saenz_fenixnobajaDécadas atrás era raro un partido sin goles. “¿Cero a cero? dos bostezos”. Ahora, los once jugadores se la pasan colgados del travesaño para evitarlos (y sin ganas de hacerlos). Ya no se admira el “dribbling”, sino la rapidez o el absurdo de una definición por penales. Y sin embargo, el fútbol es espera.
El gol es el orgasmo del fútbol y al igual que él, es poco frecuente hoy día.
Eduardo Galeano
Por José Antonio Sáenz

Los orígenes
En China, 2000 años a.C., se llamó “Chu Tsu”. Los arcos eran bastidores cuadrados de seda de diez metros por lado, en cuyo centro un agujero de cincuenta centímetros desafiaba a una vejiga empujada por manos y pies.

En el 500 a.C. los celtas lo jugaron en las Galias y en la Isla de Bretaña, con el nombre de “Soule”. Un niño nació en Belén al rielar de un cometa, mientras las legiones romanas practicaban “Harpastum”. Dos siglos después mayas prehispánicos persiguieron pelotas de madera. Los japoneses lo llamaron “Kemari” en el siglo VI d.C.

Mano y pie se divorcian
Inglaterra, Rugby, 1823: William Webb cruza la meta con el balón en las manos. ¿Consecuencias? Cambridge, en 1840, dicta las 17 reglas del fútbol, “el juego de los pies”. Llega 1863 y en la londinense taberna Freemason se bautizó la “Football Association” y su pelota oficial: 71 centímetros de circunferencia, 453 gramos, cosidos a mano sus 18 gajos de cuero. Corre 1898 cuando gerentes ingleses de trenes y frigoríficos, lo juegan en Montevideo y Buenos Aires. Buen alumno, Uruguay fue campeón Olímpico en el París de 1924 y lo festejó en un hotel con Gardel y tangos. El lauro repitió en Amsterdam 1928. Y en 1930 la celeste gana el Primer Mundial: 70.000 hinchas afónicos en el Estadio Centenario de Montevideo durante la final con Argentina.

El corazón late en las gradas
La explicación para la tensión y fanatismo que lo acompañan como la sombra al cuerpo, es que se disputa en tiempo real. Empieza y se extingue en noventa minutos: cual metáfora de nacimiento y muerte. El tiempo transcurre igual que en la vida. Coincide el segundero del jugador, con el reloj del aficionado.
Por ello es el deporte que apasiona a los pueblos. Al ser real, el lapso de juego engendra una doble agonía: la de las incidencias del partido y la del enfrentar al tiempo que se agota –inexorable– para el espectador, a diferencia del béisbol, que acontece en el sintiempo.

Pitazo existencial
Cuando el hombre descubrió que su vida era limitada, empezó a vivirla angustiosamente. La invisible vigencia de la finitud, pesa sobre quienes crecemos bajo el signo de la temporalidad. No así los niños, árboles, animales y golfistas; ellos son inmortales: ignoran que existe un final.
El fútbol es más dramático que cualquier otro juego porque su tiempo corre a la par de la existencia humana y se presiente un término casi sin descuentos. Cuando la diferencia de goles es abrumadora la tensión psíquica cede, porque el tiempo resbala a un segundo lugar. El resultado se anticipa y algunos abandonan el estadio. El juez pita y el pulso se aquieta.

Área chica
Se extinguen los noventa minutos y sólo queda el no menos amenazante plazo del vivir. Pero ante éste, la aporreada clase media –al igual que los sectores humildes, también afónicos de gol– cuentan con otros recursos, no para derrotar al tiempo sino para paliar su injusta y gris rutina

ante tu arco se formó un tumulto
de breves y sensuales pantalones,
baile de piernas y príapos con bulto
sin otras pretensiones
que dibujar arte con sutiles dones



Deja un Comentario

blank
Cerrar
E-mail It