Nuestra arquitectura: los maestros latinoamericanos Oscar Niemeyer
De architectura Noviembre 5th, 2006
De todos los países latinoamericanos, Brasil fue el que acogió con mayor entusiasmo las formas y los ideales del Movimiento Moderno. Era la inevitable consecuencia de aquella famosa visita a Río de 1928, la visita de un grandioso monstruo de la arquitectura moderna llamado Le Corbusier. Como si de una tormenta se tratara, el maestro suizo esparcía semillas de modernidad por donde pasaba, y en Brasil, tierra fértil americana, esa semilla no tardó en dar sus frutos.
Pocos años después Le Corbusier fue invitado a Río de Janeiro para proyectar la sede del Ministerio de Educación y Salud, un edificio que marcaría el inicio de la arquitectura moderna en el país. En él llegaría a colaborar junto a Lúcio Costa y otro grupo de arquitectos un joven y agudo Niemeyer, cuyos aportes para el proyecto ya anunciaban la fluidez de los espacios que vendrían.
Su obra, como cualquier otra de aquella época, se alimentó de las fuentes corbusieranas, y sin embargo logró una soltura que Le Corbusier no llegó a soñar sino hasta el final de su carrera. Fue de los primeros arquitectos en liberarse de la regla y la escuadra, y reclamó como suya la sensualidad de la curva. En Brasil, y de la mano de Oscar Niemeyer, la arquitectura moderna dejó a un lado tanta racionalidad y comenzó a hablar brasileño. | Ricardo Avella contacto: ricardoavella@hotmail.com
La arquitectura de los placeres
Niemeyer, sin ataduras
Niemeyer siempre ha dicho que su carrera comenzó en Pampulha, alrededor de aquella ondulante laguna. Juscelino Kubitschek, por aquel entonces alcalde de Belo Horizonte, invitó al arquitecto a desarrollar un “asentamiento diferente” mientras paseaban por la orilla del lago. Un complejo que daría cabida a un club náutico y un casino, una casa de baile, un hotel, y extrañamente a una pequeña iglesia. El conjunto, era el sueño de Kubitschek, y su primera obra como hombre público.
Era también el primer proyecto de importancia al que se enfrentaba el joven arquitecto, pero esa pizca de rebeldía y coraje que tienen todos los grandes artistas no le permitió sentirse intimidado ante la tarea, sino todo lo contrario: para Niemeyer, Pampulha fue un laboratorio de experimentación, un territorio en donde volcar sus demonios y dar inicio a la libertad y la fantasía. “Pampulha –dice Niemeyer– ha sido el punto de partida de esa arquitectura más libre, llena de curvas, que todavía hoy me resulta seductora. Fue, de hecho, el primer paso de Brasilia”.
El conjunto de Pampulha, por su programa y sus formas, representaba el culto a los placeres del hombre moderno; y su construcción se constituye como un momento decisivo en la arquitectura brasileña: allí nació un estilo propio y moderno en el mismo instante en que Niemeyer se descubrió a si mismo. “Las líneas rectas, duras e inflexibles, creadas por el hombre, no me atraen –nos comenta el arquitecto–. Lo que me llama la atención son las curvas libres y sensuales. Las curvas que encuentro en las montañas de mi país, en la sinuosidad de sus ríos, en las nubes del cielo y en las olas del mar. El universo entero está hecho de curvas, ese universo curvo de Einstein”.
De los edificios de Pampulha destaca la pequeña y espectacular iglesia de São Francisco de Assis que observamos en la fotografía, entre otras cosas porque el lenguaje allí utilizado es muy distinto al resto del conjunto. A diferencia de las otras edificaciones, casi transparentes y que por lo tanto diluyen el límite tradicional entre interior y exterior, la iglesia se encierra en sí misma para crear un ambiente de recogimiento, utilizando para ello una dinámica estructura de bóvedas parabólicas en concreto armado. El interior del templo, así como el muro ciego de la fachada posterior, han sido decorados con unos bellísimos murales del artista brasileño Cándido Portinari. Los murales, pintados sobre cerámicas, hacen referencia a la tradición portuguesa de los azulejos, que evitan la humedad al mismo tiempo en que embellecen el edificio. De esta manera Niemeyer nos dice (como en el Hotel de Ouro Preto), que la modernidad no implica que debamos rechazar nuestras raíces, nuestra cultura.
Sin embargo, en 1942, mientras los edificios eran aclamados por la crítica internacional en Nueva York en ocasión de una muestra de arquitectura brasileña organizada por el MoMA (Museum of Modern Art), la pequeña iglesia de São Francisco era atacada por las autoridades católicas del estado de Minas Gerais, que se negaban a consagrar el templo. Su forma, tan sensual y poco ortodoxa, junto con el mural y la ausencia de un confesionario, terminó por molestar a la Iglesia y pasaron muchos años antes de que se oficiara allí la primera misa.
