El discreto encanto de los afrodisíacos
José Antonio Saenz Marzo 7th, 2006
¿Existen los afrodisíacos? Sí, pero –como los dioses– están en nosotros. Al amor, al sexo y al erotismo (tres cosas diferentes), a veces les ocurre lo mismo que a los astros: entran en conjunción zodiacal y arden cual supernovas en éxtasis pasional. Sea o no, la noche de San Valentín.
La neuroquímica del romance
Hay una gran avenida transitada por sustancias que merecerían haber sido descubiertas en sensuales probetas alquímicas. Ella se extiende desde el cerebro hasta las glándulas sexuales, pasando por hipófisis y suprarrenales. Sus esquinas lucen huérfanas de nombres poéticos: endorfina, feniletilamina, dopamina, serotonina, ocitocina, norepinefrina, estrógeno, testosterona. Las alumbra no el tímido farolito del tango arrabalero, sino la chispa del deseo.
Tal incandescencia se propaga de forma diferente, según se trate de la linealidad puntual y acelerada del varón –obsesivo cultor del orgasmo fálico– tan distante de la circularidad femenina, plena de crecientes fantasías táctiles y auditivas, rica en múltiples “climax” cerebrales que estallan lentamente para disfrutar el antes, el durante y el después. Por ello es que el varón sólo “conoce”, en tanto la mujer “sabe”. El hombre “empuja” la historia; la hija de Eva “es” la historia.
¿Cuánto dura el deseo?
Las abuelas cuchicheaban que la “luna de miel” duraba un año y que después venía la “picazón del segundo”. Eufemismo por un hastío que hace ver más verde la grama del vecino. Hoy sabemos que los mediadores químicos van “apagándose” después de estímulos reiterados. La falta de imaginación de las parejas para crear nuevas atmósferas eróticas, sumerge la pasión sexual en rutina con horario establecido. El tedio de los amantes olvidó al pícaro “Eros”, experto en avivar rescoldos al ritmo del encanto de la palabra, de la caricia no habitual, del humor y de la relampagueante ocurrencia imprevisible.
Las feromonas que hembras y machos emitimos a través de la piel para atraer al sexo opuesto, con el paso del tiempo menguan su efluvio embrujador. Los antiguos griegos las llamaban “pherós” (lo animal), aludiendo al instinto que incendia los cuerpos. Cuando se extinguía su chisporroteo los dioses recurrían a la ambrosía, inmortal filtro de amor del Olimpo.
Chocolate para la mujer oceánica
A lo largo de milenios, la humanidad ha recurrido a insólitas sustancias para inducir embriaguez amatoria: desde cuerno de unicornio hasta raíz de mandrágora. El arte lírico recoge leyendas sobre mágicas pociones. En la ópera de Donizetti “L’elisir d’amore”, el doctor Dulciamargo vende a Nemorino un filtro garantizado para tornarlo irresistible a los ojos de Adina. El rojo elíxir resultó ser una botella de vino de Burdeos, la cual añadió el toque adecuado en el momento preciso. Por lo demás, ella ya admiraba a Nemorino, quien como clásico macho descubrió demasiado tarde que, para la mujer oceánica, el amor no comienza por la apariencia sino por la admiración intelectual.
La cara oculta de los filtros se nos revela en “Tristán e Isolda” de Wagner. Cuando Tristán la escolta en una barca que la lleva de Irlanda a Cornualles, donde contra su voluntad habrá de contraer nupcias con el rey, Isolda decide suicidarse. Manda a su doncella por veneno, pero ésta, por error, trae un pomo de brebaje amoroso que la protagonista bebe a grandes sorbos, no sin antes persuadir a Tristán de compartirlo y morir juntos. Ambos quedan imantados, anudan sus cuerpos y tras cuatro volcánicas horas su destino se resuelve trágicamente. Cabe conjeturar que su suerte hubiera sido otra de haber podido degustar un bombón de chocolate –estimulante y antidepresivo– durante la apatía del después.
La pequeña muerte
Afrodisíacos y elixires hacen honor a su nombre. El uno viene de la piedra preciosa –“aphrodisiakos”– que Zeus obsequió a Afrodita. El otro, de un sonoro vocablo árabe: ”liksîr”, el “lapis” filosofal buscado por los alquimistas, capaz de transmutar el plomo en oro y de integrar al ser humano a la plenitud de una probeta, es decir, del cosmos. Sutil alegoría del orgasmo, al que los franceses llaman “petit morte”. Quizá para distinguirla de su hermana mayor. La que nos aguarda sin prisa, para fundirnos con ella y el universo en un postrer encuentro clandestino, al que nosotros los hombres (“de la noche venimos y hacia la noche vamos”), acudiremos sin ropas ni afrodisíacos, para acostarnos sobre la madre tierra con esa última y tan poco celosa mujer.
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