colum_brachoExiste el concepto generalizado de que la actividad gremial empresarial y sus organizaciones, no son sino clubes de negocios en los que sus afiliados, sólo comparten intereses grupales que se orientan exclusivamente a defender el éxito de sus respectivas empresas o actividades. Siempre he pensado que tal concepto es errado e injusto, porque la experiencia que yo he podido vivir en ese sentido ha sido muy diferente, y recientemente tuve la oportunidad de constatarlo.
Por Joel Bracho Franco

Para muchos lectores de “Sala de Espera” seguramente será una novedad saber que el muy querido Yamandú Botella, nuestro editor, personaje que tiene más historias que la ciudad desnuda y una vida intensamente vivida, alguna vez tuvo a su cargo la coordinación, manejo y montaje de todos los eventos públicos y privados de la entonces Cámara Inmobiliaria de Venezuela, hoy llamada Cámara Metropolitana, así como la imagen institucional de dicha institución.

Mi actividad profesional me ha vinculado durante largo tiempo a esa Cámara y fue allí donde conocí a Yamandú, poco antes de que se convirtiera en editor de la recordada “Revista Inmuebles y Negocios”, aventura en la cual también lo acompañé escribiendo artículos de naturaleza técnica en torno a aspectos legales de la actividad inmobiliaria.

En aquellos tiempos, bastante menos tormentosos que los actuales, la actividad inmobiliaria, pese a sus altibajos, permitió conformar un ambiente lo suficientemente grato en ese entorno gremial, como para que a su cobijo pudieran surgir y crecer grandes y buenas amistades.

Pues bien, nuestro ahora merecidamente próspero e incansable trabajador, Yamandú, tuvo la felíz ocurrencia de convocar a un grupo representativo de aquellos tiempos, para congregarnos en torno a unos de esos destilados que tanto gustan por estos lares y que ahora el que te conté amenaza con desterrar porque, según él es una bebida imperialista, pero de aún más rancia catadura porque proviene de la Bretaña, los cuales sirvieron para acompañar unos sabrosos condumios que le servían de contrapeso, porque incluían al siempre popular y criollísimo tequeño, champiñones de las tierras merideñas, camarones de nuestras costas caribes y algunas carnes troceadas y sabrosamente adobadas, provenientes de nuestros mermados rebaños de vacunos.

Como comprenderá el amigo lector, la invitación era tentadora, de modo que uno a uno los conjurados nos fuimos arrimando al mingo, se puso lindo el caney como dice el poema, y hasta una valiente Rosalinda se apareció para mejor adornarlo, lo cual hacía falta porque en torno a la barra lo que había era puros feos.

No estuvimos todos, pero sí la mayoría, y el ambiente fue propicio para que, luego de habernos atormentado recíprocamente con algunas estadísticas de mercados locales y foráneos, escuchar las preocupaciones manifestadas porque “la cosa se está poniendo fea”; ¿y tu papá italiano no me podrá adoptar después de viejo, a ver si me dan un Pasaporte europeo?; y fulano dice que no haya qué hacer con las casas que estaba construyendo en el Norte, pero que ahora que está montado en el burro no le queda sino arriarlo y aguantar; y cómo iremos a quedar después de la “deforma”; etc., etc, pudiéramos pasar a simplemente disfrutar de la amistad compartida y a darnos cuenta, de manera imperceptible, que por un rato volvimos a ser los venezolanos de siempre, gratos, cordiales, mamadores de gallo y siempre dispuestos a compartir la picardía de un chiste, que se agradece y celebra con la sabrosa y colectiva carcajada.

Gracias Yamandú. Tú, venido de otras tierras hace ya muchos años y que supiste consustanciarte totalmente con los venezolanos, nos hiciste reencontrar para reencontrar también ese modo de ser y de vivir que nos caracteriza, y que no podemos estar dispuestos a perder.

Fue, ciertamente, un reencuentro grato.

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