Vivir es acordarnos de que olvidamos algo
Columnistas, José Antonio Saenz Junio 3rd, 2007
El amor, como el vino, es amistad, sexo, tiempo y complicidad
Oriana Fallaci
Amar es mucho más que compartir cama, mesa e indiscretas humedades. Es explorar el arte del encuentro (y conjugar el antes y durante con el después), sin apuros dictados por una mentalidad de línea de llegada. Es eludir la trampa consumista que incita a la búsqueda de hembras de pasarela o de hercúleos machos, como forma de ser exitosos sobre un planeta que se extingue en pavorosa orfandad ecológica. Sin embargo, no todos buscan a esas damitas para sentirse realizados (el mundo está lleno de muñecas plásticas con las que fingir tal cosa). Hay quienes buscan una Mujer para compartir sábana, mantel, sueños, luchas o incluso fracasos. Como lo cantó Benedetti en tiempos de callejeras insurrecciones
te quiero porque vos sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos
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La hija de Friedrich Wiek
Se llamaba Clara y fue una insurrección para su padre. A los quince ya era pianista en la Europa del siglo XIX. Su progenitor era su maestro de música y también el de un joven llamado Robert Schumann. Sobre el marfil del teclado, enfrentando la oposición paterna, las manos de Clara y Robert unieron complicidades codo a codo, cual augurio de múltiples partituras, recetas e intimidades que ambos habrían de desbrozar rumbo a la fama.
Un relato novelado de Abel González rescata esos instantes tecla a tecla, paladar a paladar. Porque Clara y Robert fueron una pareja singular. “Como artistas padecieron estrechez monetaria, pero compartieron momentos sublimes que reflejaron –por separado– en su Diario (él de noche, ella de día), legándonos sus dolores, alegrías, hechos cotidianos y recetas de cocina. Clara compuso cientos de obras a las que sumaría la que cada solsticio le escribió a Robert, aun cuando éste ya había fallecido –en 1856– a la edad de cuarenta y seis años.
Perfume de mujer
Reza el Diario: “Llega de una larga gira de conciertos. Esta vez la separación fue más penosa y ansío el perfume de su piel y de su cocina. ¡Cuánto la amo! Estoy deseando verla, oírla, tocarla, olerla. Tal vez me sorprenda con una nueva canción, de ésas que tanto admiro…”.
Clara aceptó tan seductora invitación del genial compositor y se atrincheró en la cocina para preparar unas perdices estofadas en vino tinto, como sólo ella –según decía Johannes Brahms, otro gigante de la época– sabía cocinar en Alemania.
Sinfonía para una liebre
Llegado el verano Clara hacía cortar en trozos una liebre recién cazada y los doraba en aceite a fuego vivo. Incorporaba sal y pimienta y retiraba las porciones de la llama. En la sartén huérfana, vertía vino Marsala, un tinto ligero y un triste Tocay húngaro, tan melancólico como los violines gitanos adorados por Robert. Con cuchara de madera espesaba la futura salsa.
Al evaporarse el alcohol, agregaba ajos y semillas de kummel. Luego pulpa de tomate y cocinaba hasta que la salsa asumía su punto. Ahogaba en ella los trozos de liebre y les concedía el honor de reposar tapados. La aspersión del perejil precedía a las papas hervidas con piel. Servía el plato a la luz de un sabio acompañante: el entusiasta Beaujolais recién llegado de Francia.
Tan sólo dos palabras
Como dijimos, en 1856 murió Robert sin descifrar los laberintos de la locura. Clara lo guió hasta el final y toda Europa se inclinó al paso del cortejo. Ella compuso la pavana y siguió –por décadas– interpretando las partituras de su compañero y escribiendo el Diario antaño borroneado a cuatro manos.
La última página está fechada el día antes de su muerte: veinte de mayo de 1896, cuarenta años después de la partida de Robert. Con mano apenas temblorosa escribió dos terribles palabras premonitorias: “Allá voy”. ¿Anticipó acaso la profética lucidez de César Vallejo?: “Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya memoria. Me moriré en París y no me corro, tal vez un jueves como es hoy de otoño”.
Johannes Brahms falleció un año más tarde, durante el cual extrañó las liebres de Clara. Pero ella ya era sólo una tecla vibrando desde la noche hacia los espejos, era ceniza hecha memoria del hombre ciclópeo que no apostó a ser exitoso, sino a adorar a una Mujer hasta los tuétanos entre sábanas, manteles y partituras.
En este punto, no puedo dejar de preguntarme si (igual que vivir), morir es acordarnos de que olvidamos algo.

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