La compleja sencillez de ir despacio
Columnistas, José Antonio Saenz Abril 2nd, 2007
Lo sencillo, al igual que la lentitud, es un resultado. En cambio, la simpleza y el apresuramiento (que ambos bochornos ostenta la acelerada globalización que padecemos), son estados primarios y elementales que rinden pleitesía a la rapidez y a la cantidad, en desmedro de la calidad y del “tempo”. | José A. Sáenz Astort
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La compleja sencillez de ir despacio
Hay que saber mucho, para ser sencillo e ir despacio.
Quisiera tener esos tres dones.
Gabilondo Pujol
Corremos hacia la llegada
Pero sin haber partido. No hace mucho Alberto Soria nos recordó la ausencia de la apetecible mesa y la pérdida de la buena cama. Es que a la cocina, mantel, sobremesa y sábanas –es decir a la vida– le sobra su mentalidad de carrera. Nos hacen falta más filósofos de la cultura cotidiana, más amantes de las mitologías –la griega y su equilibrio, por ejemplo– y menos doctores en recetas computarizadas, o expertos de pantalla chica, o magos de los colorantes artificiales.
¡Cuánto necesitamos de una memoria ancestral! para nadar contra la corriente, para sobrevivir en nuestras enfermas sociedades, para que nos ayude a condimentar con artesanal cariño un plato o un encuentro amoroso y a desconocer el impertinente úkase del reloj pulsera o el parpadeo autista del monitor.
Reprogramarnos
Pero antes debemos olvidar la incultura del apresuramiento, la cual nos impone que llegar al destino es más importante que el propio viaje. La penetración es lo que cuenta, el erotismo sobra… Sobre tal consumista convicción, cabalga la ansiedad que nos produce el trabajar, comer o amar con mentalidad de línea de llegada.
En el “illo tempore” –la Edad de Oro añorada por Don Quijote– el ritmo circadiano comandado por la hipófisis, garantizaba a las especies una vida sana sin otro horario que el desgranado por el ciclo solar. La sucesión de días y noches pautaba el libre albedrío de la caza, la pesca, la siembra y la cosecha, amplio abanico que no enclaustró el tiempo de comer, de amar o de pelear.
Un egipcio inventó –hace tres mil quinientos años– el reloj de sol, compatible con la libertad humana. Le siguió el de arena y luego la clepsidra –espléndida y bucólica metáfora del tiempo que gotea desde la eternidad–. En eso, alboreó el siglo XIII y un antecesor europeo de Bill Gates, igualmente obsesivo en menesteres de programar circuitos controlados y veloces, se dio a la íngrata tarea de fabricar el reloj mecánico, tatarabuelo del digital con sus terribles segundos luminosos.
Agua de colonia
En 1370 se instaló un reloj público en la ciudad alemana de Colonia. En 1374 se aprobó la ley que fijaba comienzo y final del horario laboral y limitaba a una hora la pausa para el almuerzo. En 1391 se impuso el toque de queda a partir de las nueve de la noche para los forasteros. En 1398 se decretó que sería obligatorio para todos, a partir de las once. En el transcurso de una generación los habitantes de Colonia pasaron, de no saber nunca la hora que era, a permitir que el reloj municipal les dictara cuándo trabajar, cuándo comer y cuándo encerrarse en sus casas. La emigración aumentó y los nacimientos cayeron. Minutero, prisa y apatía sepultaron a la líbido.
El sol no mentía
En 1778, de este lado del Atlántico, en el alba de la era industrial, Benjamín Franklin bendijo el matrimonio entre beneficio financiero y prisa productiva, con un aforismo que sigue vigente en nuestras robotizadas ciudades: “el tiempo es oro”. En realidad fue más prosaico, dijo moneda. Obsecuente al mandato, en 1876 apareció el despertador de cuerda. En el altar de la rapidez se empezaban a extinguir las especies, la ecología y el libre albedrío de la humanidad. Pero el tiempo es terco y sigue fluyendo –despacioso como clepsidra que gotea– de la pluma de Ernesto Sábato, José Saramago y Mario Benedetti. Poemas, cartas y palabras para la Resistencia
Las hilachas de sol ponen a salvo
las esperanzas y las golondrinas
y su luz casi amarilla
se renueva
en el encaje de las estaciones.
El sol de los egipcios no mentía
decía la verdad acerca de relojes
y de selvas dunas mares destruidos
y revela el porqué
de la inminente derrota de la prisa.
Que el sol nos sobreviva,
que sepa dialogar con la tristeza
con la ropa tendida en azoteas
que brille en las cenizas
y en la lluvia lenta
y nos convenza de un amor cualquiera.

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