Compadre, llegó el béisbol
Columnistas, Cristóbal Guerra Octubre 11th, 2007
Y de pronto, llega la pelota. Aparece otra vez no sólo un torneo deportivo, no apenas un campeonato de algo, sino un hecho cultural que forma parte de la identidad nacional y que de Octubre a febrero, cuando se disputa la Serie del Caribe, da vida a una afición única.Una expresión de pueblo, una explosión que ha tenido su detonante en el efecto de los medios de comunicación social, capaces de construir castillos con el humo como materia prima. No es el caso, pero sí se debe recordar que hasta la instalación sistemática de cámaras de televisión en los estadios nacionales, el béisbol tenía en la radio su punta de lanza, un medio importante pero sin la potencia de arrase de las imágenes en vivo.
Por Cristóbal Guerra
Hay quien guarda su añoranza por aquellos “días de radio”, como en la película del gran Woody Allen. Aquel sortilegio naif ejercido por la voz inolvidable de Delio Amado León, cuando relataba una línea entre dos de Víctor Davalillo o una atrapada inverosímil de Gustavo Gil en segunda base. Todo había que imaginárselo, a todo había que ponerle fantasía, y las discusiones de esquina eran más un festival de sueños que el espejo de la realidad objetiva.
Días de inocencias, qué duda cabe. La televisión le ha dado a la pelota una dimensión distinta, ha aplacado viejas maneras de concebir la idolatría para crear nuevas formas de la épica. Las generaciones más recientes no conciben el juego sin ver la jugada original y sus decenas de repeticiones desde ángulos imposibles, y para ellas la radio es nada más que una referencia, una pieza útil sólo cuando el denso tráfico de las ciudades venezolanas les hace tener que “calársela” irremediablemente.
La cobertura de los medios y su propio crecimiento, le han dado a la pelota criolla una dimensión inimaginable. Un gigantismo “grandeliga”, con un grado de comercialización creciente que la convierte, y no hay exageración en esto, en una de las industrias más prósperas del país. Los ingresos por derechos televisivos y radiales, por venta de espacios publicitarios dentro del estadio y sus alrededores, la infaltable cerveza, los refrescos y comestibles, y la boletería (un rubro que hasta hace algunos años era el más importante y casi único, y que hoy ha cedido su lugar a los nombrados antes), suman y suman, y hacen que las cifras que maneja el béisbol sean verdaderamente siderales.
El más novedoso de estos prodigios convertidos en ingresos, es la venta de las camisetas, auténticas en las tiendas oficiales de los equipos o imitaciones en cualquier esquina de la geografía del país.
La pelota forma, junto al Miss Venezuela, la arepa y la cerveza fría, el trébol de cuatro hojas de lo más auténticamente criollo. Sólo hay que ver las bocanadas de gentes que acuden al llamado de los estadios, el vocerío que se agita con cada jugada y cada batazo, la inventiva y el humor de cada coro de multitud para irritar al aficionado rival, para convencerse.
Hace algunos años, un grupo de periodistas argentinos que acompañaba al presidente Carlos Menem a una cumbre en Margarita, quiso asistir a una corrida de toros en Caracas pues filmaban un documental acerca de lo más característico de la venezolanidad. Era noviembre, día domingo, y por entonces no había festejos taurinos en la capital. Entonces decidieron ir al béisbol, un juego del que no conocían ni siquiera sus fundamentos. Sin embargo, para ellos fue un asombro el espectáculo, porque para su suerte era un choque Caracas-Magallanes y lo habían podido ver, cámaras al hombro, desde el propio terreno.
“Esto es increíble, bárbaro, estamos encantados”, dijeron a la salida del estadio Universitario. “Nos hizo recordar un Boca-River”.
Y la pelota aparece otra vez en el mapa cotidiano del país. Ir al estadio, distraer la vida durante tres horas y ligar al equipo del alma, forma parte del ser venezolano. Compadre, llegó el béisbol.
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