Brasilia, un sueño urbano
Después de la construcción del Ministerio de Educación y Salud, y del conjunto de Pampulha, la creación de Brasilia marca el tercer momento decisivo en el desarrollo de la arquitectura contemporánea brasileña. Fue la gran aventura de Juscelino Kubitschek, el mismo hombre que conjurara los demonios de Niemeyer en la laguna de Pampulha, pero ahora como presidente de Brasil.
La idea de Kubitschek era la de colonizar el interior del país, ya que todas las grandes ciudades fundadas por los portugueses se encontraban en la costa. Además, veía como necesaria la construcción de nuevas sedes gubernamentales, así como una nueva capital para terminar de una vez por todas con la eterna disputa entre Río de janeiro y São Paulo, “cada una de las cuales buscaba para sí un mayor papel político en el país, a pesar de ser Río la capital oficial hasta entonces”.
La nueva capital debía construirse de la nada, en medio de un territorio árido e inhóspito. Toda una odisea moderna que le fue confiada a tres grandes arquitectos brasileños: a Lúcio Costa le fue entregada la tarea de proyectar el trazado urbanístico de la ciudad; Oscar Niemeyer se encargó del diseño de los edificios principales; y Roberto Burle Marx estaría a cargo del proyecto paisajístico. Injustamente se ha atribuido a Niemeyer todo el crédito de la construcción de Brasilia, y él mismo se ha encargado de corregir este malentendido. “Me importa poco que se diga que soy el arquitecto de Brasilia –advierte el arquitecto– siempre que se diga también que Lúcio Costa es su urbanista. Fue a él al que se le encomendó la tarea principal: proyectar la ciudad, las calles, las plazas, los volúmenes y los espacios libres. Mi colaboración fue más modesta y se limitó a los palacios de Gobierno”.
Una ciudad nueva, en medio de la nada… no existía un plano histórico del sitio, ni un cobertizo, la tierra no tenía historia y todavía respiraba un aire virginal. Allí no podía levantarse algo corriente. Lo que allí llegara a construirse sería el comienzo de una nueva historia y así lo entendieron los arquitectos, que optaron por lo simbólico antes que cualquier lógica racionalista. La escala y el diseño del “Plano Piloto”, el nombre que Lúcio Costa dio al trazado de la ciudad, fueron tan monumentales como la escala y el diseño de las obras de Niemeyer. En pocas palabras, Brasilia era la construcción de una ciudad monumental para el nuevo hombre brasileño.
El gran símbolo de Brasilia, sin lugar a dudas, es su Congreso Nacional. Un hito paisajístico que se sitúa como punto final de un eje monumental de seis kilómetros de largo, obligando al edificio a conservar una fuerte presencia a grandes distancias. Junto con el Palacio de Planalto y el Tribunal Supremo de Justicia, el edificio conforma la monumental Plaza de los Tres Poderes, todo “un collage surrealista extraído de la caja de construcciones de la arquitectura revolucionaria”. Un elegante conjunto escultórico que impresiona hasta al más incrédulo de los hombres.
Del Congreso Nacional destacan dos seductoras cúpulas, una de ellas invertida, que se posan sobre un esbelto volumen horizontal tal y como podemos apreciar en la fotografía. Bajo las cúpulas deliberan los diputados y senadores con reservada concentración (o elevando una súplica al cielo), mientras las torres del ejecutivo se levantan airosas y desafiantes, “hombro con hombro, omnipotentes, sin pestañear”. Torres y límpidos cascarones se dibujan contra el cielo mostrando al mundo el nuevo perfil de Brasilia.
La construcción de Brasilia ha sido muy criticada, por su falta de escala humana, por ser una ciudad para el automóvil… pero está justificada por el progreso que se ha propagado por el interior de Brasil, el objetivo de Kubitschek. Y sigue siendo una ciudad muy nueva, donde vive todavía la primera generación de brasilienses, ninguno nacido allí. Pero ya han nacido en Brasilia una segunda y hasta una tercera generación de nuevos ciudadanos, que sienten como suya la ciudad. Si una obra de arquitectura debe juzgarse cincuenta años después de haber sido construida, para una ciudad el tiempo debe ser considerablemente mayor. En un futuro esta aventura será vista con otros ojos.
Oscar Niemeyer construyó el paisaje del nuevo Brasil con su arquitectura, en un país famoso por la inmensidad y la grandeza de sus paisajes, en “un país que es un continente”. Una catedral se eleva al cielo sobre una explanada, un museo flota sobre un peñasco en la bahía. La curva seduce, las formas invitan, y el hombre cruza con fluidez el espacio y no sabe todavía si está fuera, si está dentro, si el paisaje es lo que ve o si está dentro del paisaje. Esa es la magia de Niemeyer, de una arquitectura para los brasileños, para todos los latinoamericanos.
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