SAENZ Una forma de “amor único” es el amor selectivo que busco en ciertas mujeres. Ellas pertenecen a un mismo tipo exclusivo, reconocible como un solo tema poético, intelectual y estético.André Breto
José Antonio Sáenz


saenz_Fragmentos

Es medianoche. El final de la cena entreteje el inicio de larga sobremesa. Se agradece la llegada de un maduro vino para acompañar el postre. El Château Sauternes despliega oro en la copa y miel en la boca. Una medialuz respetuosa se suma a la mudez de celulares y enlazamos nuestras memorias para convertir en diálogo el silencio, asomados al milenario rito del cumpanis, los que comparten el pan, los compañeros.

Sin prisa ni angustia
En el extremo de la mesa un hombre maduro y otro anciano hablan sobre el fútbol sin goles de hoy. Una joven los contempla casi ausente, como si mirara su futura memoria. Mi vecina de mesa comenta un pasaje del libro que acabo de publicar. Cierta vez me tocó caminar junto a su sonrisa, en una galería de artes plásticas, después del comentario de un crítico acerca de sus obras. La madrugada se aproxima y todos coincidimos en que la prisa, el ruido, el consumismo, el calentamiento global y la soledad, alimentan la angustia existencial del siglo XXI.

Saber volar
Mi compañera cree que la palabra y la mirada son el inicio de todo encuentro humano, el cual no suele darse en el día a día, porque estamos atestados de trabajo, de horarios y de películas por cable. O debido a la caótica magnitud de la ciudad. Los otros nos molestan; los usamos o nos usan; nos hacen perder tiempo. Tal conducta nos deja solos, como si en medio de tantas personas –o por eso mismo– cundiera el autismo.

Miro su perfil de diosa de bosques griegos y sin saber porqué recuerdo la película El lado Oscuro del Corazón: “…cuando empiezo a querer a una mujer me pregunto si podremos levitar; porque sólo hay un pecado que no puedo perdonarle a una mujer: que no sepa volar”. Pienso en voz alta que aprender a ser selectivo es lo que separa al hombre del macho de la manada.

El infinito humano
Amanece. La sobremesa llega a su fin. Ni el amor, ni los encuentros verdaderos, ni siquiera los desencuentros, son obra exclusiva de la casualidad. ¿Nos están reservados por lo que unos llaman destino y otros sincronicidad? Es hora del hasta luego. La mujer de muchos nombres me dice: creo en las sobremesas con vino, en la lentitud capaz de liberar la verdadera forma de la piedra, siento nostalgia de un infinito, pero humano. Escribo furtivamente sobre una servilleta de papel y sin que me vea la deslizo en su bolso.

De sueño y fragmentos
Al mediodía ella despierta y mientras finjo dormir lee mi esquela: “volveremos a brindar por todo lo que se pierde y encuentra; esa es la infinitud”. Sonríe, dibuja en la servilleta y la guarda entre las hojas de un catálogo de arte. Sabe que existe un antes, un durante y un después. Presiente que sus coloridas travesuras y ella misma serán las protagonistas de cercanos vuelos, rudos o gentiles, pero siempre “ingrávidos y sutiles como pompas de jabón…”

estamos solos en mitad del abrazo
con una orquídea como única promesa
ambos tenemos algo que ganar
o perder y no lo salvaremos
sin el incendio de los cuerpos.
Los fragmentos de cartas
no pretenden vestirnos
les basta con ser nuestra memoria
y dentro de ellos permaneceremos
mientras el tiempo diga todavía.



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