Rogelio Salmona Nuestra arquitectura: los maestros latinoamericanos Rogelio Salmona
De architectura Noviembre 30th, 2006
| Ricardo Avella ricardoavella@hotmail.com
El Movimiento Moderno de principios del siglo XX se cimentó en un desaforado afán de vanguardismo, y su furia se llevaba por delante todo aquello que no fuera nuevo. Unos soñaban con incendiar los museos, otros con derrumbar las ruinas de la antigüedad, y ninguno miraba por el retrovisor cuando manejaba su máquina, porque si avanzaban no tenía sentido ver lo que dejaban atrás.En medio de tanta euforia la vista de cualquiera se nubla fácilmente. Pero siempre existe un personaje que cuestiona lo que ve, lo que lee, lo que escucha y sin importar quien lo diga, una figura que inevitablemente destaca del resto. Rogelio Salmona, el gran maestro de la arquitectura colombiana, ya en su juventud era un aprendiz inconforme, inquieto e impaciente, que veía con recelo muchos de los dogmas impartidos por la modernidad. “Parte de nuestros intelectuales, y sobre todo nuestros arquitectos –dice Salmona–, de tanto mirar a lo lejos, no han mirado de cerca, y han ido perdiendo la memoria y sus referencias”.
La arquitectura de Salmona nace de la memoria, de ella toma y a ella devuelve en un gesto poético. Es una obra fundada en el lugar, en la historia bien entendida. Sus patios, sus muros, los pequeños rincones que sorprenden y encantan, tienen un aire especial tan colombiano, pero al mismo tiempo tan de todos lados.
Para Salmona, la arquitectura es “una síntesis inteligente de vivencias, de lecturas, pasiones, de puñados de nostalgias”. A la hora de sentarse en la mesa con el papel en blanco, Salmona recoge todo aquello que lo ha conmovido en vida para crear nuevos espacios, para conmover con sus edificios de la misma manera en que el se conmovió con las grandes obras del pasado. Porque la buena arquitectura inspira a quien la habita, y siempre “debería ser un acto poético”.
las inquietudes de un arquitecto latinoamericano
Salmona cursaba su segundo semestre de arquitectura cuando Le Corbusier, el gran monstruo de la arquitectura moderna, visitó la Universidad Nacional de Bogotá. Lo recibieron con feroz entusiasmo, y el aeropuerto rebosaba de estudiantes, que lo saludaban con gritos y pancartas. El padre de Salmona fue presentado al maestro suizo y llegó a invitarle a comer en casa en varias ocasiones, y Le Corbusier, en un extraño arranque de generosidad (o diplomacia), ofreció a Rogelio trabajar en su taller de Paris.
Pocos meses después, tras el Bogotazo de 1948, Rogelio Salmona abandona el clima de incertidumbre y violencia política que se vivía en Colombia, para tocar la puerta del “recinto sagrado” de Le Corbusier. Para su sorpresa, el Gran Maestro no recordaba ni a Rogelio ni a su padre, mucho menos aquella invitación para trabajar en su taller. Le dijo que no tenía trabajo para él y le enseñó el camino a la puerta en poco tiempo. Pero insistió tanto que logró un puesto de dibujante, y habría de permanecer en el taller los próximos diez años de su vida.
Allí escucharía de primera mano todos los dogmas modernos, una oportunidad que muy pocos tuvieron pero que muchos seguramente soñaron. Allí aprendería también a cuestionar esos dogmas, lo que resultó en conflictos en más de una ocasión con el Gran Maestro. Sentía una gran admiración por Le Corbusier, pero trabajar con él fue “(…) al mismo tiempo, una gran experiencia y una permanente confrontación”. Al comienzo la sola idea de trabajar en el taller le llenaba de ilusión. Pero a medida que iba madurando como arquitecto, comenzaba a cuestionar las maneras de hacer arquitectura que allí se tenían, y el punto de quiebre llegó con el encargo de un “plan urbano para Bogotá”: encerrado en su taller en la Rue de Sévres, Le Corbusier proyectaba Bogotá “(…) como un ejercicio abstracto de diseño, lejos de las tristes realidades colombianas”.
En ese momento se hizo evidente para Salmona que el Movimiento Moderno debía replantearse para el caso latinoamericano, y que no se podía seguir pensando nuestro continente con ideales extranjeros. Algo comenzó a germinarse en Salmona, y el joven arquitecto buscaría ya su propio camino. Pidió a Le Corbusier unas vacaciones que éste le otorgó a regañadientes, y “20 días autorizados se tornaron más de 5 meses”. El recorrido, por el sur de España y el norte de África, fue exactamente contrario a las recomendaciones del Gran Maestro, pero Salmona ya era otro, y sabía lo que estaba buscando.
