A otro lado con tu Facebook
Columnistas, Oscar Medina Leal Marzo 3rd, 2008
Está ese que manda los mensajes. Dos o tres a la semana. No falla. Terribles y más pavosos –si acaso eso es posible- que el falso poema de Borges que circula desde hace tanto tiempo y que muchos multiplican dándolo por cierto. El tipo insiste. Descalibrado totalmente su sentido del ridículo. ¿Qué tendrá en la cabeza? No hay respuesta. Quizás un sentido absoluto de libertad casi envidiable. Creerá que esas palabras que recopila infundirán ánimos positivos en lectores que buscan rayos de luz, grandes verdades para los misterios de la vida y la naturaleza humana ya digeridas y encapsuladas en ideas simples de carácter sensiblero.
Por Oscar Medina
De manera impune, alentado por su convencimiento de que está haciendo el bien –semejante despropósito-, coloca esos textos aprovechando las carpetas colectivas del correo electrónico de la empresa. Pensará que algo aporta entre tanta mala noticia cotidiana. La buena nueva del mercadeo del optimismo. Manual por entregas para ser mejor prójimo.
Curioso que este heraldo nueva era tenga nombre de tirano ruso. Con una carga como esa arrojada desde la pila bautismal y el registro civil no debería uno andar comiendo tantas flores. Pero él es consecuente en su empeño. Curioso también que deposite sus afanes de Paulo Coelho justo en la carpeta del Outlook que corresponde a los clasificados internos. Entre carros a la venta, ofertas de servicios, de tortas, de celulares usados a pagar en cuotas, de apartamentos en Guarenas, carteras de imitación y perfumes maleteados en Aruba.
Asombro es lo que causa. Atornillado en el escepticismo me resisto a leerlos. Con qué derecho me asalta con su prédica en plena búsqueda de una ganga, de un mejor teléfono, de la recomendación de un fumigador efectivo, de un whisky libre de impuestos, de un paquete para Margarita.
Ya no pretendas salvarme, ni aleccionarme, ni convencerme de que debo andar por ahí pensando siempre en grande y siempre en positivo. Estaba mejor esto de los clasificados cuando no era delito ofrecer dólares a precio de calle o de urgencia. Ahora es un fastidio.
También está Teresa. La amiga de los mil cuentos, la del chiste veloz y la habilidad tremenda para ponerte frente a una cerveza. Ella prefiere los mensajes de texto. Un bombardeo constante contra el buzón de entrada que termina atiborrado con las más recientes creaciones de la sátira espontánea sobre todo tema posible, pero en especial –faltaba más- esa que se burla de la arrogancia del mundillo político.
Las leyendas urbanas corren a la velocidad del botón de send y la rapidez de los dedos pulgares lidiando con las pequeñas teclas del teléfono. El mensaje que manda Teresa primero que nadie da la vuelta por todo el país y días más tarde reaparece por medio de otro remitente. Esas cosas tiene la palabra escrita cuando se mueve con las alas largas de la tecnología. Alguien quiere hacerte reír y no necesita ni tocar a tu puerta. Alguien quiere hacerse el gurú y va dejando su cursilería al alcance de todos.
Aunque hay cosas intolerables. El Facebook, por ejemplo. Parece divertido el fisgoneo en el mundo virtual de tus amigos. Y en el de los amigos de ellos. Las fotos que muestran, el uno que se conectó con el otro o con la otra. El que se unió a una causa por el ambiente, por la paz o a alguna corriente política. Se unió, claro, desde su computadora. Esa manera tan cómoda de ser solidario sin hacer nada más: me uní, ya hice lo mío, puedo dormir tranquilo creyendo que he contribuido a salvar a las ballenas y que los manatíes cuentan con mi apoyo.
Claro que hay excepciones: lo vimos el 4 de febrero en Colombia. Pero es eso: nada supera a la verdadera intención de participar. O de encontrarse en la realidad de una visita y hacer sonar el cristal de unas copas cargadas con buen vino. O algo así. Por ahora, paso del Facebook. Prefiero, en cualquier caso, el chat por donde me cuentan cómo crecen mis sobrinos hablando inglés. O las jodas de Teresa. Y, mejor aún, la realidad gustosa de su salsa boloñesa. Y eso que ella es de Carúpano.
Deja un Comentario