colum_cristobal_002 El Masters de Augusta, considerado el templo del golf universal, lo máximo del deporte de los greens y los bastones, fue el escenario propicio para que insurgiera Trevor Immelman, un jugador surafricano que, sobreponiéndose a una operación en su espalda, no sólo alzó la copa de la victoria, sino que frustró todos los intentos de Tiger Woods, la leyenda de las leyendas de los hoyos y las pelotas blancas.
Por Cristóbal Guerra

El resultado del importante y muy famoso torneo golfístico, jugado el mes pasado, no pasaría de apenas eso, un marcador de tantos que se dan durante el año, si no fuera por el significado que arrastra la caída de Woods. Que un tipo como él, el invencible del golf, sienta que la derrota es posible, de cierta manera lo baja de su pedestal y lo coloca en una difícil posición. Además, le ha hecho ver que él también es humano y que puede estar parado en el filo del acantilado, por mucho Tiger Woods que sea. Tal vez este contraste no signifique el comienzo del derrumbe del astro de 32 años de edad, pero sí un aviso de alerta.

Lo más importante de todo esto es su conexión con una realidad que no se puede discutir: idos Pelé, Cassius Clay, Michael Jordan, Diego Armando Maradona, Michael Schumacher y Barry Bonds, Tiger Woods es el último de los mitos, el grito de posteridad de un deporte mundial que necesita, con urgencia, la aparición de los nuevos monstruos, aquellos semidioses capaces de cumplir hazañas épicas y de convertirse en símbolos de una sociedad que los hace, en simultáneo, objetos de idolatría y de consumo.

Tras la derrota del “Tigre” en Augusta, ya se han encendido las alarmas en las voraces maquinarias de la promoción deportiva. Las fauces de aquella bestia llamada mercado se han abierto a más no poder, porque requiere de alimentos que le calmen el apetito. Allá afuera hay miles de millones de aficionados dispuestos a consumir lo que les pongan enfrente, si ese bocado es lo que ellos requieren.

El fútbol asoma a Lionel Messi y a Alexandre Pato; el basquet, a LeBron James y Carmelo Anthony; el automovilismo a Lewis Hamilton y Felipe Massa, el beisbol a Albert Pujols y Johan Santana. Son jóvenes que apartan la maleza y se abren paso hacia los grandes objetivos, pero frente a ellos se erigen dos obstáculos enormes: ¿Podrán mantener su alto nivel durante años, lustros y décadas, para conseguir el mismo reconocimiento de los legendarios? ¿Y el carisma, tienen ellos el carisma del muy extraño Jean Baptiste-Grenouille en El Perfume? ¿Disponen de ese carisma que pone de rodillas a las masas?

Porque Pelé, Clay, Jordan, Maradona, Schumacher y Bonds fueron favorecidos con el aura divina de sus personalidades y formas de ser, cada uno a su manera. Sus imágenes imantadas les llevaron a territorios impensados, y hoy son parte no del deporte, sino de la historia universal de la humanidad.

El deporte, por su naturaleza lúdica, es proclive a encumbrar a sus mejores hombres. Pelé fue el dios de la unanimidad, pues en su momento nadie se atrevió a cuestionar su pedestal de mejor jugador de la historia del fútbol. Clay, el campeón peso pesado que llegó al alma humana por su calidad y su negativa a ir a la guerra de Vietnam. Jordan, el revolucionario del básquet, el ángel de la espectacularidad. Maradona, amado y odiado, pero único en su generación de grandes futbolistas. Schumacher, el bólido rojo que deslumbró e hizo de la Fórmula Uno un deporte universal. Bonds, el “Maradona” del beisbol, el rompe récords capaz de hacerlo todo en un diamante.

¿Podrá esta versión de atletas del siglo XXI, llegar hasta los cielos de sus antecesores? El deporte, como parte del tejido de la sociedad, los añora. Y las grandes marcas de ropa, la televisión satelital, las transnacionales del deporte, mucho más. Mucho más.



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