El anuncio fue esperado por el país como aquel que aguarda por la llegada de un familiar cercano al que se tiene mucho tiempo que no se ve.
Porque, de cierta manera, Johan Santana se ha convertido para los venezolanos en ese hijo pródigo que siempre está por volver. Ese amor de vida que retorna para aliviarnos, para masajearnos el alma con sus conquistas desde el montículo del pitcheo, y con la suave brisa de su sonrisa luminosa.
Se va cada febrero a los campos de entrenamiento de las grandes ligas, y durante los seis meses de la temporada mantiene a los venezolanos asidos a su guante de color oscuro, a su barba de candado, a su actitud fiera pero no insultante. Y después regresa; sí, regresa “con el sol en la maleta”, como suele decir la cantautora canaria Rosana, y los venezolanos ven renacer su derecho a soñar.
El “efecto Santana” se parece demasiado al “efecto Vinotinto”, aquel de la selección nacional de fútbol que en cada Premundial levanta polvaredas de ilusiones. Con uno y otro la fe ha renacido, tal vez como jamás en la historia del deporte nacional. Y tal vez, como nunca en el entramado social del venezolano, que se ha unido alrededor de esos de estas dos utopías: no se es oficialista u opositor, sino que se es vinotinto y se es santanista. Y eso está por encima de todo.
El segundo premio Cy Young obtenido por Johan Santana trajo consigo la magia de lo esperado, diferente al primero en 2004, cuando se pensó que era hasta ahí: ese no más “porque de seguro que van a salir algunos gringos mucho mejores que él”, se oyó decir. “Ya los deben de estar preparando en las ligas menores”.
Pero han pasado dos años y que se sepa, aún no ha aparecido “algunos gringos mucho mejores que él”. Santana se empinó por encima de las barandas de su inicio de temporada, débil, lleno de dudas, para convertirse en el pitcher imbatible que fue después del Juego de las Estrellas disputado en julio. Afinó su puntería, afiló los cuchillos de sus lanzamientos cortantes, y puso veneno de cicuta en sus cambios de velocidad, para frustrar aquellos bates que, en su impotencia, daban al aire golpes de frustración.
Con Johan Santana comienza a pasar aquello que vimos y sentimos en los días de las hazañas de Andrés Galarraga. Cada turno de “El Gato” era la vida de cada uno de los venezolanos, el aire para respirar, y se disfrutaban sus jonrones y se vivió su título de bateo en 1993, como si aquella gesta fuese la propia liberación del alma.
En sus comienzos se hablaba de él como “El Gocho”, aquel moreno de hablar pausado y andino que el Magallanes había descubierto en el paraje andino de Tovar. Jugó en las partidas de la calle, en la pelota de categorías menores, hasta que llegó al profesional con la marca del elegido. “Ese zurdo no puede fallar. Va a llegar hasta donde quiera llegar”, opinaron los scouts que sentían en cada pitcheo de su figura juvenil, el peso de sus kilates.
De cierta manera, el galardón de Santana da aliento a la voz de la calle, al venezolano común que sigue soñando la consolidación de un país vivible, de una patria amable. Y fue el colofón de un año difícil, de diatribas y contrastes, pero que ha conseguido en el arte y el deporte los colores de la existencia: Gustavo Dudamel con la batuta magistral de la dirección sinfónica, Mayré Martínez con el trino de su voz única, el cine nacional con los éxitos de Secuestro Express y Elipsis; Omar Vizquel con su eterno Guante de Oro, Miguel Cabrera con su bate de Plata, Johan Santana con su Cy Young, Juan Arango con sus goles de estruendo.
El deporte, que ya se ha consolidado como un actor social fundamental, como un factor insoslayable del quehacer cotidiano de la venezolanidad, insurge de cuando en cuando para volvernos a decir que es capaz de ofrecer alegrías sin cobrar un centavo, y de entregarle a la gente tipos como Johan Santana; Johan Santana, el zurdo imbatible.

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