Ricardo Avella | ricardoavella@hotmail.com

“En proporción alarmante han desaparecido en las publicaciones dedicadas a la arquitectura las palabras belleza, inspiración, embrujo, magia, sortilegio, encantamiento y también las de serenidad, silencio, intimidad y asombro. Todas ellas han encontrado amorosa acogida en mi alma, y si estoy lejos de pretender haberles hecho plena justicia en mi obra, no por eso han dejado de ser mi faro”.

Luis Barragán

arq_Casa de Francisco Gilardi PatioLuis Barragán, un mito mexicano y uno de los viejos maestros de la América Latina, creía en la “arquitectura emocional”, esa que conmueve el espíritu y embriaga los corazones de quienes la habitan. Siempre insistió en buscar el arte en la arquitectura, en encontrar aquella solución capaz de brindar un mensaje de belleza y emoción a los hombres.
Amaba los muros impenetrables, los patios donde impera el vacío, donde únicamente escuchamos el gorgoteo del agua en una fuente o el murmullo de las hojas movidas por la brisa. Barragán procuraba el aislamiento porque gozaba del silencio, del misterio, y creía en la necesidad que tiene el hombre (sobre todo en nuestros tiempos modernos) de encontrar serenidad en su refugio, de sentirse abrigado y protegido en su guarida.
Su arquitectura escapa del tiempo, y uno tiene la impresión de que siempre ha existido. Sus patios, estanques y jardines están cargados de fuerza y misticismo. Y en una época en que la arquitectura negaba la emoción por la técnica, la tradición por la vanguardia, los espacios del maestro mexicano evocan la historia y la sabiduría popular. La obra de Luis Barragán, profundamente humana, es en sí misma una lección, sobretodo si el que la aprende es el joven arquitecto latinoamericano.

