El agua horadó la piedra
Columnistas, José Antonio Saenz Noviembre 7th, 2007
Dijo la diosa de las aguas:
yo soy Tuná-chirén-piá,
Madre de los ríos a los que han maleficiado
y llenado con alimañas y excrementos.
Mitología Makunaimá
Nuestro planeta se seca al ritmo del consumismo. El cambio climático, el efecto invernadero y la contaminación ambiental generada por países industrializados, derrite glaciares y agosta ríos. Las rocas se yerguen sobre una ecología marchita. No son mudas, hablan la lengua milenaria de los petroglifos esculpidos por nuestros antepasados. No terminamos de aprender que nosotros no heredamos la tierra de nuestros antecesores, sino que se la pedimos prestada a nuestros hijos.
José Antonio Sáenz
Los dioses se quedaron a oscuras
Antes del comienzo reinó el caos, que anticipó en millones de años las formas humanoides. Una de ellas se puso de pie y fue el inicio: mano, tiempo, lenguaje.
Mano que aguzó destrezas para modelar el mundo que emergía del barro primordial. Lenguaje construido desde la noche de los tiempos, esculpido en piedra o burilado en papiro y metal en procura de la comunicación. Tiempo que es memoria colectiva del prometeico robo del fuego y que sigue vibrando en cada palabra, en cada arpegio, en cada escultura, en cada racimo transmutado en vino que tiñe de violeta dos cuerpos que sudan entre manteles y sábanas.
El mensaje nos llega con los petroglifos, esculpidos en el ayer por el más poderoso instrumento creativo del ser humano: la imaginación.
Arquetipos
La imaginación convirtió en mito los cataclismos de la antigüedad: erupciones, glaciares y maremotos. Árboles perennes perpetuaron a los muertos, las aguas empaparon a la humanidad entre el Tigris y el Éufrates. Las rocas se maquillaron con pinturas rupestres.
Desde la mano esculpida en la gruta de Gargas hace cuarenta mil años, la piedra ha seguido hablándonos a través del bisonte de Altamira o de los renos de Lascaux, dibujados hace veinte milenios.
Petroglifos venezolanos
También aquí -en la llanura, sobre el macizo andino o entre ríos, selvas y tepuyes del sur venezolano- las rocas esconden señales pulidas por el transcurrir de las centurias.
Signos tallados por los primeros pobladores de nuestra comarca, cuya historia real -para siempre perdida- sólo podemos conjeturar a partir de símbolos solares y acuáticos, figuras zoomórficas, espirales y siluetas. Son testimonios de alegrías, sueños y tristezas, aunque ignoremos su significado original.
Cincel y piedra
Convoquemos a la imaginación y a la memoria colectiva para rendir tributo a nuestros antepasados. Porque ellos, los primigenios -nunca primitivos, aunque así los califique la moderna sociedad, acelerada y autista- sintieron la necesidad de dejarnos su palabra hecha piedra desgarrada.
El retorno del agua
Fue su tiempo, fue su mano. Es su lenguaje de roca y maíz, que aún nos habla desde la profunda identidad amerindia. Escuchemos
Yo que soy también
aquella Tuná-peruruk-piá
a la que los hijos de los hombres
llamarán para calmar su sed;
yo, con mis grandes tetas
y mis grandes nalgas
echaré afuera al invasor
de extraño hablar.
Y volveré limpias las aguas.
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