La Piazza della Signoria. Grandes espacios urbanos
De architectura Julio 6th, 2007
El espacio de la vida pública ha sido testigo de las andanzas del hombre por el mundo, porque la historia siempre se ha hecho en las calles. Pero el carácter de un espacio urbano tiene poco que ver con los acontecimientos históricos de los que ha sido escenario, porque más bien los permite con su calidad espacial. Quien haya estado en la Piazza della Signoria recordará la inmensa emoción que sintió al vivirla. Semejantes emociones ha experimentado el que haya caminado por las Ramblas de Barcelona o entre las filas de columnas de la Piazza San Pietro en Roma, por nombrar un par de espacios memorables. Son todos lugares donde nos sentimos bien, mucho mejor que en otras calles y plazas del mundo, pero pocas veces sabemos el porqué. | Ricardo Avella
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El hombre de la ciudad moderna reclama con desespero el espacio público que ha perdido. Quiere caminar, deshacerse de tanto en tanto de la máquina, porque conoce demasiado bien su automóvil y muy poco la vida urbana. En ciudades como las nuestras, los arquitectos tienen la responsabilidad de construir esos espacios para el encuentro, el intercambio y las posibilidades infinitas. Pero el ciudadano también debe saber que un buen espacio público no es un hueco en la ciudad, ni una verdadera calle una simple vía que sirve para llegar de un lugar a otro: la calle es el espacio público por excelencia, y el vacío se construye con tanto empeño como el mejor de los edificios. Por qué nos sentimos mejor en unos espacios que en otros es lo que estas notas esperan responder, y la Piazza della Signoria, en Florencia, es un caso maravilloso que bien vale un estudio.
Sorpresa medieval y orden renacentista
el emocionante encanto de la Piazza della Signoria
Florencia es la cuna del Renacimiento, una ciudad que desborda con magníficas obras que transformaron el curso del arte y la arquitectura occidental. Sin embargo, ese impresionante catalogo de palacios renacentistas no modificó el trazado de las calles florentinas, y la estructura urbana heredada del medioevo quedó prácticamente intacta. Florencia es esencialmente una ciudad medieval, y Piazza della Signoria, su centro cívico durante más de seiscientos años, nació en la Edad Media para luego convertirse en uno de los primeros laboratorios urbanos del Renacimiento.
Al convertirse en uno de los centros económicos más importantes de Europa, Florencia dio inicio a un acelerado proceso de expansión, natural y orgánico como el de muchas ciudades medievales. Los límites de su muralla fueron prontamente superados, y una infinidad de altos edificios con sus orgullosas torres comenzaron a despuntar en la silueta florentina. Ese imprevisto desarrollo espontáneo dejaba poco espacio libre y ninguna plaza, al tiempo en que la población aumentaba considerablemente. A los ojos de todos los ciudadanos, los antiguos espacios públicos que Florencia había heredado de su pasado romano pronto parecieron insuficientes.
Un gran hombre llegaría a enfrentarse con los asfixiantes problemas de la capital toscana: Arnolfo di Cambio, un maravilloso arquitecto a quien Florencia le debe mucha de su inmensa belleza. La recuperación del espacio público y la construcción de la nueva Florencia fueron sus más grandes preocupaciones, iniciándose un período de importantes obras públicas en la ciudad. A partir de ese momento se construyeron algunos de los más destacados edificios florentinos, se abrieron nuevas calles, se ampliaron otras ya existentes, incluso llegan a pavimentar muchas de las vías públicas. Arnolfo di Cambio tenía el sueño de una nueva ciudad unitaria, y deseaba intervenirla con principios estéticos. La suya era una actitud increíblemente moderna, más cercana al pensamiento renacentista que al medieval.
El visionario arquitecto demolió una serie de edificaciones para construir, frente al baptisterio, una nueva catedral dedicada a Santa Maria del Fiore. El nuevo templo llegaría a convertirse en una de las más bellas y grandes catedrales de Europa, famosa por la dramática cúpula de Filippo Brunelleschi que marca el inicio del Renacimiento en la arquitectura. Al mismo tiempo y cerca de las márgenes del río, Arnolfo di Cambio derrumbó también un antiguo palacio para construir la nueva sede gubernamental de Florencia: el espectacular Palazzo dei Priori, hoy conocido como el Palazzo Vecchio. Cada uno de estos nuevos monumentos se complementaría con una plaza, creando de esta manera los dos espacios urbanos más significativos de Florencia: la emocionante Piazza del Duomo, pronto transformada en el centro religioso de la ciudad, y la maravillosa Piazza della Signoria.
