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Entre las maldiciones gitanas debería figurar, en puesto destacado y con letras grandes, OJALÁ TE MUDES!
Una mudanza inexorablemente representa una experiencia traumática para el que la padece, y yo, amigo lector, vengo a descubrir a mis años que debo tener algo de masoquista en ese sentido, porque haciendo memoria y mirando hacia atrás, descubro que me he mudado unas cuantas veces. | Joel Bracho Franco

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La última, fue de mi oficina, porque hace unos años mi amigo José Luis Pérez Durán me había ofrecido en venta unas oficinas en Sabana Grande, en las que había venido funcionando el Proyecto de Playa Medina, después abandonado por los inversionistas extranjeros a raíz del cambio político en el país. El Alcalde Ledesma había sacado a los buhoneros del Boulevard, Elías Nágel acababa de terminar el “edificio inteligente” y el buen amigo Nicolás Simón (qepd), estaba terminando su Centro El Recreo, de modo que Sabana Grande parecía estar tomando un segundo aire y mostraba posibilidades más o menos ciertas de retomar el viejo esplendor que alguna vez tuvo, todo lo cual me indujo a comprar.
Poco duró la buena perspectiva pues pasó lo que pasó y el Boulevard se convirtió en tierra de nadie donde campea la inseguridad personal, el desorden y la mugre, lo cual ahora tratan de revertir por la fuerza los mismos que lo propiciaron.
En fin, yo resolví vender las oficinas, salir de Sabana Grande y mudar mi sitio de trabajo a un punto más cercano a mi casa, tratando además de reducir la pesada carga del tránsito caraqueño.
Comenzó entonces el calvario de la mudanza.
Empezar por buscar cajas para embalar todo lo que te tienes que llevar, lo cual me llevó al primer descubrimiento: aquello que antes se hacía, de llegar al automercado o abasto de tu sitio de residencia y pedirle al amigo portugués que te diera unas cuantas cajas de cartón vacías, se acabó. Parece que hay una legión de individuos buscando y recogiendo todas esas cajas desde el instante en que en el automercado se desocupan, para llevarlas al negocio del reciclaje, que parece que es muy bueno, así que no se consigue una caja ni pa’ remedio. Las tienes que comprar, ya sean de cartón o de plástico, a precio de oro.
Resuelto el problema de las cajas, comienzas entonces a guardar primero todo lo que supones no vas a necesitar por el momento, a cuya selección le dedicas un tiempo precioso. Tus colaboradores se fajan a guardar y empaquetar, jurándote que cada caja estará debidamente identificada y que podrás saber con precisión qué contiene cada una.
¡Mentira! Se pierden las listas, o alguien marcó la caja con el color que no era, o poniéndole el tirro le taparon el número, etc., etc.; y cuando tienes diez cajas cerradas y amontonadas en algún rincón, se aparece un cliente con una emergencia que tiene que ver con los papeles que deben estar en la caja N° 1, que es la que está en el fondo, debajo de las otras nueve.
Así vas dando tumbos hasta que te vas quedando con lo indispensable para medianamente funcionar, y paralelamente inicias el trámite para desincorporar servicios (Agua, luz, teléfono, Internet) del sitio que dejas, e incorporarlos en el sitio al que te vas.
No sabe Ud., amigo lector, lo que eso significa y ojalá no tenga que sufrirlo nunca.
Mando a preguntar por los télefonos y me dicen que puedo a) Dejarlos como están y seguirán facturándose a mi nombre, aunque ya no sea yo el dueño de la oficina; b) Entregarlos a la compañía y dejar que el que me compró vea cómo resuelve; c) Traspasárselos al comprador, para lo cual hay que cumplir con un papeleo de manera conjunta entre vendedor y comprador; y d) Solicitar mudanza o traslado de líneas.
Opto por una combinación de c) y d), para dejarle unas líneas a mi comprador y pedir que me trasladen otras a la nueva oficina. Me entero entonces que como las líneas que pretendo mudar tienen servicios “asociados” como el buzón de voz que yo nunca solicité, no se puede hacer el traslado.
Te sometes a un trámite más y finalmente logras que te autoricen el traslado, pero entonces es cuando te dicen que “eso tarda por le menos un mes y tiene Ud que asegurarse que la instalación en el nuevo edificio esté en buen estado y tenga los “pares” disponibles”.
Se me ocurre entonces preguntar por ese teléfono “instantáneo” que ofrecen por la televisión, que solamente se enchufa y ya, pensando en él como solución de emergencia. Una niña muy amable, después de explicarme todas las bondades del equipo y del servicio, concluye diciendo: “Lo malo es que Ud. lo quiere para una oficina y ese teléfono sólo lo vendemos para residencias.”
Mi principal colaboradora, es decir, mi Bruja, resuelve hacerse cargo del asunto y dice que ella ha visto una promoción de otra compañía que ofrece unos teléfonos similares, y sale disparada a comprarlos.
Regresó muy contenta con un solo teléfono de enchufe y un inútil celular, de muy mala calidad de señal y sonido, que además se traga las tarjetas de prepago como un insaciable Dragón de Cómodo, pero que “estaba en promoción y me lo regalaron con la compra del teléfono fijo”.
Digo yo para mis adentros: “Menos mal que la promoción no era de tostadoras de pan”.
Recuerde Ud., amigo lector, que en este estado todavía no me ha llegado el camión de la mudanza y sigo estando, aunque en condiciones precarias, en mi mismo espacio de trabajo.
En el próximo número le sigo contando cómo es la cosa.



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