CG_SEP Como toda ciudad importante, Caracas, que por estos días anda de cumpleaños,  tiene sus iconos. Aquellos lugares infaltables en las fotos turísticas, y que no obstante su trascendencia, suelen ser vistos con cierta indiferencia por los habitantes de la urbe.
Por décadas, las torres del Centro Simón Bolívar fueron emblemáticas como postales de la metrópoli caraqueña, hasta que el tiempo y las nuevas construcciones las dejaron atrás. De la tierra brotaron las torres de Parque Central, con sus 60 pisos, sus moles inmensas, y los centros comerciales que, convertidos en las ágoras griegas de la contemporaneidad, son buenos para el encuentro de los citadinos. Sólo el Ávila ha sido, ayer y hoy, y por siempre, insustituible como símbolo de la gran urbe.
Por Cristóbal Guerra

El estadio Olímpico también forma parte de la iconografía capitalina. Porque a su tradición de escenario futbolístico predilecto, con todo ese pasado de grandes equipos y geniales jugadores que han pisado su césped, se une el hecho nada sencillo de haber sido declarado por la Unesco, junto a todo el conjunto de la Ciudad Universitaria, patrimonio cultural de la humanidad.
Sin embargo, la reciente Copa América no fue condescendiente con todos esos pergaminos. Al estadio recién remodelado para la ocasión le fueron otorgados sólo dos partidos, uno de semifinales y el del tercer lugar, que terminó siendo sólo este último. La batalla de semifinal le fue entregada a Maracaibo, y tal medida sólo contribuyó a agriar aún más el ánimo del caraqueñismo.
Heridos en su orgullo, los aficionados de la capital pasaron día a día por el puente que une a los estadios ucevistas con Sabana Grande, y miraron con un nudo en la garganta hacia sus remozados graderíos, totalmente vacíos. Palpaban aquella soledad de desierto, la desolación de la injusticia, y lamentaban el irrespeto. Y recordaron a Pelé, a Garrincha, a Di Stéfano y a Gento, a Puskas y a Jairzinho, a Marzolini y a Trapattoni, las pequeñas copas del mundo que montaban empresarios que, como Damián Gaubeka y Agustín Lisbona, daban a la ciudad los bocados de fútbol más exquisitos, vívidos en las camisetas del Real Madrid, del Santos y el Botafogo, del Barcelona y el Peñarol, del Nacional de Montevideo y del Benfica. Dios, cuántas leyendas, y cuánto desconocimiento de la historia por parte de los que le negaron a Caracas su fútbol americano.
¿Y qué decir de los grandes días del Deportivo Portugués, del Deportivo Italia, el Galicia, el Canarias, La Salle, Loyola, Estudiantes de Mérida, Táchira y todos aquellos equipos del fútbol nacional que dejaron sus pasos marcados en la mítica cancha?
El Olímpico sigue rodeado de su soledad, pero tal vez le vengan tiempos mejores. La expansión del campeonato nacional de 10 a 18 equipos podría revivir en su gramado impecable antiguas rivalidades, y alimentar nuevos antagonismos, porque nada como el Olímpico para vivir una tarde dominical de fútbol. Tan cerca de todo, aquella vista de la ciudad erizada de edificios, aquel Ávila de imponencia al fondo del cuadro. Aquel salir a las seis de la tarde a tomar un trago con chistorras y quesos para discutir del partido: si el gol estuvo bien anulado, si el puntero le hubiese dado la pelota al compañero, el penalti que no fue, la victoria y la derrota, la grandeza y la miseria.
Dicen que por los bajos del Olímpico deambulan fantasmas del pasado. Que se oyen gritos de gol y voces de técnicos que dan órdenes a sus jugadores. Que dentro de los camerinos los futbolistas cumplen sus rituales de superstición o de fe. Que junto a la reja que separa la pista de atletismo de los vestuarios se alinean cada tarde dos equipos para la supervisión de los árbitros. Que hay unos espíritus que invocan por la vuelta al fútbol a su escenario más querido.

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