La severidad seductora
el muro y el color, las sombras y la luz
La obra de Barragán es autobiográfica, dijo el argentino Emilio Ambasz, y el mexicano nunca lo negó. De hecho, sacaba a relucir la frase cada vez que alguien le preguntaba por los orígenes de su arquitectura. Particularmente su infancia en el rancho familiar de Mazamitla, en el estado de Jalisco, fue decisiva para su obra: un pueblo de tierra roja, donde los hombres y la arquitectura convivían con los caballos, donde las casas tenían grandes fuentes de piedra en los patios para recibir el agua, que llegaba a través de troncos ahuecados sostenidos por horquetas de palos y por encima de los techos. “Los troncos acanalados estaban cubiertos de musgo y, obviamente –cuenta Barragán–, dejaban escapar el agua, la cual escurría por toda la ciudad, lo cual le daba al pueblo un ambiente y un aire de cuento de hadas”.
Más tarde la Alhambra dio un vuelco a su vida. Allí vivió con emoción los patios y corredores del palacio y la alcazaba, los jardines del Generalife. Lugares maravillosos, encantados por el duende de las ciudades islámicas y el olor de los arrayanes. Donde el agua y la luz se cargan de significados y de una “alegría silenciosa y serena”, esa alegría que expresan las grandes obras de arquitectura, como decía Barragán.
Reconoció las formas blancas mediterráneas del norte de África, de Argel, Túnez, Marruecos… Formas bellísimas y abstractas, fuertes y estrechamente ligadas al suelo, al paisaje, a las tradiciones heredadas por los pueblos de la América Latina. Barragán apreció en sus viajes, o en cualquier pueblo de su infancia provincial, que en la arquitectura popular existe un ingrediente universal que no tiene época, que tiene habla de la esencia del hombre. Las casas blancas de las islas griegas, de los pueblos del norte de África o de los más remotos campos mexicanos, bien “pueden haber sido hechas hace mil o dos mil años que hoy”. Y es que la sabiduría popular, con su humilde y aguda inteligencia, ha intuido que en el mundo hay ciertas cosas que nunca cambian.
El hombre siempre ha necesitado su refugio, un descanso, un lugar donde recogerse y aislarse lejos de todo lo mundano. Para el maestro mexicano la serenidad era de una importancia fundamental, y solo el muro podía brindársela. “¿Con qué sustituyes los muros? –solía preguntar Barragán, refiriéndose a lo que siempre consideró como el gran fallo de la arquitectura moderna– ¿Con vidrio? ¿Con materiales modernos? El vidrio ha fracasado porque el hombre no se siente abrigado en un edificio con paredes de cristal”.
El muro también ofrece misterio, tan querido para Barragán, porque el muro esconde y el muro invita. La Cuadra de San Cristóbal, residencia para el señor Folke Egerstrom, es el mejor ejemplo de ello. Al entrar en la propiedad lo primero que uno observa es una bellísima casa blanca a la izquierda, pero lo que en realidad despierta la curiosidad se encuentra treinta metros más adelante, algo que el ojo no puede ver: un conjunto de muros superpuestos, blanco, rojo y rosa, que esconden algo maravilloso. El color seduce, el murmullo de una fuente invita, y la copa de un árbol asomada tras el muro insinúa que allí algo sucede.
Al cruzar el umbral nos encontramos en otro mundo, en uno de los espacios más brillantes de la arquitectura barraganesca. Un lugar mágico y lleno de paz, donde un enorme estanque combina su azul cristalino con el del cielo, y la línea del horizonte es definida por un muro rosa de gran altura que pareciera extenderse hasta el infinito, como podemos observar en la fotografía. Y lo que antes parecía un simple muro rojo, es en realidad un acueducto que deja caer su agua en el estanque, inundando el espacio con un apacible sonido.
Dos aberturas en el muro rosa dejan entrever los jardines del fondo y han sido calculadas para cruzarse a caballo, porque el señor Egerstrom es un amante de esos animales, como Barragán. En ocasiones un rebaño de ovejas cruza los establos, una parvada de patos se refresca en el estanque, o sencillamente un pura sangre se perfila sobre el muro rosa como si de un sueño se tratara, acompañando con sonidos de cascos y animales el murmullo del agua. “Inconscientemente los recuerdos de mi infancia resurgen en mi obra”, admite Barragán, porque su obra indudablemente es autobiográfica (¿acaso no lo es la de cualquier artista?).
La arquitectura de Barragán busca estimular los sentidos, pero está lejos de ser recargada. A pesar de que todos sus proyectos fueron para una clientela adinerada, su obra es de una increíble austeridad, “una poesía de la moderación”. Muchos compararon su forma de vida con la de un monje y su casa con un monasterio, no sólo por su ferviente religiosidad, sino por su amor al silencio y la soledad. “En mis jardines, en mis casas, siempre he procurado que prive el plácido murmullo del silencio”, dijo una vez, y el patio de su casa es quizá el mejor ejemplo. En él reina el vacío, y la vida nace del contraste de los muros lilas con los blancos, de las sombras que se arrojan por la arcilla enmohecida, de los verdes que se encaraman sobre las paredes revocadas. Y allí está un sencillo banquito de madera rústica, como una figura solitaria en un cuadro de De Chirico.
Es una severidad seductora, donde formas claras y sencillas se entremezclan con la sensualidad de un tono rosa, de un lila, o de rojos tan fuertes como la tierra. Un festival de luces y sombras, de texturas y sensaciones. La obra de Barragán, como dijimos anteriormente, es toda una lección de arquitectura: una síntesis de los valores populares, de la historia bien entendida, pero expresada en un lenguaje completamente moderno. “Lo que era, siempre ha sido. Lo que es, siempre ha sido. Y lo que será, siempre ha sido”, acostumbraba decir Louis Kahn, alguien que admiraba profundamente al maestro mexicano y con quien compartía una misma visión: la de una arquitectura con sustancia y que inspire al hombre, la de la arquitectura emocional.

“Dentro de la inmaculada blancura barraganesca, del recogimiento, del jardín repleto de hierbas locas, se levanta una sensualidad afilada y diabólica, una mezcla de refinamiento y de misticismo, de perversión y de pureza que son la esencia misma de Barragán, ese hombre torturado que podría tomarse por un santo, un mendigo del medievo, un juez de la inquisición, un consejero de la reina, un forjador de templarios, un misionero del espíritu santo, un camello que atraviesa el desierto, un monje profano, un actor del siglo de oro, un judío errante, un sheik de Arabia, bello, alto, inquietante, como el mejor de los pensamientos”.

Elena Poniatowska

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