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La ausencia es un tema recurrente en el ser humano. Las nostalgias y las pesadumbres por aquello que se añora forman parte de nuestra manera de ser y sentir. No estás, no viniste, lo que pudo haber sido y no fue.
El avión de la selección brasileña aterrizó en la pista del aeropuerto de Barcelona-Puerto La Cruz y de su vientre no desembarcaron Ronaldinho Gaucho, Kaká, Ronaldo, Roberto Carlos y Adriano, y la gente sintió nostalgia, impotencia y rabia por esas ausencias tan prominentes de la Copa América. Los aficionados querían verlos, y no sólo reinventando el fútbol en las canchas venezolanas, haciendo tabelinhas e improvisando a cada instante del partido, sino verlos en el más amplio sentido. En una calle de alguna ciudad oriental, en un centro comercial absortos con las vidrieras de las tiendas atiborradas de motivos coperos, en los alrededores del hotel donde se alojan, tal vez en una playa que les recordara Río de Janeiro. Lo que pudo haber sido y no fue. | Cristóbal Guerra

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Pablo Neruda dijo cierta vez en su Poema 20, que “Me gustas cuando callas porque estás como ausente”, pero el fútbol seguramente no está dispuesto a elogiar, como lo hizo el juglar chileno, el valor de la ausencia. Ya en 2004, en la Copa América de Perú, faltaron algunos de los cracks del gran Amazonas, que arrastrados por las corrientes del fútbol como industria, del fútbol como empresa omnipotente y omnipresente, son víctimas de su propio talento.
Porque, ¿quién puede asegurar que Ronaldinho y Kaká no estaban locos por representar a su camiseta auriverde? ¿Quién asegura que no querían revalidar con Brasil el título alcanzado hace tres años en Lima? ¿O será que las cosas han cambiado tanto que el dinero se ha convertido en su nueva patria?
Se camina hacia el horizonte, se detiene la marcha en la Eurocopa de Austria-Suecia de 2008, y se hace la comparación. Aquel torneo, que es para muchos el Mundial sin Brasil y Argentina (aunque, a juzgar por los resultados de Alemania 2006, ni falta que hicieron estos dos), es impelable para los jugadores de más cotización en la bolsa de valores del fútbol europeo.
Por estos meses se juegan las rondas de clasificación, y la actitud de los futbolistas es de guerra declarada, de lucha sin pausas, porque jugar la Euro es lo máximo. Todos quieren ir, todo quieren estar allá. Es mucho lo que se gana, son muchos los enteros que se suben sólo por disputarla, más allá de títulos y sub campeonatos. Es un encuentro de mucha altura, con los magnates y agentes de jugadores más reputados siguiendo cada acción, cada movimiento de la pelota, porque es ahí donde el gran negocio tiene su epicentro.
La Eurocopa tiene un altísimo nivel competitivo, y un charm que compite seriamente con el propio Mundial. Toda una aureola de la que, francamente, la Copa América carece. Para estar en ésta hay que convencer a los jugadores; para aquélla no hacen falta más argumentos que el torneo mismo. A la americana se llega por el simple hecho geográfico de pertenecer a este continente; a la europea después de transitar por un espinoso camino de clasificación.
Sin embargo, la Copa América es la que se vive en este lado del mundo, y como se dice por estos días, eso es lo que hay. En su fragor hay reencuentros y amistades nuevas, y su capacidad para unir y reunir, para convocar y para ejercer el efecto de unanimidad, para ser a la vez OEA, Mercosur, CAN y Grupo de los Tres, resulta indiscutible.
Decir Copa América es decir América. Así Ronaldinho Gaucho, Kaká, Ronaldo, Roberto Carlos y Adriano hayan decidido tomar vacaciones en Copacabana e Ipanema, entre mulatas “que no aparecen en el mapa”, como se dice en la ardiente Río de Janeiro, y no venir a jugarla.
Ah, Ronaldinho y Kaká. Lo que pudo haber sido y no fue.

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