Sir Edmund Hillary

Casos y Rostros Febrero 11th, 2008

cyr_hillary_001Un héroe siempre a la altura
Fue el primer occidental en coronar los 8.850 metros del monte Everest y lo hizo junto al sherpa Tenzing Norgay el 29 de mayo de 1953. Su vida de aventurero es también un ejemplo de nobleza y su grandiosa hazaña sigue inspirando a los montañistas de todo el mundo. El 10 de enero, a los 88 años, falleció este infatigable neozelandés
Por Oscar Medina

Fue un conquistador de lo que parecía imposible. No cabe duda de eso. Pero la historia es otra cuando se trata de mujeres. Edmund Hillary fue nombrado caballero a los pocos meses de haber efectuado la hazaña que le dio fama mundial: ser el primer hombre –junto al sherpa Tenzing Norgay- en doblegar a la montaña, diosa madre, bautizada por los occidentales como monte Everest, y penetrar su hostil pendiente hasta alcanzar lo que nunca antes se había logrado: llegar a su cumbre, posar las botas con dedos congelados en la cima del mundo, a 8.850 metros de altura: el techo del planeta Tierra al que se llega siempre al borde de la muerte.

En el Palacio de Buckingham se postró a los pies de la reina Isabel. Su gesta inmortal del 29 de mayo de 1953 la conoció el mundo el mismo día de la coronación de la joven soberana. Rex, hermano de Edmund, ha descrito la escena: había 7.500 invitados ese tarde de julio, los héroes de aquella expedición, Edmund, Tenzing Norgay y el coronel John Hunt eran homenajeados por la realeza británica. Edmund se arrodilló ante ella, Isabel le tocó ambos hombros con una espada y le dijo: “De pie, sir Edmund”. De regreso a su Auckland natal (Nueva Zelanda), decidió detenerse en Sydney para “presentar sus respetos” a Louise Rose, quien estudiaba música en esa ciudad australiana. Pero el nuevo héroe quedó paralizado por la timidez. No se atrevió a pedirle a Louise lo que en realidad quería.

Así que volvió a Auckland con la gloria del Everest, pero sin la respuesta que ansiaba: ¿querría Louise casarse con él, modesto apicultor devenido en celebridad? Su arrojo ante paredes de hielo y abismos de muerte no le funcionó a la hora de encarar el amor. Fue la madre de ella, testigo de los sentimientos entre ambos, quien le preguntó a su hija si de verdad quería casarse con el larguirucho explorador.

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Conciencia de altura

Sir Edmund Hillary murió a los 88 años el pasado 10 de enero. Quizás hubiera querido soltar su último suspiro a las faldas de su montaña, rodeado del pueblo sherpa por el que tanto hizo a lo largo de su emocionante vida, pero terminó sus días en un hospital vencido por una neumonía. Con Hillary quizás se haya ido el último de los grandes exploradores, el último verdadero héroe de una raza de alpinistas que van más allá del récord, que en medio de la euforia por haber llegado antes que ningún otro, también supo entender que debía asumir responsabilidades, que la gente que le había allanado el camino a la cumbre también necesitaba una mano para mejorar sus condiciones de vida en esa región donde los occidentales sólo parecían ver un reto deportivo.

En la conmemoración del cincuentenario de aquel inspirador ascenso, en unas líneas escritas para la revista National Geographic, Hillary prefirió celebrar otros logros: “50 años después, subir a la cumbre del Everest parece menos importante, en muchos sentidos, que otras cosas que he hecho en todo este tiempo, como mejorar la vida de mis amigos sherpas y proteger la cultura y la belleza del Himalaya”.

Allí también cuenta Hillary que un día de 1960 acampaba con su grupo de escaladores en un glaciar cercano al Everest. Temblando de frío, alrededor de una fogata casi extinta, se dio un diálogo determinante: “Dinos, Urkien –le pregunté a un sherpa-. Si hubiera algo que pudiéramos hacer por tu pueblo, ¿qué sería? Nos gustaría que nuestros hijos fueran a la escuela, sahib –me respondió-. De todo lo que ustedes tienen, lo que más deseamos para nuestros hijos es la educación”.

Al año siguiente, gracias a los oficios de este caballero neozelandés y con el apoyo de una empresa privada y de la Cruz Roja, en junio abrieron las puertas de la escuela de Khumjung, la primera en toda la región. Y no fue la última, ni lo último. La fundación Fideicomiso del Himalaya (Himalayan Trust), creada por él, ayudó a construir cerca de una treintena de escuelas, a levantar hospitales y clínicas médicas, a tender puentes sobre los bravos ríos de la zona, a establecer pistas aéreas, reconstruir templos budistas y a replantar los árboles –más de un millón- del Parque Nacional Sagarmatha.

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¿Y cómo fue que un modesto apicultor de Nueva Zelanda llegó hasta el Himalaya a establecer un lazo tan fuerte con los pobladores sherpas?

En 1852, los ingleses tuvieron la certeza de que la cima del Everest era la más alta del planeta. Y se lanzaron en pos de su conquista, pasando incluso de forma clandestina por los territorios prohibidos del Tíbet y Nepal. En la década de los años veinte –del siglo pasado- enviaron tres expediciones que descubrieron nuevos accesos a través de regiones tibetanas, pero en la última de ellas –en 1924- desaparecieron los montañistas Sandy Irving y George Mallory –quien era tan irreverente que en 1922 se paseó desnudo por esos gélidos parajes y ya vestido alcanzó a llegar sin oxígeno a 8.220 metros- . Se les vio por última vez rumbo a la cumbre caminando ya sobre los 8.600 metros: ¿fueron ellos los primeros? Sigue siendo uno de los muchos misterios de la montaña. En 1999 apareció el cuerpo de Mallory: la evidencia indica que murió como consecuencia de una caída.

