SAENZ “Conservar la salud a merced de un régimen inhumano de pócimas y prohibiciones, constituye una enfermedad.” La Rochefoucauld
En toda época se ha hablado más del temor que del placer, pero la que nos tocó en suerte lo idolatra. El consumismo y la obsesión por la apariencia, trasudan miedo ante el riesgo de vivir. En esta encrucijada, la medicina puede desmoronarse si olvida su esencia: ser preventiva antes que curativa. ¿Qué tal si en lugar de televisar pesimistas patologías, dietas absurdas y fútiles cirugías plásticas, nos paseamos por la salud?
Por José A. Sáenz

Curarse en salud
El hombre necesita, además de alguna inevitable píldora, asomarse a la sanación. ¿Contradictorio? Hay contradicciones sabias: cuando en un extremo del mundo nace Gengis Kahn para exterminar pueblos, en el otro lo hace Francisco de Asís para salvar al Hermano Lobo; cuando se levantan los muros lúgubres de I Piombi, el Tiziano pinta Venecia; cuando Savonarola enciende hogueras religiosas en Florencia, Miguel Ángel esculpe la Piedad.

 

Es la vida
Los héroes homéricos curaron su melancolía conversando. Artistas, cocineros y compositores saben que el color, sabor, olor y sonido sanan. Nietzche proclama “Es la vida que excita a la vida”. Thomas Mann escribe Montaña mágica en un hotel/hospital suizo de Davos, al cual se acude en busca de salud. Novelista y médico, piensa que ésta, más que acto farmacológico o quirúrgico, es un pacto entre hombre y naturaleza.

Cosas de Salud
La casa/hospital propone una cita con la vida a través del placer. Un galeno ausculta al visitante en su habitación y procura no ser centro de atención del paciente. La mirada de éste vuela por la ventana rumbo a la cumbre nevada. Tal herencia -griega y árabe- de salutífero optimismo perduró en viejos balnearios europeos: los jardines de Baden Baden pletóricos de fuentes, o las termas alquímicas de Aquisgrán. Quizá no eran stricto sensu, santuarios científicos de la salud, pero al menos lo fueron de la vida, de la mesa y del amor.

Los enfermos, náufragos exhaustos de clínicas tan lucrativas cuanto impersonales, se convierten aquí en seres saludables con nombre propio, capaces de inaugurar eróticos apetitos: comer bien y amar mejor. Por la mañana dejan la habitación, donde no queda un gélido túmulo de terapia intensiva, sino un lecho caliente por el encuentro primordial. Luego se sumergen en las aguas de Salus -diosa romana de la salud-, único momento en el que rinden concesión a reuma o vejez. Después, sus sentidos retoñan para compartir pan, vino y lectura con los demás. Herencia de la medicina que Avicena enseñó en Bagdad, Maimónides en Córdoba e Hipócrates en el santuario egeo de Cos.

Hipócrates y la Tragedia
En Grecia, además del Canon Hipocrático nacieron Tragedia y Comedia: unión de opuestos sobre escenarios que invitan a la catarsis. Actores, pitias y bailarinas de Epidauro y Delfos, hicieron del teatro terapia para exorcizar al pesimismo. Convicción que rubricó Benedetti cuando, imbuido de optimismo -que llamó patria reencontrada- regresó al terruño por fin libre de sombras. Y es que patria y salud son un estado de ánimo.

“Ya sos mayor de edad
tengo que despedirte pesimismo.
Años que te preparo el desayuno
o que vigilo tu tos de mal agüero.
Se te ve tu idilio con la mala sombra
tu manía de orar junto a las ruinas
tu fruición ante el desastre inesperado.
Claro que voy a despedirte
no sé porqué no lo hice antes
será porque tenés tu propio método
de hacerte necesario
y a uno lo deja triste tu tristeza
amargo tu amargura
y alarmista tu alarma.
Ya sos mayor de edad
chau pesimismo
y por favor andate despacito
sin despertar al monstruo”.
Chau pesimismo – Mario Benedetti



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