Nace entonces el nuevo centro de la vida política en Florencia, una típica plaza medieval llena de vida y contenida en sí misma. Como en casi todas las ciudades del medioevo, la experiencia de la plaza no se vive únicamente en el gran espacio abierto, sino en el mismo recorrido que nos lleva hacia ella. Las estrechas calles, que limitan tremendamente la visual, nos preparan con cada paso una sorpresa que culmina en la plaza. Sin embargo, el hombre del Renacimiento encontraría aparentes anomalías en la Piazza della Signoria, y un grupo de escultores y arquitectos llegarían a obsesionarse con la pintoresca plaza medieval, hasta finalmente convertirla en ese espectacular espacio donde el medioevo y el Renacimiento se encuentran para sorprender al mundo hasta nuestros días.
Orden, perfección, armonía y belleza: todas estas palabras formaban parte del lenguaje cotidiano del Renacimiento, porque eran el faro de una humanidad renacida. Pero esos ideales encontraron cabida en las artes y en la arquitectura, pero extrañamente no llegarían a cristalizar con la misma fuerza en las ciudades. Según el historiador Cecil Stewart, “el Renacimiento es sobre todo un movimiento intelectual. En el campo del urbanismo sus primeras contribuciones resultan insignificantes si se las compara con la arquitectura del mismo período y con las escenográficas realizaciones, con los grandes telones de fondo del último barroco”.
Gran parte de la actividad urbanística del Renacimiento se refiere a reformas en el interior de las viejas ciudades, pero esas puntuales intervenciones usualmente alteraron muy poco la estructura urbana ya existente. La Piazza de la Signoria es uno de los ejemplos más fascinantes de esas pequeñas actuaciones, porque a pesar de ser una intervención tan precisa, su impacto en la manera de vivir la plaza fue increíblemente profundo.
Los Uffizi, el centro neurálgico del proyecto renacentista, fueron encargados al brillante arquitecto toscano Giorgio Vasari por Cosimo I de Medici. Estrechamente ligados al Palazzo Vecchio, los Uffizi debían alojar las oficinas de las nuevas magistraturas florentinas. Vasari aprovechó la oportunidad para reordenar la plaza, organizando las oficinas a lo largo de un solemne corredor que conecta la Piazza della Signoria con el río Arno. El edificio es un grandioso ejemplo de arquitectura urbana, y el corredor es la visión renacentista de una calle ideal. Gracias a este corredor, Vasari ha integrado la plaza a las fuerzas vitales de la ciudad: en el extremo sur de los Uffizi y a través de un bellísimo arco, la visión del río acerca al hombre a la naturaleza; y si transitamos por el corredor hacia el otro sentido, la vista se nos abre no sólo hacia el Palazzo Vecchio, sino hasta la misma cúpula de Brunelleschi que es el símbolo florentino por excelencia. En la nueva Piazza de la Signoria el florentino está más cerca de aquellas cosas que hacen grande a Florencia, y todo esto fue posible gracias a un ingenioso juego de relaciones visuales.
Como podemos apreciar en la fotografía, los Uffizi están conformados por dos alas paralelas, unidas en un extremo por una pequeña ala transversal. Esta sencilla disposición, conjugada con un espléndido tratamiento de las fachadas, ha hecho de los Uffizi un edificio fundamental de la arquitectura renacentista. Recordemos que las leyes de la perspectiva, con sus líneas y puntos de fuga, fueron descubiertas y formuladas en el Renacimiento. Si observamos con detenimiento la fotografía de los Uffizi, especialmente la que muestra la perspectiva generada por el corredor, podremos encontrar el secreto detrás de esta dramática escenografía: la línea ininterrumpida que forman los tres escalones en la planta baja, los entrepisos y la contundente cornisa de la cubierta, realzan con emoción la perspectiva haciendo un trabajo equivalente al de las líneas de fuga, dirigiendo nuestras miradas ya sea hacia el río, ya sea hacia el Palazzo Vecchio con su espigada torre.
Por último, un conjunto de esculturas dispuestas en la plaza establecen una serie de relaciones muy interesantes y en una escala más humana. La oscura estatua de Cosimo I montado a caballo, la blanca fuente de Neptuno y las dos esculturas que flanquean la entrada del palacio están todas perfectamente alineadas, formando así un plano virtual en el espacio que ejerce una extraordinaria influencia en la plaza. Si uno viene de los Uffizi en dirección al palacio, ya en la distancia el conjunto escultórico nos invita con sutileza a proseguir el camino, insinuándonos que más allá algo sucede.
Creo que en ciudades como las nuestras, donde la cultura del espacio público toma forma nuevamente, lugares como la Piazza della Signoria deberían servirnos de ejemplo. Si realmente queremos una vida más urbana, no podemos olvidar que una plaza no es un hueco en la ciudad, sino un vacío pensado y construido con sensibilidad. Todavía hay tiempo, quizá algún día viviremos las calles intensamente, porque las ciudades crecen, se transforman y constantemente se hacen y deshacen.






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