delavid El vino está de moda. Esta frase resume la situación actual de un mercado consolidado, que nos envía mensajes que fomentan el consumo moderado como factor cultural
En los países de tradición vinícola, como son casi todos los de la cuenca mediterránea (Portugal, España, Francia, Italia, Grecia…), el vino siempre ha formado parte de la vida cotidiana de sus habitantes. La evolución cultural del vino supone un cambio social de estos países, pasando de ser un mero sustento energético a un objeto de disfrute. Pero, ¿Qué pasa con los países del Nuevo Mundo, en particular con las naciones sin tradición vitivinícola como Venezuela? La gente quiere saber más, se ha ido documentando, ha buscado alternativas para formarse, y, sobre todo, ha aumentado su consumo.
Por Julio Rodríguez y Randy Cottin

Este incremento en nuestro país, que a muchos ha sorprendido, presenta alternativas cada vez más interesantes en una sociedad donde confluyen muchas descendencias que traen en su subconsciente la gastronomía y las tradiciones del viejo continente.

El hecho de que se consuma vino es importante en sí; pero es en su mayor conocimiento donde radica el máximo disfrute de todo lo que el vino nos puede proporcionar, que es mucho.

¿Qué es lo primero?

Saber de qué uvas procede, de qué zona, qué tipo de vino es… todos estos datos nos ayudan a incrementar su disfrute, pues es esta información la que diferencia a uno de otro.

A la hora de consumir, no se trata sólo de beberlo, no. Se trata de degustarlo: disfrutar del color, del aroma, de su textura, además de su sabor en la boca.

Cada vez que tengamos una copa en nuestras manos, reflexionemos en lo que vamos a hacer: podríamos beberlo de inmediato, claro está, pero estaríamos perdiéndonos de la magia que envuelve cada vino.

No pensemos en este proceso como algo complejo ni apto sólo para conocedores; sin darnos cuenta, este ritual lo hacemos cada vez que vamos a un restaurante o que nos sentamos a almorzar en casa. Pensémoslo de esta manera: cuando el mesonero nos trae un churrasco mariposa término ¾, lo primero que hacemos es observar su aspecto. Miramos si tiene el color adecuado para el tipo de cocción que comandamos, podemos ver si está quemado o simplemente muy poco cocido; luego apreciamos los primeros olores que definitivamente nos hacen agua la boca, seguidamente procedemos a comerlo, percibimos si está a la temperatura adecuada, si está duro o tierno, jugoso o seco, muy salado o no. Generalmente comentamos nuestra apreciación, si sabía mejor el del otro restaurante, si el que comí en Argentina tenía más sabor o simplemente si es el mejor churrasco que hemos comido en nuestras vidas; en fin, degustamos el plato.

Inconscientemente hacemos este proceso cada vez que comemos. Si tomáramos el mismo tiempo para analizar nuestra experiencia sensorial frente a una copa de vino, lograríamos desarrollar aun más nuestros sentidos y estaríamos creando una base de datos mental que nos serviría de referencia para saber qué vino nos gusta, y de esta forma ir edificando un criterio personal educable en el tiempo.

El alma del vino

A medida que evoquemos nuestros sentidos, iremos entendiendo lo que hay detrás de cada copa: el esfuerzo y la dedicación de un grupo de personas que deja su huella en cada grano de uva, que comparte tradiciones e historia con condiciones y climas específicos. Cuando entendamos esto, viajaremos con cada sorbo, nos transportaremos en el tiempo como cuando leemos un libro o vemos una película.

En el vino, como en muchos ámbitos de la vida, en la variedad está el éxito, y es fundamental que la persona que lo pruebe tenga amplitud de miras y mentalidad abierta, para ir asimilando lo nuevo que va a experimentar sin ningún tipo de prejuicio. Es en esta gran diversidad, matices y características particulares de cada tipo de vino, lo que hace de éste un mundo apasionante en el que hay que ir profundizando con mucha atención.

En la difusión actual de la cultura del vino han colaborado los estudios científicos que lo avalan como saludable cuando es consumido con moderación. Ya no es extraño que nuestro médico de cabecera nos aconseje una o dos copas de vino tinto en las comidas diarias, sobre todo por sus demostradas propiedades cardiovasculares, digestivas, antisépticas y antitóxicas.



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