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“It’s the sense of touch… In any real city, you walk, you know? You brush past people, people bump into you. In L.A., nobody touches you. We’re always behind this metal and glass. I think we miss that touch so much, that we crash into each other, just so we can feel something”.

Es el sentido del tacto… En una ciudad real, uno camina, ¿sabías eso? La gente te roza, te golpea al caminar. En Los Angeles, nadie te toca. Siempre estamos detrás del metal y el vidrio. Creo que extrañamos tanto tocarnos que chocamos contra el otro, sólo para sentir algo”.
Paul Haggis | Crash (2005) | Ricardo Avella

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Con ésta demoledora frase comienza el film escrito y dirigido por Paul Haggis, rebelándose contra la soledad del hombre que habita la ciudad moderna. Ese hombre ha perdido la calle, la plaza, la idea del ágora griego. Ha perdido esos lugares donde puede encontrarse libremente con otros hombres para conversar, tomar un café, ver y ser visto: lugares comunes que han demostrado ser esenciales en la vida humana.

La calle es el espacio público por excelencia, y sin embargo es difícil encontrarla en las ciudades modernas. Existen calles en un sentido utilitario, pero no son más que corredores para llegar de un lugar a otro. Me interesa más bien la calle pública, la que buscamos cuando salimos porque no queremos estar adentro, porque nos ofrece algo que no conseguimos en nuestra intimidad. Me interesa un lugar de encuentro, de intercambio y de posibilidades infinitas, ese lugar donde podemos sentirnos más humanos y ejercer nuestra libertad. La calle representa esa cosa pública a la que estamos supeditados, y nos recuerda constantemente que formamos parte de algo más grande, de algo que supera nuestra propia persona.

La ciudad moderna confundió la libertad con el individualismo, y rápidamente se convirtió en el reino del automóvil, ese brillante cascarón de la intimidad. Así, la vida moderna transcurre en las autopistas, entre la casa y la oficina, saboreando muy poco la cosa pública. Sin la intensidad de la vida social, el hombre de la ciudad moderna termina por sentir que no tiene deberes para con la sociedad, hasta desligarse de ella completamente.

El drama del hombre moderno es que no quiere desligarse de la sociedad, sabe muy bien que la necesita. Quiere caminar, deshacerse de tanto en tanto de la máquina, porque conoce demasiado bien su automóvil y muy poco la vida urbana. Reclama desesperadamente el espacio público y envidia a los hombres que pueden sentarse en un café mientras ven pasar a las mujeres, las parejas que se agarran de la mano, y también a los mendigos y los que sufren, porque la cosa pública nos confronta constantemente con el mundo, y la ciudad que soñamos no tiene muros.

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El venezolano ha comprendido la importancia del espacio público en los últimos años, porque la calle es también un espacio político: bien sea como lugar de encuentro para el intercambio de ideas, o como escenario para la expresión popular, la historia siempre se ha hecho en las calles. La fuerza vital de esos momentos nos ha hecho sentir parte de una comunidad, y entonces sentimos el deseo de una vida más pública. Necesitamos conocer gente, estrechar la mano y conversar, porque eso hace sentirnos más humanos.

Nada está perdido, todavía tenemos la posibilidad de una vida más urbana y de volver a la calle. La ciudad moderna puede cambiar porque, como dice el historiador español Fernando Chueca Goitia, “(…) la ciudad se mueve, como se mueve la vida”. Ese artificio que llamamos urbe, la creación más extraordinaria del hombre, es un organismo vivo que constantemente se está haciendo y deshaciendo. Esperemos que estas ciudades para la velocidad, sin calles y tan poco humanas, hayan sido tan sólo un fenómeno transitivo. Esperemos que nuestros hijos no tengan que chocar para sentirse un poco más cerca del prójimo.



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