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“Voy a tratar de hablar de arquitectura: grave y peligrosa materia; ¿no es en efecto la arquitectura el escenario obligado de toda nuestra vida?; en ese escenario nacimos, actuamos y morimos”.
Carlos Raúl Villanueva | Ricardo Avella

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Villanueva era como un niño, valiente y sumamente enérgico. Nunca tuvo miedo a equivocarse (porque los niños nunca se equivocan), y no conocía el pavor que muchos sienten al enfrentarse con una hoja en blanco. El niño de Villanueva jamás desapareció, y su espíritu llegó a convivir con el del maestro, dando lugar a uno de esos extraños y apasionantes casos en que el atrevimiento y la sabiduría se encuentran para concebir las más extraordinarias cosas.

arq_vn_04Hay quienes hablan de muchos Carlos Raúl Villanueva, cuando en realidad hubo uno solo mucho más rico y complejo, que constantemente se reinventaba a sí mismo. Su obra fue el refugio de sus demonios, de todas sus tensiones, pero también está cargada de humildad y de una increíble sensibilidad. Villanueva nos dejó su vida en concreto armado, revestida de mosaicos y azulejos, en sublimes arquitecturas donde las sombras bailan la danza de la serpiente.

arq_vn_03Compleja sensibilidad
Villanueva en la Ciudad Universitaria de Caracas

La belleza en la arquitectura de Villanueva no es obvia, debe vivirse. Toda la magia y los misterios son entendibles al deambular por sus espacios, al sentir la brisa que levanta cabellos, al ver nuestras sombras tamizadas por patrones de bloques calados y celosías. El embrujo que produce su arquitectura en nuestras almas nunca podrá ser comprendido en una fotografía, tampoco en una única y corta visita. Es una obra compleja, que se rehusa a desnudarse y mostrar todos sus encantos en la primera cita: las mejores obras del maestro tienden a presentarse demasiado duras en un principio, con excesiva fuerza y carácter. Poco a poco y con la ayuda del tiempo, uno descubre con emoción las sutilezas que nos seducen: es el hechizo de una arquitectura que ha sido pensada para conmovernos. La obra de Villanueva necesita del tiempo para darse a conocer, para seducir y quedar eternamente en nuestra memoria, como suele suceder con los grandes amores.
Su formación academicista en París coincidió con el arrollador nacimiento del Movimiento Moderno, y para un joven sediento e inconforme, ese momento histórico era sencillamente irresistible. Villanueva vivía como un academicista en las mañanas y por las tardes se vestía de moderno. Cuando llegó a la encrucijada pudo ver que los dos caminos eran perfectamente válidos, pero esencialmente opuestos. Ambos movimientos eran increíblemente dogmáticos, cada uno a su manera, y el maestro comprendió entonces que los dogmas están hechos para quien quiera escucharlos, que la arquitectura no tiene reglas fijas ni leyes preestablecidas. Allí comenzaron sus luchas internas entre ambos mundos, la batalla espiritual que haría de él un personaje apasionante.
Villanueva hizo su propio camino sin rendir cuentas a ningún dogmatismo doctrinario, “(…) preocupado de fijar linderos, de separar esencias, de discriminar puntillosamente”. Una de sus mayores angustias consistió en buscar las maneras de reintroducir en la arquitectura aquellos aspectos simbólicos que habían llegado a perderse, ese humanismo que el Movimiento Moderno había dejado de lado. Tradicionalmente el arquitecto ha desarrollado su edificio, y luego ha enaltecido, graduado o matizado la arquitectura existente con pinturas o esculturas que buscan elevar su contenido simbólico: ésta forma de decoración, que Villanueva llamó “Síntesis de las Artes”, puede encontrarse en muchas de sus obras y quizá tenga su mayor exponente en la espectacular Plaza Cubierta de la Ciudad Universitaria de Caracas, donde un Pastor de Nubes ocupa el espacio como un estudiante más.
Pero Villanueva quería integrar las artes de una manera completamente distinta y novedosa, que se diferenciara de todo lo que se había hecho en épocas precedentes. Como en el Diseño Industrial, el maestro buscó concebir la obra en conjunto con el artista desde el comienzo, dando a las artes un valor funcional que complementara su carga simbólica: sólo así se conseguiría una cohesión propiamente moderna. El resultado de esta búsqueda era la verdadera “Integración de las Artes”, uno de los más grandes aportes de Carlos Raúl Villanueva al mundo de la arquitectura, que llegó a concretarse espectacularmente en la atrevida Aula Magna del campus universitario caraqueño. Allí las nubes colgantes de Calder nos conmueven profundamente con su calidad artística y su ingrávida presencia en el espacio, al mismo tiempo en que controlan perfectamente los requerimientos acústicos de la sala. El Aula Magna es el triunfo del intelecto, un espacio tremendamente emocionante y una de las más grandes obras de la arquitectura moderna a nivel mundial.

