saenz_codice

Si muere la estética, morirá la ética
Y cada uno de nosotros será culpable
ante todos, por todos y por todo.
F. Dostoievski|
| José A. Sáenz Astort

Technorati Tags: , , , ,



La cita –secular– no es novedosa: toda ética supone una estética y viceversa. Tan áspera afirmación ofende al acelerado y global mundo nuestro de cada día, en el cual lo urgente relega lo importante y donde el pensar es hábito enmohecido por una subcultura de telenovela.

Tres ranas
Leonardo da Vinci advirtió: si perdemos el ocio intelectual –lento fluir del tiempo creativo– perderemos el rumbo ético y estético. No se refería a la Mona Lisa sino a un divertimento de su ingenio: cubitos para preparar sopa de buey. Evitó darlo a conocer. Tal vez temió que –de difundirse– la Florencia renacentista pudiera dar la espalda al plato que cocinaba, con Sandro Botticelli, en la posada Tres Ranas: sopa de nabo y castañas a la menta. Por ahora guardemos el secreto.

Tótem y tabú
El culto a la velocidad y a las compras compulsivas –rayano en el autismo– nos priva del equilibrio ecológico y del sutil “in crescendo” orgásmico entre sábanas y manteles. Secuestra la esperanza de una quieta mirada sobre libros o pinturas y nos prohibe caminar sin prisa, única forma de redescubrir las calles de una ciudad cualquiera.
Niega nuestra condición de criaturas rítmicas, el ciclo estacional de la vegetación, el metamórfico de los insectos, la sucesión de pleamares y solsticios y la transmutación de uvas en vino.

Un instante de amor
Regresemos a Leonardo, quien tuvo un único instante de amor en su vida. Lo compartió con una dama de enigmática sonrisa que pasó a la historia con el nombre de Mona Lisa y que él inmortalizó en un cuadro que llamó La Gioconda, uno de los más pequeños y espléndidos de la historia. Ya viejo, eligió morir sin prisa abrazado a esa tela desde la cual lo miraban para siempre los ojos de una mujer con equívocas respuestas.
El Codex Romanoff recoge la divertida invención, que vino a sumarse al cuarto diente del tenedor y al sacacorchos, con el que logró extraer el tapón –madera y cera– que entorpecía la cata de un rudo tintorro de Siena.

Receta para cubitos
“Hoy se me ocurrió hacer pastillas nutritivas. Debemos sumergir un buey o una vaca, lo mismo da, en un gran caldero con agua hirviendo en el que se habrán puesto zanahorias, puerros, apios y bayas de enebro. Se lo dejará cocer durante un día. Se lleva la carne a una prensa y la pasta resultante se reparte en recipientes de dos centímetros de alto. Se deja enfriar y coagular. Cuando está sólida se corta en pequeños rectángulos y se guarda. Llegada la ocasión, se agregan pastillas al agua caliente y ellas darán un caldo”.

¿Feliz acontecimiento?
Leonardo –al igual que Paracelso con su vademécum– no difundió su recepta. Hubiera hecho naufragar la magia del Renacimiento. La misma que descubrió en la mujer pensamiento y voz. La que exploró la estética femenina: ojos, nariz, labios, nuca, cuello. La que se rindió ante la armonía de muslos, cintura y senos naturales. La que preservó el circular mandala de un ombligo no profanado por barrigas succionadas.
Cinco siglos después nuestro medio ambiente agoniza (Al Gore dixit). El rey Consumo y su consorte Rapidez anuncian el nacimiento de una missesita sin pan bajo el brazo. Trae un container con hornos de microondas, siliconas para escorar mamas, relojes digitales, pastillas que aceleran la eyaculación precoz y tabletas efervescentes para prevenir infartos o evitar el retoño de neuronas. ¡Ah! y también ofertas de cubitos para preparar sopa de pollo sin olor a pollo.



Deja un Comentario

blank
Cerrar
E-mail It