Vivir una ciudad es desnudarla lentamente
Columnistas, José Antonio Saenz Mayo 10th, 2007
Desnudar es vocablo equívoco. A una ciudad (o a una mujer) no basta con desvestirla; es menester caminarla, tocarla, olerla y -sobre todo- alborotar su orgásmica alma. Corremos un riesgo: probar su enigmática fidelidad, como en el caso de la Sultana del Ávila. Pero, infiel o no, hagámoslo despacio. Lentitud es resultado, mientras que apresuramiento es hastío. Ciudad significa vastedad, olvido, fiebre, discurso. Es la Sabana Grande caraqueña, el faubourg parisino, la Avenida de Mayo bonaerense, la Gran Vía de Madrid, la coloquial “dieciocho” montevideana, el kafkiano y lapidario Pynkas de Praga. | José Antonio Saenz
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El horizonte de esta calle tiene curvas de mujer, posee la vastedad del olvido y la precisión de la fiebre
Jorge Luis Borges
¿Cómo es una ciudad humana?
Hace décadas un grupo de arquitectos caribeños le hizo esa pregunta a Alvaar Alto, maestro de la Europa nórdica. Esgrimieron reglas de cálculo y aguardaron una respuesta matemática. Él advirtió: no las necesitan; imaginen a un hombre que sale de su trabajo a las cinco de la tarde. Aún hay luz de día. Camina por el boulevard y se reclina en la torneada silla Thònet de un café al aire libre. El mesonero, más que preguntar afirma: “-¿Lo de siempre, señor?”. Él asiente con la cabeza. Saca un libro y empieza a leer. Un gorrión le recuerda a Edith Piaff y le brinda una migaja del plato que acaban de servirle. Cata el vino que tiñe de violeta el cristal. Admira a la interesante mujer de más de cuarenta que camina sin premura por la acera de enfrente, sin siliconas y con sensualidad. Levanta la copa y brinda por ella. Esa es la dimensión humana de una ciudad.
El boulevard de Sabana Grande
Nació en los setenta, cuando la República del Este se instaló en el mágico espacio que discurre entre Chacaíto y Plaza Venezuela, en el cual se abrieron territorios peatonales. Caracas, convertida en estacionamiento por perversas improvisaciones automotoras, luchó por igualar a otras urbes con espacios para caminar. Contrariamente a lo que el mediocre y global consumismo de hoy pretende imponernos, el andar a pie es uno de los más antiguos placeres del ser humano.
Calle de poetas y pintores
Que nos enseñaron a descubrir el boulevard, la pizzería Vesubiana, la Royal, los intríngulis del callejón La Puñalada, el Gran Café y el Píccolo, con sus perros realengos que se echaban junto a los habitués y espantaban a los forasteros, respetando a un personaje con chaleco, bastón y diez anillos en los dedos. Era el pintor Pascual Navarro, cuyo nombre hereda hoy la calle que sube desde la Casanova a la Solano. Lo vimos explicar, con cálida dureza, el significado de la Perspectiva a una novata que había alzado su caballete frente a los efluvios del cacao de Chuao (el mejor del mundo según los franceses), emanados de Savoy, por entonces “todavía” venezolana.
Allí se daban cita, cerca de la librería “Suma” de Raúl Betancourt, de “Lectura” de Walter Rodríguez, y de “La Cruz del Sur”, épicos personajes que nos presentó García Robles: Denzil Romero, Luis Pastori, Valera Mora, José Ignacio Cabrujas, Chelita Atencio, Luis Britto García, Juan Calzadilla, Herrera Luque, Isaac Chocrón, Paz Castillo, Soledad y Fernando Bravo, Caupolicán Ovalles, Adriano González León, Elvira Orfey, José Ramón Medina, Manuel Caballero, Rafael Cadenas, Eugenio Montejo. Y Oswaldo Trejo, al cual definió Eloi Yagüe Jarque: “él era un aristócrata que manejaba su Volkswagen como si fuera un Rolls Royce”. En ese mitológico escarabajo recorrimos el iniciático boulevard, amuñuñados, violadores de ordenanzas municipales en la alta noche sabagrandiana: Juan Liscano, Arlette Broustaud (en mis rodillas), Salvador Garmendia, Stefania Mosca y Oswaldo al timón.
Una ciudad es multitud
De decisiones. Así sentenció Claude Levi-Strauss: “la ciudad es una multitud de pequeñas decisiones tomadas a lo largo de siglos”. Son las maquetas de Alvaar Alto, del Barón Haussman, de Le Corbusier, de Gaudí. Las de Niemeyer cuando soñó Brasilia, las que dejaron su impronta en el Café Tortoni de Buenos Aires o en el Tupí Nambá de Montevideo. Y las del genio que nos es más cercano: Carlos Raúl Villanueva, quien nos regaló El Silencio y la Ciudad Universitaria, la estética del espacio y la dimensión humana de lo real. Si caminamos por el boulevard de Sabana Grande, hagámoslo sin prisa, porque el peso de tales memorias jamás avalaría el irrespeto de correr.

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