arq_vn_06“En el interior del Aula Magna de la Ciudad Universitaria de Caracas –escribe la historiadora de arquitectura Silvia Hernández de Lasala– se produjo uno de los proyectos más sublimes de integración entre la obra de un arquitecto, un equipo técnico y un artista en el presente siglo. El diseño del interior de la gran sala, realizado conjuntamente por Carlos Raúl Villanueva, la firma especialista en acústica Bolt, Beranek and Newman, así como el escultor Alexander Calder, colmó las expectativas de las primeras vanguardias modernas que clamaban por una proyección integrada entre arquitectos, pintores y escultores. Calder reconoce la trascendencia de este logro, cuando escribió a Villanueva en 1955:

arq_vn_07“(…) Debe haberse requerido un gran valor para emprender la construcción, instalación e imposición de los “platillos voladores” en el Aula Magna. Lo que yo hice al proponerlos, no fue nada comparado con ese valor”.
Más allá de la “Integración de las Artes”, la arquitectura de Villanueva alcanza otros grados de altísima complejidad. En la Ciudad Universitaria de Caracas se han manipulado magistralmente las relaciones entre el interior y el exterior, diluyendo los límites de una forma poco común entre los modernos ortodoxos, pero probablemente más cercana a las experiencias constructivas de la arquitectura popular latinoamericana y colonial. Es el incesante juego del tamizado, de las luces que arrojan sus sombras caprichosas, del paisaje entrecortado por muros ahuecados o del cobijo de los pasillos cubiertos. También es la experiencia de un indeterminado y sugestivo espacio de transición, donde uno nunca está seguro de encontrarse afuera ni adentro, como en la famosa Plaza Cubierta del Conjunto Central universitario: un verdadero bosque de columnas, muros de bloques calados, de bellos y ondulantes murales que direccionan todos al estudiante que camina bajo las cubiertas entrecortadas. Plaza imprecisa, imposible de capturar con la mirada y que necesariamente debe recorrerse para ser comprendida. Un espacio para ser vivido y vagabundeado que Villanueva llamaba “la plaza de los pasos perdidos”.
Carlos Raúl Villanueva no tenía miedo a equivocarse y siempre jugaba, porque todo era un estímulo para él. La riqueza de su obra se debe en gran parte a sus inquietudes, pero sobre todo a la sensibilidad tan especial y generosa que siempre le caracterizó, preocupada por “resolver hechos humanos”. Es también una actitud de respeto, una amistad propuesta en el momento que el hombre comienza a gozar de sus espacios. Villanueva todavía es considerado por los jóvenes arquitectos venezolanos como su padre espiritual, como uno de los primeros arquitectos en responder con maestría a nuestras realidades. Con lentes gruesos y mirada apacible, Villanueva permanece entre nosotros como el modelo del arquitecto socialmente comprometido, porque “(…)¿no es en efecto la arquitectura el escenario obligado de toda nuestra vida?; en ese escenario nacimos, actuamos y morimos”.



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