cyr_einstein_007Cuando el 18 de abril de 1955 Albert Einstein fallece, debido a una hemorragia producida por la rotura de la arteria aorta, el médico patólogo Thomas Harvey realizó la autopsia y decidió guardar el cerebro del genio para futuros análisis, lo que dió origen a una odisea científica sin comparación
Por Karina Brocks


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Luego de más de medio siglo de su muerte, Einstein continúa siendo una figura excepcional, tal vez incluso más de lo que llegó a serlo en vida. El aporte que dejó al mundo de la ciencia es tan significativo que su imagen ha trascendido de esta disciplina para ser considerada como un ícono de la cultura popular

.

Tomando en cuenta la extraordinaria capacidad intelectual de quien fuera Premio Nobel de Física en el año 1921, tal vez no sea sorprendente que fragmentos de su cerebro se encuentren en distintos países del mundo con el fin de estudiarlo a través de minuciosas investigaciones científicas; lo que sí resulta increíble es la particular historia que se esconde detrás de estos restos.

Todo comenzó el día de la muerte de Einstein, cuando Thomas Harvey, patólogo y especie de forense, se ocupó de examinar su cuerpo. Se había acordado que la autopsia sería realizada por Harry Zimmermann, neuroanatomista conocido de Einstein; sin embargo, él no pudo asistir. Finalmente, Harvey efectuó esta tarea, lo abrió, le quitó sus órganos, los estudió, determinó la causa del fallecimiento, preparó el cuerpo para cremarlo y, cuando todo estaba casi listo, decidió quedarse nada más y nada menos que con su cerebro.

Pasaron los años y el destino de este órgano, esencia de su genialidad, se convirtió en un misterio, en una especie de leyenda. Algunos periodistas, científicos e investigadores emprendieron una búsqueda infructuosa. Sin embargo, en 1996 (41 años después de la muerte de Einstein) el periodista Michael Paterniti encontró a Harvey trabajando en una fábrica de plásticos de Kansas. Su mayor sorpresa fue corroborar que este hombre aún conservaba “el cerebro” en un envase de cristal, lo tenía guardado en la cocina.

Michael y Harvey se vieron en varias oportunidades, hasta que una noche después de cenar, el anciano patólogo comentó cuánto deseaba visitar a Evelyn Einstein, nieta del científico, y devolverle el cerebro de su abuelo. Rápidamente Michael Paterniti se ofreció a llevarlo, siendo una aventura tentadora para cualquier mortal, mucho más si se es periodista.

 

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Paterniti lleva a Harvey hasta California con el cerebro de Einstein en el interior de la maleta de su carro, un Buick Skylark. La experiencia fue tan intensa que quedó registrada en un libro que publicaría tiempo después el joven periodista, llamado “Viajando con Mister Albert”.

“Cada vez que paramos en un autoservicio –explica en el libro– siento deseos de gritar: ¡En el maletero tenemos el cerebro de Einstein!” “La idea de que lo tengo ahí detrás, me resulta tan inconcebible y turbadora que no estoy lo que se dice en mi mejor forma para circular por carretera”.

La novela de Paterniti describe un viaje alucinante y surrealista a través de Estados Unidos con el cerebro flotando en un tupperware en la parte de atrás del carro. Cruzan el Medio Oeste, pasan por Las Vegas y durante todo el trayecto se mantiene como constante, una atracción –si se quiere enfermiza – que ejerce el cerebro sobre aquellos que le rodean:

“Una confesión: –escribe el periodista– quiero que Harvey se duerma… Quiero tocar el cerebro de Einstein. Sí, debo admitirlo. Quiero sostenerlo entre mis manos, acariciarlo, sopesarlo en la palma de la mano, tocar alguno de los quince mil millones de neuronas ahora dormidas. ¿Será su textura como el tofu, el coral del erizo de mar, la mortadela?”

Durante el transcurso del viaje, apenas Harvey permitía que Paterniti viera el envase por segundos, pero, cuando iban rodando por Berkeley, el joven llegó a estar solo con el cerebro, no aguantó más, lo agarró y lo colocó al lado de su almohada quedando dormido junto a él. Pocos días después, llegó a tocarlo, lo que calificó como “tocar la mente de un Dios”.

En el libro, también se hace referencia a la obsesión de Harvey por el cerebro que tuvo en su poder por tantas décadas y que terminó destrozándole la vida. Comenzó por perder su trabajo, luego su carrera y, entre una cosa y otra, no concretó la investigación que pretendía develar los misterios que esconde la mente del genio.

“Para Harvey el cerebro era como un objeto sagrado –explicaba Paterniti–. Vivió con él alrededor de cuatro décadas como su salvador y custodio, como el gran guardián”.

Hoy día se conservan mediciones y fotografías que fueron tomadas por el patólogo de Einstein poco después de su muerte, además de los 240 trozos en que fue dividido el cerebro. Harvey hizo estos cortes y repartió algunas de las partes a varios grupos de neurocientíficos de todo el mundo con el objeto de que los analizaran. Finalmente, terminó por devolver la sección más grande al hospital de Princeton; otro pedazo se encuentra en Osaka (Japón) y muestras adicionales en una caja de un laboratorio en Berkeley, California, Harvey, Nueva Jersey, entre otros lugares.

Científicos del mundo entero intentan debelar la fuente de la inteligencia de Albert Einstein e identificar diferencias claras con cerebros “comunes”. Si bien existen decenas o cientos de hipótesis, hasta el momento ninguna es concluyente. Tal vez sólo un Einstein sería capaz de ofrecer una respuesta a este gran enigma.

 

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Fuentes:
www.fogonazos.blogspot.com
www.canales.laverdad.es

 



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