¿Y el hombre? Tampoco, porque tiene la edad de la mujer que ama. Por ello a lo largo de siglos, célebres amantes -masculinos y femeninos, que no es cosa de hacer del género un punto de honor- se las ingeniaron para sortear la paradoja de las añadas dispares.

De la cama a la mesa
Condensar la alquimia mercurial de cama y mesa es algo que lleva tiempo y tempo. Los comensales y los amantes no se improvisan. Son mujeres y hombres capaces de transmutar el amor en arte y la comida en poema, para lo cual debieron crear previamente un universo y –con imaginación y memoria– reinventar su topografía a fin de poder tropezar mejor entre sabores, olores y estados de ánimo. Así se llega al abismo del ser, al abrazo con hambre cósmica, al climax reflejado en cámara lenta por un espejo embrujado.

Desde una edad a otra edad
Son los elegidos para invocar la experiencia, siempre lenta, siempre sabia. Como Carlitos Chaplin, que celebró sus ochenta con la llama mágica que procreó a Geraldine en el cuerpo de su enamorada treintañera, gran cocinera por añadidura. O Cleopatra, reina adolescente de Egipto que hizo retoñar pecaminosas erecciones en el anciano César, Emperador de Roma, a quien luego canjeó, al cumplir los cuarenta, por el veintiañero Marco Antonio, para enseñarle artes amorosas, saborear perlas disueltas en vinagre y conjugar por último, al unísono, la palabra suicidio.
O Federico García Lorca, nacido en Granada quince años después de que lo hiciera en Barcelona la mítica Margarita Xirgu, para la cual escribió “Yerma” durante su viaje a Montevideo en 1934, sin imaginar que a esa ciudad llegaría la gran solitaria del exilio para inaugurar la escena uruguaya con el gesto y la voz que una vez le prestara al poeta de los gitanos:
“En el río de la sierra
la doncella se bañaba.
Desde el agua le subían
los caracoles del agua.
¡Ay, qué desnuda estaba
la doncella en el agua!”.

Venecia con brótola
Corría 1833 y la joven Aurore Dupin (feroz feminista que firmó con el seudónimo de George Sand), vivía un romance con Alfred de Musset en la ciudad de las góndolas. El idilio fue turbado por una discusión: ¿a la merluza al champagne le sientan o no el ajo y el perejil? Otro incidente tuvo que ver con el ars erótico y gastronómico. El poeta amaneció con fiebre y llamó a un médico. Al ver entrar al galeno, sesentón, barba blanca, palabra envolvente, la escritora sintió un desasosiego. Y sin escuchar su diagnóstico se lanzó a una polémica sobre la famosa merluza, que él cortó con una sugerente expectativa: “Usted, signorina, no sabrá lo que es comer hasta que pruebe mi brótola”.
Aurore aceptó el reto. Dejó a Musset y vivió una aventura de sexo culinario con el médico. Pasaron tres semanas y regresó. Un lloroso despechado le preguntó el por qué del retorno. Ella respondió enigmáticamente: “Ya he comido todo lo que tenía que comer”. El poeta no quiso profundizar en la metáfora.

Llegó como una magia
Ella había aprendido a oficiar el arte de una cama sin prisas. Antes ardió en la cocina, donde el médico le enseñó la brótola al cartoccio. Manos masculinas –hechas para curar, pero también para menesteres más sabrosos– guiaron a las suyas hasta poner la brótola sobre un papel encerado, rellenarla de cebollas, morrones y un peperoncino. Vestida con aceite de oliva, perejil, alcaparras, nueces, zumo de limón y mantequilla, fue encerrada en papel y llevada a horno fuerte. El galeno abrió un Tocai de Lison, blanco seco del Véneto.
Años después Aurora, metamorfoseada en George Sand, escribió que tras ese plato y ese vino estaba dispuesta a todo. Durante tres semanas, el médico volvió a tener treinta años (la edad de su fortuita amante). En sueños, hasta el día de su muerte recordó el encuentro que destejió su edad:
¡No corras, aún hay tiempo,
que a dónde tienes que ir es a ti solo!
¡No huyas de la vida de la muerte,
ven a vivir conmigo
mi muerte de vida joven!



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