Gota definitiva
Columnistas, José Antonio Saenz Septiembre 6th, 2007
Lo dejo a las palabras; como un plato de sopa debajo de la cama.
Evodio Escalante
Hemos adoptado tres ídolos reciclables para saciar las necesidades intelectuales de nuestro “modus vivendi” computarizado: la rapidez, una gran pantalla plana y la comida como medicina.
Por José Antonio Sáenz
Autoservicio nutricional
Alguien se para en “Ensaladas”, elige seis florecitas verdes y dice “selenio”, cuando a nosotros nos parecía brócoli; un ejecutivo escoge minuciosamente trocitos de carne rosada mientras musita “omega 3”, cuando usted hubiera jurado que era salmón; una modelo le quita la piel a algo que la hace exclamar “¡potasio!” a pesar de que tiene todo el aspecto de un cambur banano.
El planeta se derrumba al compás del calentamiento global, pero la locutora light con sonrisa white asegura que para el desayuno nada mejor que algas de Madagascar “¡ricas en fósforo!”. ¿Qué se ven horribles y saben peor? ¿A quién le importa tal nimiedad cuando la perfecta máquina de aceleración consumista –nuestro Cuerpo– está en juego?
Dietética
Si va a hacer ejercicios por la mañana tome hidratos de carbono la noche anterior; si tiene una entrevista a las cuatro consuma aminoácidos a las dos; para la depre de las cinco una tableta de fructosa y si no logra conciliar el sueño, ya sabe que son los lípidos de la cena. ¿Dónde quedaron el buen comer y el buen dormir compartidos con alguna personita inteligente y sensual? ¿Tienen cabida en el mundo de la triste dietética? La mente y el cuerpo, sublimación de la Antigua Grecia, se convirtieron en tecnología de alta precisión.
Cae una gota
Ella pica finito la cebolla. Tiene otra mitad sobre su cabeza para conjurar el riesgo de que falsas lágrimas mojen el cuchillo. ¡Qué goteen sólo las verdaderas! las vertidas durante siglos defendiendo su casa. (La cocina encendida es toda su casa). No podría sobrevivir sin esos olores ofrendados a viejos dioses que no supieron impedir que los hombres treparan hasta los mitos primordiales para robar fuego y sabores.
Ella es mujer, bruja, cocinera, amante y reina del fogón alquímico fabulado por Laura Esquivel. Allí, entre probetas transmutadas en cacerolas y sartenes, mezcla lágrimas con pétalos de rosa, chocolate con nueces, cremas aterciopeladas con maldiciones, perdices con salsas misteriosas aromadas por ensalmos. Al final deja caer una gota, la definitiva.
De yantares y altares
Entonces no habrá hombre que no se estremezca, ni mujer que no encuentre su climax. Los sabores se disuelven en la boca como veneno lento que despliega hechizos. Hay un secreto largamente guardado en las hornallas, el “lapis filosofal” de la cocina auténtica.
En las cazuelas de barro gotas de aceite tiemblan como si fueran de mercurio. Los vinos bautizan el mantel con sangre violácea. El sudor que corre por los cuerpos en celo dibuja arabescos sobre las sábanas. Y al contacto ardiente estalla el amor prohibido. La venganza de la mujer transpira amor: es la pasión que genera en el comensal, prosternado ante el altar original.
Autoservice II
En el comedero, la modelo traga su dosis diaria de potasio y se va corriendo cual barbie tras kent. Ostenta curvas infladas por algún bisturí y habla con voz plástica. Existe otro lenguaje, claro, pero lleva tiempo aprenderlo. Por suerte aún quedan palabras –lentas– que sólo entiende la mujer de carne, de agua y de fuego:
Búscame en el barro
y más acá del olvido,
ensúciame las manos
y encuéntrame en tu vino.
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