adoptó nuevas presentaciones como el papier poudré, esas hojitas de papel empolvado que se frotan sobre la cara para remover el brillo. Fue a partir de 1900 cuando aparecieron los primeros polvos perfumados, y las estrellas hollywoodenses como Mary Pickford y Jean Harlow los popularizaron. Hasta hoy, el polvo facial sigue siendo uno de los grandes pilares del maquillaje.
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