La Alhambra en Granada dio un vuelco a su vida, y los jardines del Generalife lo encantaron con su duende. La magia de las ciudades islámicas, y el misterio de esa arquitectura silenciosa y serena, se le presentaron sencillamente como una revelación. Allí el humilde ladrillo ha sido trabajado con arte soberbio, los patios y corredores se inundan con el olor de los arrayanes, y el agua y la luz se cargan de significados y melodías. Reconoció también las formas blancas del norte de África, de Argel, Túnez y Marruecos. Formas bellísimas y abstractas, fuertes y estrechamente ligadas al suelo, al paisaje, a las tradiciones heredadas por los pueblos de la América Latina. Salmona vivió una arquitectura magnífica que le hablaba y le impartía lecciones, y el joven que buscaba sus raíces consiguió una infinidad de respuestas.
Por su “ausencia no autorizada” Salmona es despedido del taller tan pronto retorna. Y en 1957, después de diez movidos años, regresa a Colombia para construir su arquitectura, una que responda a las necesidades y los anhelos de la sociedad a la que él pertenece, una arquitectura colombiana y para Latinoamérica. Regresa sin un título de arquitecto entre sus manos, pero con experiencia y conocimientos envidiables, y su carrera como arquitecto en Colombia no tardaría en florecer.
el arquitecto como última figura del humanismo
Las Torres del Parque, con su juego de terrazas escalonadas en forma de abanico, son conocidas como el punto culminante del inicio su carrera. Transcurrieron seis años entre los primeros bocetos y la construcción de las torres en 1970, tiempo durante el cual Salmona vivió en continua obsesión con el proyecto. “Solo así puede haber surgido, en medio de tanteos, exploraciones, regresos atrás, comienzos desde cero una y otra vez, dudas e inquietudes a granel, una obra excepcional”.
Las torres se encuentran en el borde del centro histórico, colindando con el tradicional Parque de la Independencia y abrazando la Plaza de Toros bogotana, como podemos observar en la fotografía. En el momento de su construcción, el casco histórico se encontraba en decadencia, y la idea era crear un conjunto de viviendas tan especiales que acercara a la población a vivir nuevamente en el centro. Los espacios comunes de las torres son abiertos a la ciudad, convirtiendo la propiedad privada en un espacio que toda la comunidad de Bogotá puede sentir como propio. Y el sentido de pertenencia ha superado a los propios habitantes del conjunto, porque todos los bogotanos respetan y se sienten todos muy orgullosos de sus Torres del Parque.
A nivel urbano, las formas semicirculares y su movimiento ascendente, crean una forma escultórica que dialoga con las montañas cercanas e introducen la naturaleza en la ciudad. Las torres se han convertido en un verdadero hito para Bogotá, y en un punto de referencia para los ciudadanos. Por su escala y su presencia en la ciudad, las Torres del Parque “(…) representan la clase de oportunidad que se le brinda a un arquitecto una sola vez en la vida durante su existencia profesional”, y Rogelio Salmona superó el reto de manera excepcional.
El lugar tiene una importancia fundamental en la obra de Salmona. El lugar entendido no solo como espacio geográfico, sino como la sedimentación de la memoria. Un lugar en el que se han ido acumulando a través de lo años capas de historia y de recuerdos, y el arquitecto debe tener sensibilidad para leer aquellas capas y dar con el diseño sin romper con la continuidad del lugar. Por eso Salmona habla de”transformar sin modificar el paisaje”, de dialogar con el entorno y no imponerse.
El lenguaje de su arquitectura también remite a la memoria de los pueblos latinoamericanos, y así podemos sentir la herencia del sur de España en los aljibes, en el entramado artesanal del ladrillo en el Museo Quimbaya de Armenia; o en los canales de agua que insinúan intrincados y maravillosos recorridos, a través de patios silenciosos, como en la Casa de Huéspedes Ilustres de Cartagena que apreciamos en la fotografía.
Las referencias históricas en su obra superan con emoción las alusiones superficiales que tanto se ven en la arquitectura, porque en los edificios de Salmona hay algo más, hay arte porque sus espacios logran conmovernos. En casi toda su obra se percibe una increíble riqueza espacial, una destreza incomparable en el uso de los materiales y una inigualable sensibilidad en los detalles. Es una arquitectura autobiográfica, en la que vuelca todo aquello que lo ha emocionado: “la materialidad de la arquitectura románica, el deleite de la arquitectura islámica, la riqueza espacial de la arquitectura prehispánica, las causas sociales de la arquitectura moderna (…)”; todo ello se respira en los patios y en los muros de Salmona, maestro del ladrillo, encantador de serpientes, brujo de la memoria, arquitecto latinoamericano.
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