En la década de los años 50 se abrieron las fronteras de Nepal ,y a partir de entonces, se fueron logrando pequeñas conquistas a través de la cara Sur del monte. En 1952, junto a una expedición suiza, Tenzing Norgay alcanzó los 8.600 metros.

Los británicos asumieron el reto como un objetivo militar. El coronel John Hunt fue designado al mando de la que sería la avanzada definitiva en 1953. Comandaba a un grupo considerable: 10 alpinistas, 34 guías sherpas y 350 porteadores. Entre ellos estaba un tal Hillary, un neozelandés nacido el 20 de julio de 1919 que ya había ganado en su país cierta fama como avezado montañista. Hace cinco años en una entrevista despachó la explicación de cómo terminó formando parte de esa expedición: “Me invitaron a integrarme en la misma y me pareció una idea excelente. En aquellos años manteníamos lazos muy fuertes con Gran Bretaña y decidí aceptar el reto”.

 

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Y allá le tocó hacer pareja con Tenzing Norgay. En un punto alto del ascenso, los dos británicos más experimentados estuvieron cerca de hacer cumbre: ante un escollo que parecía insalvable en aquellas condiciones, la prudencia les hizo dar vuelta a unos 100 metros de la gloria. Al día siguiente, Tenzing y Hillary echaron a andar. El 28 de mayo subieron por la Arista Sureste y pasaron la noche a 8.500 metros de altura. Reanudaron la marcha a las 6:30 de la mañana hasta toparse “con la formidable pendiente de nieve que a lo largo de 150 metros asciende hasta la Cumbre Sur”, escribió el propio Hillary: “Las condiciones de la nieve parecían peligrosas. Consulté con Tenzing acerca de la conveniencia de seguir adelante y él, aunque admitiendo que no le gustaban las condiciones de la nieve, concluyó con su frase familiar: ‘Como prefieras’. Decidí continuar”.

Y siguieron: “El tiempo parecía perfecto. Continué tallando escalones. Para sorpresa mía, estaba disfrutando con la ascensión tanto como jamás había disfrutado en una bella arista de mis Alpes neozelandeses. Después de una hora de marcha ininterrumpida, llegamos al pie de un pasaje con aspecto de ser el más formidable problema de la arista: un resalte de roca de unos 15 metros. A aquella altitud, podía significar la diferencia entre el éxito y el fracaso. Aquella roca, lisa y casi desprovista de presas, podría haber sido un interesante problema para un grupo de expertos escaladores del Lake District un domingo por la tarde, pero aquí suponía una barrera para nuestras mermadas fuerzas. En su flanco Este había una gran cornisa, y a lo largo de todo el resalte ascendía una estrecha grieta entre la cornisa y la roca. Dejando que Tenzing me asegurara, me empotré dentro y luego, golpeando hacia atrás con los crampones, hundí las puntas en la nieve dura de detrás de mí y me levanté del suelo. Aprovechando las pequeñas presas en la roca y toda la fuerza de mis rodillas, hombros y codos, ascendí cramponeando literalmente de espaldas, rezando fervientemente para que la cornisa permaneciera unida a la roca”.

 

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Al superar ese fatigoso trayecto –él avanzando, con Tenzing asegurando detrás- Hillary entendió que ya nada le impediría llegar. Y aunque la montaña le reservó otras dificultades –“cada vez que dejaba atrás un lomo, se izaba en la distancia otro más alto”- su certeza se confirmó: nada los detuvo. “Mis sentimientos fueron de alivio: ya no había más peldaños que tallar, más aristas que atravesar ni más lomos que nos engañaran. Miré a Tenzing y a pesar del pasamontañas, las gafas y la máscara incrustada de carámbanos, no podía ocultar la contagiosa sonrisa de puro deleite al contemplar cuanto le rodeaba. Nos estrechamos las manos y entonces Tenzing me echó el brazo sobre los hombros y nos dimos palmadas mutuas en la espalda hasta quedar casi sin aliento. Eran las 11.30. En la arista habíamos invertido dos horas y media, pero pareció una vida entera”.

Ya convertido en Sir Edmund, las aventuras continuaron: encabezó el ascenso a varias otras cimas del Himalaya, condujo tractores en el Polo Sur para apoyar a un grupo de científicos británicos que cruzaban la Antártida, fue tras los pasos del mítico Yeti en Nepal, navegó el Ganges desde su nacimiento en el Himalaya hasta la desembocadura en el golfo de Bengala, sobrevoló el Polo Norte junto al astronauta Neil Armstrong, escribió libros, pero –por encima de todo- se empeñó en ayudar a sus amigos sherpas.

En 1975, mientras estaba en el poblado de Phaphlu, en la región del Everest, construyendo un hospital, la tragedia le alcanzó: la avioneta en la que su esposa Louise y Belinda, su hija menor –Peter y Sarah, son los mayores– viajaban para encontrarse con él, se estrelló a pocos minutos de despegar de Katmandú.

No fue sino hasta 1989 –con 70 años de edad- que contrajo nuevas nupcias con June Mulgrew. Y con ella siguió visitando los pueblos de montaña en Nepal. Allá en Khumbu, donde se le seguirá extrañando por siempre ahora que ya alcanzó al noble Tenzing, quien el 9 de mayo de 1986 se le adelantó –ahora sí- por el camino que lleva al más allá de la cumbre más alta.

 



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