eneup_foto_tiempo De manera que estábamos allí: un grupo de periodistas latinoamericanos escuchando aquello de que en ese lugar se invertía una enorme cantidad de dólares para reproducir lo que sucedió una milmillonésima de segundo después del Big Bang. Salvo una reportera entendida en los temas científicos, al resto el asunto nos parecía un despropósito, y no encontrábamos respuesta en nuestra reducida perspectiva a la pregunta de para qué diablos iba a servir eso habiendo tanta pobreza en el mundo y bla, bla, bla. Así es la ciencia pura. Hasta luce absurda para quienes no alcanzan a vislumbrar su poder.
Por Oscar Madina L.

El desconcierto y el asombro fueron cediendo a medida que un verdadero sabio nos explicaba con paciencia en una sala del CERN, el laboratorio subterráneo en Suiza donde se construía el acelerador de partículas más grande de la Tierra: es una manera de intentar resolver misterios de la naturaleza, es el camino para iluminar algunos de los oscuros vericuetos del universo, es mirar al pasado del cosmos para entender también el futuro. Y al mismo tiempo, de inversiones descomunales como esas que empujan a la tecnología siempre un poco más allá, que es justamente de donde emergen los descubrimientos que se aplican a la vida diaria, a la medicina que nos salva, a los aparatos que llevamos en los bolsillos, a las máquinas que nos permiten hacer un trabajo más eficiente.

Hay gente que ya sabe vivir en el futuro. Y es mucho lo que le debemos a esas mentes que lograron superar las barreras de la inmediatez.

Algunas de esas cabezas privilegiadas están, por ejemplo, en el parque industrial de Hsinchu, una ciudad vecina a Taipei (Taiwán), donde ya están en desarrollo avances tecnológicos que uno creería que sólo existen en las páginas de un cómic.

Es una experiencia extraña estar allí: deslumbra, emociona, pero también golpea tu ego latinoamericano, porque sientes que de ninguna manera eres parte de eso tan especial.

Pensar más en el futuro pudiera ser un buen ejercicio para despertar músculos dormidos de la voluntad. Y no se trata de aspirar a convertirse tardíamente en inventor de la teletransportación ni nada de eso. Es algo más modesto.

¿A qué viene todo este exhibicionismo viajero? Ayer tuve que recordar esos momentos cuando una estudiante de un diplomado de periodismo me asaltó a preguntas sobre el futuro (ella se ha dado a la tarea de recopilar lecturas en www.thamarajimenez.jimdo.com). Y yo, que no sé ni lo que voy a hacer la próxima semana, comencé a pasarla mal, a balbucear torpes ideas hasta que de pronto volví a comprender la importancia de un ejercicio como ese.

Es posible que sea una condicionante latinoamericana eso de vivir al día. Máximo vivir al mes. Con suerte, en general uno apenas alcanza a planificar unas vacaciones. O la compra de algo. Pero no a trazar proyectos de largo plazo con metas concretas. A lo sumo aspiramos: quiero un carro tal, quiero ser miss Venezuela, quiero comer en el Bulli… Nos movemos mejor en el terreno de los sueños y la vida se va improvisando.

Por algo será que los jubilados de algunos lugares de Europa terminan de agotar sus fuerzas con la piel tostada paseando en velero, mientras los de aquí lo hacen bajo el sol esperando en la cola de la pensión.

Ciertamente, en un país que se mueve a paso de cangrejo, la cosa se antoja un reto mayor. ¿A quién le importan los riesgos de la voracidad china?¿Cómo es que vamos a estar pensando en la posible desaparición del formato cd amenazado por el mp3 si lo que tenemos al frente, ahí en los cerros, es un panorama de pobreza y violencia desolador? Pero la llegada de la tecnología innovadora no se detiene, sólo que algunos la recibiremos más tarde que otros. Lo mismo que el futuro, así que lo mejor será ir planificándolo aunque sea de a poquito. A nuestro ritmo. Al menos hay que tratar de imaginárselo.



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