Mater Riga

Equipaje Noviembre 7th, 2007

cyr_riga_001 La ciudad de Riga constituye una de las joyas icónicas de los tres estados Bálticos (Letonia, Lituania y Estonia). Fundada en 1201 y con más de 800 años de historia, la capital letona fue consagrada por la UNESCO, Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1997, gracias al esplendor de su centro histórico —conocido como el Círculo de los Bulevares—, el cual, desde principios del siglo XX, ha sido considerado museo plenairista del Art Nouveau en Europa.
Por Lorena Briedis


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Sin embargo, el tambor sordo de dos guerras mundiales y la subsiguiente ocupación rusa durante cincuenta años (desde 1941 hasta 1991), la hacen lucir hoy como la Varsovia que relata George Steiner en su libro En el castillo de Barba Azul: (Riga) “Hermosa como la ciudad de Varsovia da la impresión de un montaje escénico. Es como si la luz de las cornisas no se hubiera restaurado, como si el aire fuera inapropiado y llevara consigo aún cierta carga del fuego anterior”.

Traducida bajo otro símil, Riga es equiparable a una casa de muñecas reconstruida después de un terremoto; las ninfas y los titanes, los atlantes y las musas de las fachadas modernistas son a su vez intérpretes de la belleza y testigos del horror pretérito de la ciudad. De ahí, la psique polarizada de los riguenses que sorprende por el contraste entre el espíritu vesánico y desbordado —similar al que prevaleció en Europa durante los años ’20 después de la Primera Guerra Mundial— y el hondo laconismo heredado de los tiempos de la ocupación soviética, fundado en la máxima de “menos sepan de ti, mejor”. En efecto, quien escarba un poco, encuentra las heridas; aún así, la ciudad se yergue altiva entre sus ruinas y sus glorias como una madame moderna, incuestionable en su pedestal de “pequeña París”.

 

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En efecto, Riga es esa ciudad de maravilloso cinismo en la que la gente camina por las calles con flores en la mano y va a la ópera como al mercado, a la vez que se dedica al azar y al turismo sexual a cotas equiparables a las de Ámsterdam, fenómeno que ha exigido en los últimos años una política mediática por parte del gobierno en contra de la burdelización de la ciudad.

Sin embargo, desde siempre Riga había sido la gran joya barragana del Báltico, codiciada y poseída por polacos, suecos, alemanes y rusos, precisamente por su posición estratégica en la región —“entre vikingos y griegos”, puente entre Este y Oeste—. Situada cerca del mar Báltico, en el golfo de Riga, y gracias a la extensión del río Daugava, la ciudad pronto se convirtió en un emporio comercial que sus admiradores bautizaron con el nombre de “adorno del delta del Daugava”, cuyo esplendor despertó deseo y ambición cosmopolita.

Las riguenses, en un sentido, han heredado esa dualidad de mujer pública y reina tan propia de la ciudad. Así, algunas, fieles meretrices del kitsch —patrimonio indiscutible de la Europa del Este y los Balcanes—, se las ve exhibiendo por las aceras de la ciudad pasarelas vulpinas con excesos escarchados y leopardescos, minifaldas y shorts de cuero barato a ocho grados de temperatura estival, gafas diamantinas, pelachos y peluches, tangas atigradas, fantasías, vulgares fluorescencias y tintes decoloridos: desfile hilarante que las hace lucir orgullosas y espléndidas en su mal gusto.

 

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Otras, primerísimas damas de la deliciosa bourgeois riguense, aparecen acomodadas con trajes, joyas y lentes oscuros de la Valñu iela —una de las calles más caras de la ciudad— caminando discretas rumbo a la ópera o al teatro; entrando, en medio de una tormenta imprevista a un café chic con tazas de porcelana checa o cruzando un puente en un magnífico slow motion que las hace ver como Natalie Portman en la escena final de Closer o como simples divas anónimas de películas de la posguerra, en blanco y negro, subtituladas al alemán o al ruso.

Igualmente, la ciudad sorprende y maravilla por el ingenio de la vida posmoderna: grafitteros que pintan caricaturas del Che Guevara diciendo “Gasta, gasta, gasta”; grupos Hare Krishna que adoran a su muñeca interpretando mantras en medio de un parque y ofreciéndoles bolitas de dulce de leche a los transeúntes en nombre de la diosa; sectas góticas con su típico atuendo transilvánico comprando flores y bombones para regalar; mujeres de la tercera edad dispuestas en las casetas de los edificios, trabajando como vigilantes; motivos de gatas alunadas en un envase de yogurt de fresa para niños… Asimismo, fascina la asimilación estética modernista de la Vec Riga (Vieja Riga) de los restaurantes de comida rápida con fachadas míticas y ornamentos decimonónicos, al igual que la contigüidad de monumentos como el pulveratornis medieval (torre de pólvora), reflejado en las vidrieras del palacio Versace.

 

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Así, Riga misma alberga el gozo por el notable progreso sostenido que ha encarnado en los últimos dieciséis años de independencia y las promesas que columbra el futuro, en contraste con el oscuro desconsuelo por la sensación reciente de pérdida y devastación, de expolio y abuso que la convirtió en la madrastra de Europa Central, sentimiento que se ha profundizado la nostalgia de la madre legítima que procura reunir nuevamente a sus verdaderos hijos.

 



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