El tiempo habla cuando el cincel calla
Columnistas, José Antonio Saenz Noviembre 4th, 2006
Es posible tallar un poema con una alegoría, el mármol con un martillo, el sexo con erotismo, la comida con especias, pero tales prodigios nacen de la imaginación transmutada en arte, es decir, del soplo vital que se desliza hacia su encuentro con el desnacer.
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El cincel que enmudece, la redondez de la metáfora, el aroma del plato o el roce de piel con piel, nos anuncian que la obra está terminada, pero que su existencia tal vez recién empieza. Si tocamos con los ojos la escultura, vemos emanar algo más que una sensual textura: ha salvado el primer ciclo, a través del cual alguien extrajo del bloque formas primordiales. ¿Nos debe inquietar la metamorfosis durante su posterior tránsito, cuando el tiempo, después de trances de admiración o indiferencia, la vaya devolviendo al estado de piedra mineral que había sido, antes de ser conjurada por la mágica mano creadora? La respuesta quizá esté en Machu Picchu, ciudad andina del Inca petrificado en martirio y memoria:
cuando la mano de color arcilla
se convirtió en arcilla
y los pequeños párpados se cerraron
llenos de ásperos muros,
quedó la exactitud enarbolada,
el alto sitio de la aurora humana,
la dura vasija que contuvo el silencio:
una vida de piedra
después de tantas vidas
Renacer
Es superfluo recordar que ya no queda ni una estatua antigua intacta, tal como la conocieron sus contemporáneos. Apenas atisbamos en las flechas de Artemisa o en la cabellera de Niké de Delos, huellas ocres que atestiguan su perdida cualidad polícroma. Son ahora objetos de museo, moldeados según el mimetismo de la vida que padecieron; su equivalente a envejecimiento y cansancio. Han cambiado, igual que nosotros, mientras gotea la clepsidra.
Sin embargo, algunas transformaciones son sublimes, porque a la belleza -tal y como la concibió la inspiración artística de esa época- el desgaste y las pátinas le añaden un sentido estético involuntario. Piezas rotas, sí, pero de manera tan acertada que de sus escombros nace otra obra, dotada de un nuevo atractivo, confirmando que el tiempo es sólo una tardanza de lo que habrá de suceder.
Cera del Himeto
Toda la humanidad está ahí, en esa colaboración con el universo y en la lucha contra él, en una batalla donde mente y materia nacen y perecen a destiempo, como en el caso de Pigmalión, rey de Chipre, quien esculpió una estatua a la que llamó Galatea. Enamorado de su obra, se quedó dormido junto a ella. Afrodita entró en su sueño: “mereces la Mujer que creaste”. Despertó, tocó la escultura, sintió que el mármol se ablandaba bajo sus dedos como si fuera cera del monte Himeto a la salida del sol. La atrajo hacia
si: “eres mi obra, ámame”. Galatea ripostó: “desde siempre lo hago ¿nunca adivinaste que era yo quien te esculpía a ti”?
Resurrección
La piedra se hace lenguaje. Un combatiente sin rostro se tutea con la muerte, a solas con su turbante; quiere olvidar, cerrar los ojos al hastío y abrirlos a los radiantes límites del cuerpo. Y desde el mármol humanizado y certero, el hechizo perdurará en múltiples memorias aferrado al duro silencio del hombre y a la insomne voz de la mujer que se negó a vestir su desnudez:
toco las esculturas
de antigua piedra rota
pero cuando rozo tu turbante,
-cicatriz de piedra-
tu cuerpo me responde,
mis dedos reconocen
de pronto, estremecidos,
tu caliente dulzura
y cada herida tiene
la forma de tu boca.
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